Cómo viene siendo tradición, el grupo afincado en Birmingham y que lidera Tom Smith (voz) junto a su gregario Justin Lockey, pasaron por Barcelona para presentar su nuevo trabajo. En esta ocasión se trataba de su sexto álbum de estudio, Violence, un disco con un punto de equilibrio estable entre la electrónica y el pop. El cuarteto británico salió de la obscuridad hace algunos discos para moverse por terrenos de hibridación entre lo orgánico y lo sintético. Por eso ya hace una década que los sintetizadores forman parte de su set. Anoche, en la Ciudad Condal, durante su primer concierto en nuestro país, desplegaron un set basado en su último disco. Consiguieron reventar el aforo del Razzmatazz, siendo la gran mayoría público autóctono, y eso, amigos míos, en los tiempos que corren se puede catalogar de auténtica proeza. Entonces nos encontramos en una escena en la que el público cumplió con nota alta, pero,… ¿y el grupo? Pues el combo estuvo a la altura y más allá. Salieron con hambre y no bajaron el ritmo en todo su recorrido. Empezaron como no podía ser de otra manera, con “Hallelujah (So Low)” uno de los himnos de su recién estrenado disco –“Violence” se publicó el pasado 9 de marzo-. Luego, pasaron a “A Ton of Love”, un guiño más que intencionado a sus venerados Echo & The Bunnyman. En ese momento ya tenían el mojo, y no lo dejaron hasta que se retiraron al backstage. Uno a uno fueron desgranando lo mejor de su discografía. Con paradas nada disonantes en su último lanzamiento. Con “Violence”, prácticamente toda la sala se puso a corear la letra. Pronto llegó el momento de viaje en el tiempo a la primera época de la banda, con “Blood” y “Munich”, y luego a la etapa más sintética con “Eat Raw Meat= Blood Drool”, ahí fue cuando la estructura arquitectónica retrofuturista que enmarcaba la escenografía adquirió una mayor plasticidad. Los temas nuevos funcionaron como la seda, “Nothingness”, y la depechemodeniana “Belong” se toparon con un público que coreaba las letras. Antes de hacer su primera parada, regalaron “Ocean of night”, que acabó con el abandono de los integrantes del grupo, excepto el batería que se deleitó con un solo, a la vieja usanza.

El bis fue de órdago con cuatro pelotazos incontestables: “Cold”, “Magazine” -sin duda uno de los mejores momentos del concierto, con todo el aforo empujando con la letra-, “Papillón” y “Marching Orders”, un colofón de evolución progresiva, a lo “Where The Streets have no name” de U2, que dejó al grupo en lo más alto.

En definitiva el concierto se merece un notable. Vale que Editors no cuentan con un cancionero sublime o una colección de hits que supere la media docena, ni sus líderes derrochen carisma o se enfunden en un traje de corte mesiático. No van por aquí los tiros. Editors son conscientes de sus limitaciones, pero tienen mucho oficio. Y son un gran conjunto de directo. Sonaron bien desde el minuto cero y supieron meterse en el bolsillo con su entusiasmo al respetable. El grupo está en un momento dulce, y lo compartió con su público. Fue sin duda, su especial jubileo.