En los Jardines de los Adarves, en la Alhambra, se puede encontrar en uno de sus muros la famosa cita del poeta Francisco de Asís de Icaza que reza “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Es la mejor carta de presentación para todos aquellos que han podido dejarse caer por uno de los monumentos más abrumadores del mundo. Sin duda, todo en Granada es disfrute visual, pero no solo es el goce de los ojos lo que magnifica a una de las cunas de la cultura de nuestro país. El cante, el baile y el arte, en su acepción más flamenca, son señas de identidad de una forma de vida que no se entiende sin el apellido Morente.

El pasado miércoles la ciudad de Pamplona, en el marco del festival Flamenco On Fire, pudo disfrutar de ese cóctel mágico de historia y cultura. De Morente. Del olor de los jardines del Generalife. De la vista del Mirador de San Nicolás. Del asfalto de las calles del Albaicín. Del desgarro y del amor de una familia que echa mucho de menos a Enrique, pero que, tras su fallecimiento, ha querido que fuese menos suyo para ser más de todos. La encargada de ese viaje sensorial fue su primogénita Estrella Morente, con tantas tablas y personalidad que el respeto de la audiencia se podía hasta masticar. Llegó con puntualidad cuasi británica, con siete acompañantes que hicieron temblar las estructuras de un Baluarte que se llenó como en las mejores citas. Antes ya nos habían recordado “el amor” de Enrique hacia la ciudad, donde vino en busca de la magia de un Sabicas que es el gran culpable de que Pamplona sea durante unos días capital mundial del flamenco.

Del repertorio, para alguien que habla como un iniciado total en el flamenco, cabe destacar la larga interpretación a la guitarra de Agustín Carbonell que despertó un aplauso que se hacía presagiar eterno. Ya con Estrella de pie, y un espectacular vestido negro como la noche de Iruña, el respetable se deleitó con la nómada “Moguer”, se estremeció con la universal “Volver”, con la que dedicó el concierto a Mayte Martín, y se acabó de romper con esa interpretación de la “Pena de mi soledad” de Gracia Montes. Mención especial también merece esa “A Lola”, dedicada a La Faraona, que sirvió para conectar a dos de las sagas más importantes del flamenco y a un público de todas las generaciones mediante versos que son historia viva de este país.

Pero el que sin duda fue el momento más emocionante de la velada se produjo en la interpretación de “En lo alto de cerro”, con una Estrella elegantemente desatada y exprimiéndose al máximo en el apartado vocal. Tras ello, vino uno de los a capela más conmovedores que servidor haya escuchado, con Estrella negándose a sí misma pidiendo que el concierto no acabara nunca y con ese “Si por mí fuera, me quedaría en Pamplona todita la vida” que quedará siempre en la memoria de los que allí estuvieron.