A contracorriente
ConciertosBoga Boga Festibala

A contracorriente

8 / 10
Mattin Izaguirre — 16-09-2026
Fecha — 11 septiembre, 2026
Fotografía — Mattin Izaguirre

Una brisa veraniega. Un sol brillante. Y el Palacio del Miramar como telón de fondo. Podría ser una postal turística de verano, pero en esta ocasión forma parte de una de las ubicaciones de la cuarta edición del Boga Boga Festibala, el evento de música independiente por antonomasia donostiarra. El festival se dispersa por diferentes puntos de la ciudad, con conciertos gratuitos y de pago, y una de las características más personales del evento es que busca alejarse del concepto de ‘macrofestival’ para centrarse en una oferta cuidada, no masiva e íntima.

A las 18:30 del viernes, el público comenzó a acercarse al escenario Keler Stage para escuchar el art rock y post-punk de Bodega. La banda neoyorquina se encontraba recorriendo sin cesar el territorio nacional, con siete conciertos en ocho días, y esa energía de banda de carretera se notó en todo momento. Desde el ochentero “Statuette on the Console”, la banda ofreció un show repleto de sonidos alternativos de los noventa y finales de los ochenta, que recordaban a bandas como los primeros Jane’s Addiction o Talking Heads.

Además de la importancia del cantante Ben Hozie, la figura de Nikki Belfiglio cobra fuerza en directo. Más allá de ser la segunda voz, utiliza la percusión como herramienta rítmica para fortalecer el minimalismo del batería Adam Shumski, que toca de pie. “Tarkovski”, “Weather Me” o “No Blade of Grass”, fueron especialmente aplaudidas y, al terminar el concierto, nos dirigimos hacia escenario Teatro Escondido, ubicado dentro del palacio.

La arquitectura de la época victoriana europea ayudó a sumergirse en lo que venía a continuación. Así, en la oscura sala, Llúcia Pla comenzó con su íntima actuación, transportando a diestro y siniestro a su particular universo. Las primeras notas del bajo y el sintetizador comenzaron a sonar, mientras que el clarinete fue ganando espacio a medida que pasaba el tiempo. De fondo se escuchaba un mix de collage de sonidos, parte de una cinta con grabaciones provenientes de la infancia de la protagonista, en 1996. La catalana se encuentra en plena presentación de su debut “Cantant i Parlant”, y su particular diálogo lo viste de synth-pop y electrónica experimental.

La puntualidad en los horarios de las actuaciones, nos obligó recorrer el camino desde la penumbra más absoluta hasta una vista exquisita en el escenario Badia Stage, para disfrutar del folk íntimo de Rachid B. La historia del artista hispano-marroquí es paradigmática. Llegó al territorio nacional con un visado artístico y después de trabajar en diferentes oficios, en 2025 publicó “El Ghorba”, su primer disco. Desde el momento en que se presentó con un cálido y humano agradecimiento por la oportunidad de formar parte del festival, hizo gala de su folk íntimo y elegante.

Mientras la noche llamaba a la puerta, llegaba el turno del plato fuerte de la primera jornada: Alice Phoebe Lou (foto encabezado). La artista sudafricana apareció sola sobre el escenario, enfundada en un vestido negro, calcetines rosas estampados y unas zapatillas a juego, una combinación que la envolvía de un misticismo juvenil y atemporal. Una versión desnuda de “Halo” y “Shine” dejó claro que una primera parte sería en acústico. Su voz envolvió el ambiente, acompañada por las dulces y dramáticas melodías de su guitarra, que nos hacían recordar a aquellos inicios de la artista como música callejera en Berlín.

Con la atmósfera ya creada, en una segunda fase del espectáculo, su banda entró para arroparla e interpretar canciones como “Touch” o “Angel”, con ese indie folk con tintes de pop atmosférico que tanto la caracteriza, hasta terminar con “Witches”, por todo lo alto.

Sin tiempo para descansar, en el escenario Badia Stage, le tocaba el turno a Mursego. La artista eibartarra caminó entre los espectadores hasta terminar en su hábitat natural: el escenario. Allí no dejó de experimentar como si de una pintora se tratara, mezclando sus colores favoritos –el folk vasco, música clásica y la performance– y convirtiendo el acto en algo más que un simple concierto: un especie de aquelarre sonoro y visual. Cuando tomó el violonchelo, se convirtió en la reina absoluta.

Después de tanta autenticidad, los siguientes en llegar serían Cervatana, encargados de cerrar la noche. Y si Mursego nos trasladó a Zugarramurdi, Cervatana nos llevó al futuro, a un universo distópico donde la electrónica, el rock y la experimentación se fundían. Cabe destacar la figura de la bailarina Elena Gog, cuyos movimientos consiguieron saturar aún mas de ciencia ficción la noche donostiarra, como si de una película se tratase.

