Sala abarrotada y nervios a flor de piel para recibir a un punta de lanza, relevo natural de los más grandes, historia viva del rock. Un lugar en la historia ganado a golpe de canciones inolvidables, talento natural, modernidad bien entendida y una imagen que sigue subyugando al respetable -incluso sin el hipnotismo de la santísima trinidad rojo-blanco-negro de antaño-. Vale que su disco en solitario “Blunderbuss” resulta sólo juguetón para los muy fans de The White Stripes. Pero cuando el palidísimo Jack White sale al escenario, toca callar y observar.

El de Detroit, en esta ocasión con los muy enérgicos The Buzzards como acompañantes, arrancó con temas de su último largo -“Sixteen Saltines” y “Missing Pieces”-. A nadie escapa que no tienen la pegada de glorias pasadas, pero el deje rapero marca de la casa (modernidad bien entendida) y los punteos precisos (talento natural) hacen el resto. Para sorpresa de muchos, White recurrió pronto a su catálogo de hits y preguntó: “¿Os gusta la música country?”. Y entonces sonó “Hotel Yorba”, quintaesencia del revival rockero de principios de siglo. Justo después -nunca hubo tregua entre canción y canción-, “Hip (Eponymous) Poor Boy”, una de las favoritas del público. Precisa y dulce, con esa coda de piano tan elegante y gratuita –en el mejor sentido-. Mientras, la voz del mito se iba imponiendo frente al deficiente sonido de la sala.

El público ya estaba entregado a este vampiro de la América profunda cuando sonó “You´re Pretty Good Looking”. Más si cabe tras el riff rasgado de “Steady, As She Goes” de The Raconteurs. Momento de brazos al aire y momento de sintonía entre artista y público que se mantendría hasta el final en una especie de pacto tácito. White todavía tuvo tiempo de aporrear el piano antes de cerrar con “The Hardest Button to Button”. Y uno se pregunta cómo en sólo 30 minutos hemos pasado del country-rock de brazos en jarras con “Hotel Yorba” al hard-rock de mano cornuda en “The Hardest Button to Button”. Bravo.

Jack White sale del escenario como un rayo. Mucha gente se empieza a poner nerviosa pensando que no va a tocar “Seven Nation Army” y se escuchan entonces los primeros lorololos en la sala. Momento hortera de la noche. Llegan los bises. Como todo el concierto, de menos a más. Le dio tiempo a rematar su repaso a “Blunderbuss” , versionar esa especie de nana titulada “We´re Going To Be Friends” –muchos nos acordamos de Napoleon Dynamite-, darse al onanismo slide en mano durante 10 minutos y, para regocijo de la masa, cerrar con “Seven Nation Army”. Hubo lorololo para dar y tomar.