Jueves de culto
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Jueves de culto

8 / 10
Reuben Weedianaut — 06-04-2021
Empresa — Musika Bulegoa
Fecha — 01 abril, 2021
Sala — Santana 27
Fotógrafo — Eider Iturriaga

En marzo de 2020 pasaron muchas cosas. En marzo de 2020 se editaba el debut de una nueva banda de Durangaldea, “Relapse Into Desolation”. En marzo de 2020, la presentación de ese mismo disco en Bilbo fue el último bolo que hemos podido ver hombro con hombro. En marzo de 2020 veía la luz “Fyre”, cuarto disco de una dilatada trayectoria de la cual aspiraba a ser punto de inflexión. En marzo de 2020 se cancelaba la gira presentación del álbum, y todas las demás giras, festivales y conciertos. En marzo de 2020 el mundo entero dio un vuelco.

El mundo de Marcos (Ayuken Management & Productions) no fue menos, y se vio atrapado en Alemania de tour junto a Liher, en una pesadilla de la que la cultura está empezando a salir un año después gracias al titánico esfuerzo de gente como él. Durante estos 365 días bandas y promotoras han visto incontables cancelaciones (IKARASS han llegado a anular cuatro fechas distintas, para acabar siendo este su primer concierto en pandemia), así que el evento que nos ocupa tenía un especial aire de revancha para Ayuken y Cía; más aún habiendo tenido que aplazar el concierto previsto hace dos semanas a Jueves Santo, tras positivos en el seno de Cobra y con la incertidumbre de si podrían mantener el sold out inicial a expensas del LABI y las vacaciones.

La parroquia respondió a la llamada, y para cuando IKARASS tomaron puntualmente el escenario, la sala Santana 27 lucía con todos los asientos llenos y una calma tensa en el ambiente. Un ambiente que se volvió ritual con el azul y rojo de las luces y dos candelabros sobre los monitores flanqueando la escena, mientras los músicos entonaban un salmo de drones, desgranados con un vibrador de cuerdas y samples disparados que servirían de hilo conductor durante todo el recital. Un telón a modo de retablo reza el nombre del grupo y la palabra “CVLT” en mayúsculas, subrayando esa unidad que los emparenta con el Amiticia Fortior (lat. la amistad es más fuerte) que sirve de lema al colectivo sueco Church Of Ra; y que demuestran bajista y guitarras moviéndose al unísono en todo momento, tribales, todavía sin una voz que oficie desde el micrófono vacío que los preside. El sonido del bombo y la caja es grande como una catedral (Xanpe, productor de ambos grupos, ejercía esa tarde de técnico también para los dos, con la maestría que conlleva conocer tan a fondo su sonido) en la que a los cinco minutos se hace eco el silencio, para pasar a un medio tiempo de retazos post-rock a modo de presentación del cantante. Con la capucha de la sudadera puesta cual monje de alguna oscura hermandad, se acerca lentamente al centro para romper esa tensión que tan bien son capaces de construir, con un alarido que atraviesa la sala junto a cañones de luz blanca. La agonía de su voz parece un martillo remachando las vigas de un polígono industrial de nombre “Vertikal”, apuntaladas con los graves que salen de los amplificadores y la batería sirviendo de cemento de esa pared que estructura su propuesta. De Cult Of Luna a Amenra a un golpe de crash, con el cantante de rodillas, penitente, y los coros del bajista sustituyendo al delay de la voz principal mientras generan dinámicas para escapar a la repetición del doom. Oscuridad constante, a ratos cercana al post-punk más dark, para un rito en el que expían el constante sufrimiento que transmiten las letras y que te hace sentir parte de una homilía de redención.

Un cambio de luces a verde y rojo, y una subida general en volumen, dan comienzo a la liturgia final que parece una bola de demolición tratando de derribar el polígono donde está sita la sala; con los músicos en contraluz como salidos del abismo, y la sección rítmica golpeando como una prensa, sirviendo de columna de granito a la que agarrarse para no perder la claqueta en el maremágnum, siempre a reloj. El humo envuelve a la banda para desaparecer dejando rescoldos de ceniza y darnos cuenta de que hemos pasado casi una hora escuchando en directo su único disco íntegro. Tenían muchas ganas, venían con mucha hambre, necesitaban tocar para un público, y lo demostraron con creces. No creo que nadie se fuera sin ser converso.