Tras una noche marcada por la experimentación, tocaba hacer borrón y cuenta nueva. El sábado no solo nos traía un sol brillante, sino también a uno de los grupos de moda del panorama indie nacional: Mala Gestión. A las 18:30, Joan Adsuar, Guillermo Llop, Pablo Prats y Héctor Soriano salieron al escenario, y ante la atenta mirada de los presentes, interpretaron “War Pigs” de Black Sabbath, para después atacar de revés con “Dios me tiró un Ducados rubio” con Elías MacCabe al frente.

Conscientes de que se encuentran en estado de gracia, salen al escenario sin complejos, con mucho morro y espíritu punk –o mejor dicho ñunk–, transmitiendo un buen rollo difícil de explicar. Desde el enérgico “Skol” hasta el guiñó a Fangoria con “Ex-ex (pareja)”, pasando por el indie pop de “Hacemos lo que podemos”, la reciente “Normalmente Mejor” o, para muchos, la canción del verano de 2026, “Noche de Casino”, no pararon en ningún momento. Puro ‘entertainment’.

Nos tocaba de nuevo adentrarnos en el Teatro Escondido, esta vez para escuchar la propuesta de la tolosarra ALAI. Con dos álbumes bajo el brazo, la también productora dio un masterclass de cómo explorar los rincones entre la electrónica, el pop más íntimo y ambient. Y es que, a veces, no hay nada más placentero que adentrarse en un determinado lugar y dejarse llevar entre sintetizadores y colchones sonoros.

Merina Gris jugaba en casa y se notaba. El trío donostiarra formado por Sara Zozaya, Julen Idigoras y Paskal Intxauspe, se mostró especialmente motivado desde que sonaron los primeros acordes de “Lotu Zure Txakurrak”. La trabajada puesta en escena de la banda, con las llamativas máscaras para esconder su identidad, da al espectáculo un tono más cinematográfico y les permite expresar su ‘pop violento’ sin fisuras. Y es que, canción tras canción, el público se sentía cada vez más entregado. “Nadie Cuando Lloro”, “Irteera”, “Hiru Damatxo”, “Lilili”, “90”, o las versiones de “Haizea” de Ken Zazpi o “Fireflies” de Owl City, hicieron la delicia de los presentes hasta convertir el concierto en una auténtica fiesta colectiva.

De la celebración a la relajación de nuevo. Esta vez, de la mano de la californiana Ana Roxanne. El cansancio de los días se notaba en el cuerpo. Por ello, la actuación se respiró como agua en mayo, gracias a su dream pop y ambient pulido. Y es que este tipo de actuaciones son las que resumen la esencia del festival: diferentes maneras de disfrutar de la música. Bien sea bailando, cantando o simplemente sentado.

Y entonces llegó el momento de Sébastien Tellier. Entre oscuridad, luces de colores y humo, apareció como si surgiera de la nada, con su indumentaria de gala: gorro negro, gafas, chaqueta y unos pantalones blancos. Después de una impresionante introducción, “Roche” demostró que el cantante sigue ofreciendo un French House sofisticado y un pop elegante que, a ratos, recordaba a la escena new wave ochentera y a figuras como el siempre elegante Bryan Ferry. El bailable “Refresh”, la melódica “Look” o la emotiva “La Ritournelle”, pusieron la cosa más seria, con Tellier completamente metido en su juego.

Más allá de la extravagancia que siempre acompaña a nuestro protagonista, el francés lleva más de dos décadas construyendo su propio universo y esa mezcla de sofisticación, sensualidad y sentido del espectáculo sigue siendo una de sus principales señas de identidad, que supo explotar en todo momento. Entre el electro-pop, las luces tenues, la arquitectura clásica y la noche oscura, aquello parecía por momentos una escena perdida de “Wide Eyes Shut” o un acto de “La Gran Belleza”.

Al terminar el acto de Tellier, algunos decidieron adentrarse en la noche donostiarra, pero muchos otros se quedaron contemplando la propuesta de MYD. “Bonita forma de terminar el verano”, comentaba uno. “Entre estas vistas y esta música”, comentaba otro. Y, la verdad sea dicha, no hay mejor paisaje para despedir dos jornadas repletas de sobredosis de música, propuestas eclécticas y creatividad a mansalva. Mientras unos se quedaban disfrutando del French House y la electrónica, otros se dirigían al Dabadaba, para que no parase la música.

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