El castellano es caprichoso. Pues igual ‘aluniza’ el que consigue posar un aparato sobre la superficie lunar –toda una hazaña– que aquel que se estrella en un local para luego robar en él. Benjamin Clementine sería más del segundo grupo. Así lo demostró al menos en la primera cita peninsular de “I tell a fly” (Behind/EMI).

Descolocar y emocionar. Por ese orden. Esa fue la dinámica del bolo desde el inicio. Arranque marciano, pop neoclásico algo críptico con “Farewell sonata”, compensado con el despunte vocal, cuidado e íntimo de “Phantom of Aleppoville”. La secuencia, repetida una y otra vez, desenchufó por fases al público, que tuvo que sufrir buena parte del concierto el sonido machacado de unos graves de cuarta fritura.

Deslices técnicos aparte, el recital fue lo que su último largo prometía: una paranoia. Inclusivo a veces, de autoconsumo otras. Tres músicos transformaron algunas partes del directo en rock progresivo, lo que provocó incluso tímidos bailoteos. Espejismos: al momento, todo caía otra vez en el delirio disruptivo.

Una evolución total respecto al primer Clementine, el que paseó deslumbrante “At least for now” (2014) desnudo con su piano. Ahora desnudos sólo quedan sus pies, pues la producción del disco y del ‘live’ ha crecido. En una dirección artística. Hay más parafernalia: el londinense y sus músicos vestían monos de trabajo y sobre las tablas descansaban maniquíes tétricos, como sacados de ‘Westworld’.

En fin, Benjamin Clementine ya no es aquel trovador que combustiona sólo con la voz. Quiere más. “I tell a fly” reta al público. Así lo apuntaba él mismo en una entrevista para ‘MondoSonoro’. Aunque lo hace sin demasiada narración. El músico sólo interactuó con uno de los autómatas, el más pequeño (¿en referencia a la infancia?), aunque al final del ‘show’ los desmembró a todos. Poco más. Antes, en su ‘speech’ más largo, destacó que “I tell a fly” hablaba del viaje. “Cuando nos movemos encontramos la paz”, dijo. Como ejemplo citó a Picasso, Dalí… y Cristóbal Colón. Hubo algunos silbidos, que recibió con hastío. La relación con la sala fue siempre intermitente.

Benjamin Clementine no es tipo de medias tintas. Cuando alargó los bises con los ojos cerrados durante varios minutos pareció volar gracias a la conexión con el público (todo el mundo coreó), pese haberlo mandado a callar de malos modos poco antes. Puso paz con “Adios”. Él sabe pilotar la nave para que los demás no se mareen. Alunizar, en un sentido u otro, sigue estando entre sus virtudes.