Cobra tenían que haber hecho la presentación oficial de “Fyre” el año pasado por estas fechas en el mismo recinto, pero tras superar multitud de obstáculos por el camino, nos encontramos en una inesperada parada en ruta para comprobar cómo responde esa nueva marcha que han imprimido en la mecánica del grupo con este último disco. Lo primero que llama la atención es que han sustituido el telón que les ha acompañado en casi tres lustros de carrera, aquel con la reconocible efigie que adornaba las cachas de la pistola de Marion Cobretti y la portada de su debut, por otro en tipografía Old London con su nombre en sangre, certificando así haber dejado atrás el blanco y negro en pos de un rojo que se añade a su paleta para llevar su (thriller) rock más allá de los márgenes del celuloide. Siendo además el aniversario del LP, el repertorio se centró notoriamente en él, abriendo fuego con la propia “Firebird” que da comienzo al mismo, con Lete (Kokein, OSSO) ejerciendo de frontman con la rotundidad que acostumbra al volante del cuarteto. Pisando el acelerador a fondo desde el arranque, enseguida nos damos cuenta de la presencia de su backliner (Anartz) en el equipo, ya que problemas con los monitores serían tan constantes como su ir y venir durante toda la actuación. Pero Cobra tienen sobradas tablas para salvar cualquier bache en la carretera, y la compenetración entre David y Josu (llevan tocando juntos desde los tiempos de Evirus69) levanta polvaredas con esos riffs de sabor aguardiente y la acometida de unos Clutch. Ekain (Dinero, Morgan, Qverno) mantiene el carburador bombeando desde los parches, lastrado por el monitorado y quizá también por haber tenido que sustituir de última hora a un todavía convaleciente Sergio (Funeral Sun); pero tirando de un oficio sobradamente contrastado, te acaba ganando por aplastamiento y para la tercera canción, la banda al completo suena empastada a trallazos.

Un primer respiro sirve para que nos pongan en contexto de todo lo vivido en el camino hasta llegar allí (sigue emocionando ver a músicos sobre un escenario, sabiendo que, el mero hecho de estar allí arriba, es una victoria en sí misma) y del año que ha cumplido un disco que salió a la calle confinado, para acometer con “Here Lies” un setlist que no vería tregua hasta el bis. La primera parada en b/n llega con “Ground Zero” y nos hace echar de menos más temas antiguos, pero a esta velocidad no hay tiempo para nostalgias. Con el piloto automático que les da la experiencia, el nivel de sudor se va elevando mientras David demuestra el tremendo bajista que es, capaz de aportar coros en todo momento además de derroche físico. Su trayectoria en Berri Txarrak puede haber tenido que ver en la evolución del sonido del grupo, evidente sobre todo en una “Oroiminduak” que coquetea con el indie y el rock de estadio en su versión en directo; pero abrir su abanico de influencias no ha afectado en absoluto a la personalidad de la banda, que va subiendo la intensidad y transmite la hermandad de su formación original retomando la vieja escuela para el último tercio del repertorio. Riffazos y riffazos, stoner, cruzar el desierto a bordo de un Challenger o el Interceptor, Josu cada vez más cómodo en su papel de Iommi contemporáneo, la calma y subida de “Night Call” con el público gritando su estribillo, trepidante “Come On Now” (it’s already gone, can’t take a picture of it), “Rosebud” en modo Ciudadano Caín; y un último retorno al rojo que llevamos en la sangre con la melódica “Legarreko Kanpaiak”, que también cierra “Fyre” con esa efímera sensación que deja el humo para dar paso al incendio que desata la clásica dupla final que vuelve la vista a su primer disco: la épica “Miyagi” (para el que escribe, la mejor canción que han compuesto y la que más ves disfrutar a la banda bajo los focos) y el disparo en la cara de “Live is too short to drive slowly”, cuyo título sirve de perfecto broche. Y es que un concierto de Cobra siempre va a rodar a toda velocidad, y siempre va ser un viaje a disfrutar.

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