Sombras relucientes
Conciertos / Kim Lenz And The Jaguars ...

Sombras relucientes

8 / 10
Holden Fiasco — hace 4 semanas
Empresa — Nave 9
Fotógrafo — David Mars

El ciclo Rabba Rabba Girl! llegaba al final de su primera edición este pasado domingo. Para la ocasión, tres bandas se repartían la despedida, dos en horario matinal, y una tercera en el vespertino. Por la mañana, más bien, al mediodía, le tocó abrir a Rosebud y cerrar a Kim Lenz. A las ocho de la noche, era el turno de Liza Colby Sound. Nosotros acudimos a la primera llamada y eso es lo que venimos a contar aquí. Antes de hacerlo, conviene, probablemente, recordar que el Rabba Rabba Girl! se presentó en junio como un ciclo que pretendía visibilizar a las mujeres en el mundo de la música popular. Los conciertos comenzaron en agosto y, desde aquella primera gala hasta esta última, han actuado en los locales y aledaños de la Nave 9, local bilbaíno que acogió el ciclo, cerca de una decena de bandas con mujeres en sus filas.

Precisamente recordando ese compromiso, abrió Rosebud su concierto. Agradecieron que les hubieran invitado y, por medio de su vocalista, expresaron su satisfacción por tener la oportunidad de estar allí, “apoyando a la mujer en el mundo del rock”. No recuerdo si antes o después de decir esto, estrenaron su repertorio con “Hoy”, canción que cerraron de espaldas al público, mirando al batería, como harían también al final del concierto. Eso sí, en el cierre, el gesto dio para una broma interna que solo entenderían del todo ellos, pero que existió, como quedó claro cuando, antes de dar las gracias a los asistentes, la vocalista dijo entre risas: “Es un cabrón”, y el gesto apuntaba por detrás de su espalda. Ese buen rollo se manifestó durante todo el bolo, transformándose en una compenetración indispensable para una banda que hila fino, juega con los ritmos y hace malabares con los contrastes, pasando del reposo al nervio con progresión y a través de la expresividad de los instrumentos. Así, por ejemplo, ocurría en “La rosa negra”, canción que se dibuja en círculo, o en forma de pétalo, empezando lenta e inquietante, arrancándose en el camino, gracias a una buena base rítmica, y regresando en el epílogo al tono del principio. A ésta, le siguieron “Mi cuerpo te va a hablar” y “Mañana nunca sabes”, para, después, pasarse al inglés con su acertada versión del “Folks” de Cancer Moon, reivindicando raíces que siempre conviene reivindicar. Siguieron con material propio en “Saldré de aquí”, donde se luce la bajista, y una “Tan pura” con la que el guitarrista cambió de aparejo y se calzó el tubo metálico para acariciar el diapasón de su nueva guitarra. Estrenaron un tema y luego pasaron de nuevo a las versiones. La segunda del repertorio fue “Go Walking Down There” de Chris Isaak. Sin que pareciera sentarle mal, con cierta resignación risueña, la vocalista comentó que “Esta siempre triunfa”, para preguntarse luego con ironía si sería porque no es de ellos. Sin embargo, la siguiente sí lo era y, aunque sea mucho decir para alguno, yo creo que estuvo a la altura. “Sin mirar atrás”, abierta con nervio, apoyada en un ritmo dinámico que se mantiene durante toda la canción, sonó rockanrolera y efervescente. Cuando terminó, de hecho, la vocalista tuvo que refrigerarse: “Vaya sudada, señores”. Y señoras, porque todos y todas, me imagino, disfrutamos de la última, también una versión, que ya es tradición en sus conciertos, según creo que explicaron, y que es ni más ni menos que el “Squeeze Box” de The Who. Luego vino lo de “Es un cabrón” que he explicado antes, dijeron adiós, y si quieres que te cuente la verdad y que te dé mi opinión subjetiva, yo lo disfruté. Sosegadamente, sin que me dolieran los tobillos, pero disfruté. Apoyados en una base sólida, con acústica de sostén, Rosebud se dejan llevar por las melodías y los arabescos del guitarra eléctrico mientras mantienen, con tiento, el misterio del ritmo, que es el mismo, casi, que el de aquel famoso trineo que ardía con el nombre de la banda pintado en su madera.

