Llegar al Festival SINSAL SON Estrella Galicia implica la sensación de que podría saberse de antemano con qué puede encontrarse. Has leído crónicas, escuchado a bandas hablar de la experiencia o soportado las interminables historias de quienes ya tuvieron la suerte de vivirlo. Pero lo cierto es que la realidad siempre consigue superar al relato. Porque, cuando por fin desembarcas en la Isla de San Simón, descubres que nada de aquello que te habían contado alcanza a explicar lo que significa estar allí. La localización, la llegada en barco, el cartel secreto... Todo forma parte de una experiencia que, para entenderla de verdad, es necesario comenzar por el principio.
Y este año ese viaje comenzó incluso antes de poner un pie en la isla. El festival arrancó con dos experiencias sonoras en Vigo que ya anticipaban el espíritu de lo que estaba por venir: primero, Carme López convirtió su voz en la única protagonista dentro de la sala semi-anecoica de la Escola de Enxeñaría de Telecomunicación de la Uvigo. Después, Mateo Mena invitó a descubrir los sonidos del universo y la naturaleza desde el Planetario del Instituto Marítimo Pesquero del Atlántico. A partir de ahí llegó uno de los momentos más especiales de Sinsal: la travesía en barco. Contemplar la costa desde el mar, cruzarse con delfines a escasos metros o sentir cómo la ciudad queda atrás prepara al visitante para una experiencia única. Porque, una vez en la isla, el festival vuelve a demostrar que el eclecticismo, cuando está bien entendido, no consiste en acumular estilos porque sí, sino en hacer que todos dialoguen entre sí con absoluta naturalidad.
Los portugueses Travo abrieron el apartado musical con un absorbente viaje entre la psicodelia y el rock. Un directo ejecutado con precisión, capaz de atrapar al público desde el primer momento y ante el que resultaba imposible no dejarse llevar. Después de la intensidad llegó la calma de Júlia Colom, acompañada únicamente por la guitarra de Martín Leiton, recordando que cuando una canción emociona no necesita nada más. El público, en una demostración de que quien acude a este festival lo hace para escuchar música, guardó un silencio sepulcral e incluso se atrevió a cantar en mallorquín junto a la artista. En ese constante juego de contrastes apareció Ben Zabo, llegado desde Malí, con una explosiva mezcla de funk maliense, rock y ritmos africanos que ni siquiera la lluvia consiguió apagar. A continuación, llegó la primera gran sorpresa de esta edición: las japonesas NI-HAO!!! ofrecieron una actuación tan desenfrenada como contagiosa, haciendo cantar, bailar y sonreír a un público entregado de principio a fin.
El sábado arrancó con los valencianos Gazella, que envolvieron la isla en un paisaje de psicodelia, shoegaze y dream pop tan oscuro como magnético, confirmando la sensación de estar ante una banda llamada a seguir creciendo dentro de la escena underground. Quien también dejó claro que tenía que estar allí fue Mary Ocher. Posiblemente la artista más versátil del fin de semana, construyó un concierto en el que la música y la reivindicación caminaron siempre de la mano. A través de su propia historia, marcada por sus orígenes rusos e israelíes, y estableciendo también un diálogo con la memoria histórica de San Simón, convirtió su actuación en algo más que un concierto. Por su parte, Merina Gris (en la foto principal), fueron responsables de lo que para muchos fue el mejor concierto del fin de semana. Los vascos demostraron que detrás de su propuesta no hay un solo detalle improvisado. Sonido, estética y actitud convivieron con una naturalidad admirable para construir un espectáculo tan cuidado como cercano. Resultaba curioso comprobar cómo, incluso ocultando sus rostros tras las máscaras durante gran parte de la actuación, la conexión con el público nunca dejó de sentirse. Un grupo llamado a tener mucho más protagonismo.
Si el viernes habían sido NI-HAO!!! quienes acapararon las conversaciones, el sábado ese papel recayó sobre Gigi Girls. Vestidas de novia y traje, las alemanas recuperaron la estética del italo-disco para convertir San Simón en una pista de baile y confirmar, una vez más, el talento de SINSAL para descubrir artistas antes de que puedan explosionar. El relevo lo recogieron los británicos AK/DK, que elevaron todavía más las pulsaciones con un hipnótico ejercicio de krautrock o electrónica construido únicamente a partir de dos baterías y sintetizadores. El broche lo puso Cakes da Killa, uno de los grandes nombres del hip hop queer contemporáneo. Su mezcla de rap, house y cultura ballroom transformó durante unos minutos San Simón en un club neoyorquino, poniendo el cierre perfecto a una jornada que volvió a demostrar que en Sinsal caben todos los sonidos cuando existe una identidad capaz de darles sentido.

Y, como no hay dos sin tres, todavía quedaba una última jornada en la que las sorpresas volvieron a convertirse en la norma. La primera, y también una de las más comentadas entre los presentes, fue la de Skanderani, el proyecto liderado por Ahmed Moussa. Llegados desde A Estrada, ofrecieron un concierto instrumental de difícil clasificación, capaz de transitar entre la psicodelia, el afrobeat y las sonoridades árabes. Ese espíritu de fusión encontró continuidad en Mocho Gris, el proyecto galaico-portugués que rebajó las revoluciones para elevar la emoción. Un concierto para escuchar sin prisas, saboreando cada una de las capas sonoras que componían una propuesta tan delicada como envolvente. La experimentación tomó el relevo con Nadeem Din-Gabisi. El artista británico, de raíces sierraleonesas, combinó scratches, bases electrónicas, su presencia vocal y un discurso crítico y con mensajes de paz que terminó conquistando al público. La jornada todavía guardaba un último viaje sonoro. Los colombianos Indus demostraron cómo la música de raíz puede dialogar con la electrónica sin perder un ápice de identidad, antes de que Virginia Dembélé tendiera un emocionante puente entre España y su Malí natal en una actuación recibida con enorme calidez por los asistentes donde su voz y la calidad de su banda casaron a la perfección.
El cierre musical quedó en manos de Juventude, uno de los nombres que más están dando que hablar dentro de la escena actual española. Los andaluces firmaron un concierto tan divertido como impecable desde el punto de vista musical, confirmando que resulta prácticamente imposible salir indiferente de una actuación suya. Lo más probable es hacerlo feliz y con las piernas agotadas después de tanto bailar. Y aunque los grandes protagonistas fueron todos los artistas y bandas que pasaron por los escenarios de San Simón, sería injusto terminar sin reconocer el papel de quienes se encargaron de poner música a los comienzos y finales de cada jornada. Phonotoner (galis115), DJ Dr. Wampush, DJ Viktor Flores y Matéria Prima DJs fueron los responsables de acompañar los primeros pasos de cada día y de prolongar la magia hasta los últimos minutos en la isla, cuando el regreso al barco comenzaba a recordar que toda experiencia, por extraordinaria que sea, también llega a su fin.
Y con todo ello, con lo contado y con aquello que resulta imposible explicar porque no hay nada comparable a vivirlo, llegó el momento de abandonar la Isla de San Simón. Terminó un Festival SINSAL SON Estrella Galicia que volvió a demostrar por qué es una de las citas más especiales del calendario festivalero y un referente dentro de Rías Baixas Fest. Un festival que pone el foco en la historia del lugar que lo acoge, que entiende la música por encima de los nombres propios y que encuentra en el respeto, la curiosidad y la entrega de su público su mayor seña de identidad. Tres días imposibles de olvidar que confirman que todavía existe otra manera de entender los festivales y que, dentro de unos años, volverán a permitir decir que algunos de los nombres más importantes del momento pasaron primero por la Isla de San Simón.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.