Entre tanta ola de calor, esto: una revitalizante y ligera lectura que refresca más el ambiente que cualquier aire acondicionado o ventilador. Si no has oído hablar de “El diario de Samuel”, tanto en su versión animada como en papel, ahora es el momento de que te unas al club de aquellas personas que hemos caído rendidas a sus pies; y, si ya conoces al entrañable personaje creado por Émilie Tronche, sabes muy bien de qué estoy hablando.
Primero, conviene aclarar que esta novela gráfica adapta la serie de animación homónima de Émilie Tronche, formada por micro capítulos de cuatro o cinco minutos que funcionan como las entradas del diario de Samuel, un niño de diez años que comparte las preocupaciones típicas de cualquier niño de su edad: las amistades (preparaos para conocer a Berenice), la familia (incluidos los primos del pueblo), las inseguridades propias de su edad y la necesidad de encajar (su lista de cosas para molar no tiene desperdicio), la inquietud ante los cambios (con el inicio del primer año de instituto como punto de inflexión vital) y, por supuesto, el primer crush (su compañera de clase Julia “alta”).
Sin embargo, no es imprescindible ver la serie animada primero para seguir el hilo del cómic, aunque, como apunte para quienes que prefieren empezar por el material original, en la serie encontramos escenas que se han quedado fuera del cómic y, además, los momentos bailongos de Samuel se disfrutan mejor. La adaptación logra funcionar como una obra independiente, de lectura ágil y amena, y no como un mero complemento de la serie.
Tronche consigue que lo ligero no esté reñido con lo profundo. Cada episodio, cada anécdota aparentemente trivial que Samuel recoge en su diario, construye un retrato veraz de la infancia y de la pubertad que es, al mismo tiempo, amable, complejo, divertido, honesto, delicado y generoso. Y lo logra sobre todo por su impresionante habilidad para crear personajes que escapan cualquier arquetipo, idealización o intención aleccionadora. Tronche les insufla vida con una naturalidad asombrosa, para que el público lector los sienta humanos y contradictorios, sin suavizar sus defectos. Podrían haber sido, perfectamente, nuestro grupo de amigos de la infancia.
Por último, y como siempre recuerdo cuando una buena lectura juvenil cae en mis manos, hay libros que no tienen edad. Cada lector, sea joven o adulto, encontrará en estas páginas alguna que otra situación que, como la magdalena de Proust, nos va a transportar a nuestra infancia como si viajara en una máquina del tiempo. Todas y todos hemos estado allí, en esa pubertad desconcertante y apabullante que nos expulsa de la niñez, en esa etapa que nos provoca los cambios físicos y psicológicos más radicales de nuestra vida. Y sí, todas y todos nos hemos sentido perdidos, torpes, inseguros y emocionados ante ese futuro desconocido que se abría ante nosotros. Igual que Samuel.
“El diario de Samuel” podría haberse quedado en un relato coming-of-age más, pero Tronche ha logrado un equilibrio perfecto entre la simplicidad y gracia de su dibujo, el humor y la ternura de las situaciones, y la autenticidad de los personajes. Una alquimia que explica el éxito de la serie, y ahora de la novela gráfica, entre el público más joven (y no tan joven). Cada generación parece destinada a tener esos personajes que marcan y guían el camino de sus lecturas, como el pequeño Nicolás, Manolito Gafotas o Greg: personajes con personalidad propia que han conseguido enganchar al público lector más joven y capturar, desde diferentes épocas y sensibilidades, la cotidianidad y complejidad de la infancia. Ojalá Samuel llegue a serlo para esta generación de lectores.

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