No pasó mucho tiempo, el justo para tomar el fresco, y arrancó el bolo de Kim Lenz sin precalentamiento ni dilaciones. Aún iba llegando gente cuando ya estaban ellos en el escenario tocando “Boogeyman”, tema del último disco de Kim Lenz, “Slowly Speeding” (2019), del que cogerían varios temas, igual que del anterior, “Follow Me” (2014), combinando ese repertorio más reciente con algún éxito anterior. Antes de que comenzaran con la segunda, se interrumpió el concierto educadamente para clausurar el ciclo y aprovechar la presencia de Kim Lenz. En una breve y aparentemente improvisada entrevista, se le pidió que se dirigiera a las mujeres que comienzan en el mundo de la música. Lenz, cercana y con sonrisa contagiosa, se explayó, rogándole a las chicas interesadas en hacer música que aprendieran a tocar y componer, pero, sobre todo, que aprendieran el resto. Es decir, todo. Todo lo que rodea a la música, técnica y negocio, para que pudieran manejar y controlar su música en toda su dimensión: “Please, take control”, resumió. Terminado el parón, se lanzaron a degüello, regresando al compás con “Tumble and Fall”, canción que arrancó los primeros bailoteos. Antes de seguir, conviene explicar que Lenz se acompañaba de banda. En broma, mientras la entrevistaban, explicó que, aunque no lo pareciera, ellos también eran mujeres: “They are all women, by the way”.

En esta gira, Kim Lenz volvió a confiar en músicos locales que demuestran la universalidad de los géneros musicales. En concreto, a la batería se encontraba Blas Picón, ágil y contundente lo mismo con baquetas que con escobillas; al contrabajo, Alfonso Alcalá, quien lo mismo lo serraba con arco que lo pellizcaba con sus dedos, pero siempre con acierto; y los punteos de las guitarras los compartían, y a fe que lo hacían, Mario Cobo, para quien no debería hacer falta presentación, y un joven almeriense, Daniel Álvarez, que lo mismo filigrana un rockanrol que emociona con una taranta de su tierra. Entre los cinco, sin bises, se recorrieron, como ya he dicho, gran parte de la discografía de la norteamericana, prestándole especial atención a sus últimos álbumes. Destacaron, desde mi humilde y torcido punto de vista, temas como “That’s the Breaks”, abierta con las botas de Kim Lenz percutiendo sobre la tarima; la delicada “Deejay”, en la que Cobo se despachó a gusto demostrando las diferentes sonoridades que se le puede sacar a la guitarra; o la sugerente, casi fascinante, “Follow Me”, con Alfonso Alcalá, que se encargó de los coros durante todo el concierto, abriendo con aquello de “I like the way that you wiggle when you walk” aunque Cobo también lo cantaba sin micro, mientras pellizcaba al aire el ritmo con sus dedos. Cobo, de nuevo, que ya lo menciono al cubo, también se encargó de la steel guitar, al tiempo que Alcalá pillaba el arco y Picón las escobillas para sacarle la emoción más reposada a una “Slowly Speeding” que Kim Lenz interpretó con expresividad, reproduciendo los latidos ficticios de la historia con el ruido sordo de sus nudillos golpeando la caja de su guitarra. Hubo otros momentos de sobriedad y fatalidad, como con el lamento prolongado de “Thinking about You”: el country se hace estándar y Kim Lenz reclama atención para su pericia vocal, capaz de narrar con pasión una historia más sobre corazones rotos. Quisieron, sin embargo, terminar más arriba, y lo hicieron con “Cry Wolf”, estribillo cautivador, mucho ritmo primitivo y energía visceral; todo el mundo con una sonrisa y Mario Cobo grita el nombre de la protagonista en el micro que abandonó rauda. Se acabó la función.

También, como decía al principio, se terminó el Rabba Rabba Girl! De todas formas, desde el escenario, durante el lapso que prestó Kim Lenz, se confesó en voz alta la intención de que el ciclo tenga más recorrido. Durante el concierto de Rosebud, la silueta sombreada de la vocalista, Leire Heras-Gröh, se recortaba sobre la pared de la derecha como si fuera una metáfora de la invisibilidad a la que se ha reducido, en ocasiones, el rol activo de las mujeres en la música popular. Pero la sombra se movía. La sombra se oía. La sombra existía. Siempre han existido las sombras: de género, de clase… La música sombreada existe. Escucharla le da color a tu vida tanto como visibilidad a ellas. O eso creo yo, vamos.

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