El Solitario, el caso del criminal que mantuvo a España en vilo
Comics / Lorenzo Silva, Manuel Marlasca Y Cristóbal Fortúnez

El Solitario, el caso del criminal que mantuvo a España en vilo

9 / 10
José de Montfort — 26-06-2020
Empresa — Random Cómics

A Jaime Giménez Arbe (12 de enero de 1956) le gustaba la música folk, aunque hizo sus primeros pinitos en un grupo de rock, en su juventud, junto a su amigo José Antonio Martín Gardoqui, quien sería –más tarde– uno de los baterías del grupo madrileño Burning; aunque esta presencia, según cuenta Alfred Crespo en “Burning Madrid” (66 Rpm, 12) queda reducida a unos pocos ensayos del período de salida del primer batería Tito Estepa, en torno a 1976. Sobre Martín Gardoqui escribe Giménez Arbe que “José Antonio tuvo una influencia determinante en mi gusto por el rock. Él disponía de una amplia colección de discos de vinilo en la que no podían faltar temas de los mejores grupos de rock. Gracias a él tuve acceso a algún las canciones prohibidas por la dictadura”.

En el mencionado grupo de rock precario que ambos compartían, llamado Los Rockers, Giménez Arbe tocaba el órgano electrónico. Era cuando Giménez Arbe tenía quince años. La cosa, según cuenta él mismo en su autobiografía “Me llaman el Solitario: Autobiografía de una expropiador de bancos” (Txalaparta, 09) es que necesitaban un equipo amplificador de voces y micrófonos y no tenían dinero ni posibilidad de tenerlo. Y allí aparece un tal Tatu, del barrio de San Blas, ducho en el manejo de vehículos robados. Se fijan en una tienda musical de la calle Jorge Juan, del barrio de Salamanca, situada justo frente a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en Madrid. De madrugada, rompen de una pedrada el cristal de la tienda y se llevan un equipo de amplificador de voces, altavoces, micrófonos y cuatro guitarras eléctricas que cargan en un Seat 1500 familiar robado. A Giménez Arbe y a sus compinches les delata frente a la policía uno de sus amigos y acaban en prisión. Era 1972. Pasaron nueve meses en la cárcel.

Más tarde Giménez Arbe se iría a vivir a Majadahonda y allí cuentan los vecinos que tenía la batería en el balcón y que igual le daba por ponerse a tocarla a las cuatro de la mañana. Al cabo de los años se instalaría ya definitivamente con su familia en Las Rozas, en la urbanización Monte Alto, y allí siguió tocando música folk con sus amigos, pero ahora ya en el garaje de su casa. En los últimos años, solía tener las persianas del chalet bajadas y, con frecuencia, decían los vecinos que tenía la música puesta a toda castaña. Música folk, indicaron sus vecinos al ser preguntados por los periodistas; aunque nadie ha sabido precisar exactamente qué tipo de grupos o canciones solía escuchar.

El atracador de bancos que tuvo en vilo a un país entero

Giménez Arbe era un vecino conflictivo y así se le recuerda aun en Las Rozas, solía tener disputas de todo tipo con sus vecinos; las más sonadas eran aquellas que tenían que ver con la zona de aparcamiento cercana a la puerta de su domicilio: no permitía que nadie aparcase allí. Sus vecinos lo recuerdan como alguien agresivo, grosero, maleducado. Había llegado incluso a ir a algún juicio fruto de estas disputas con alguno de sus vecinos y eran constantes sus visitas a la Guardia Civil para interponer demandas contra sus vecinos. En suma, que no era una persona muy discreta. Hecho que contrasta fuertemente con su, por así decirlo, “historia secreta”, que acabaría descubriéndose el 23 de julio de 2007, al ser detenido en Figueira (Portugal), cuando intentaba atracar una oficina de la Caja Rural Agrícola. Es la historia de “El Solitario”, sobrenombre con el que la policía bautizó a un atracador de bancos que venía actuando desde 1994 y del que nada se sabía hasta aquel momento. Llegó a ser el Enemigo Público Número 1 de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado Español.

Su historia ya se había contado ampliamente en los periódicos, el periodista de El País, Jesús Duva, había escrito un libro sobre el tema, “El solitario” (Aguilar, 09) e incluso Antena 3 produjo una película para televisión emitida como serie en dos capítulos sobre su historia criminal: “Soy El Solitario” (08), protagonizada por Pepo Oliva y Emilio Gutiérrez Caba y dirigida por Manuel Ríos. Así las cosas, la publicación ahora de “El solitario, el caso del criminal que mantuvo a España en vilo” (Random Comics, 20), de Lorenzo Silva y Manuel Marlasca con ilustraciones de Cristóbal Fortúnez, no aporta datos nuevos al caso, pero sí cumple, me parece, una función doble: la de fijar la cronología de los hechos (los que se le han podido atribuir, no se sabe si hay más) y la de presentar al criminal en términos policiales y, así, ceñirse al relato objetivo y, al mismo tiempo, la de perfilar de manera clara y ordenada la historia de uno de los criminales finiseculares más destacados de la historia negra de nuestro país. En este caso, además, las ilustraciones de Cristobal Fortúnez permiten recrear esa sombra, esa ficción que fue durante catorce años la figura de El solitario, un atracador que actuaba solo, que iba siempre disfrazado con una barba postiza, una gorra o una peluca, que llevaba chaquetas anchas para esconder el chaleco antibalas, que nunca dejaba huellas (luego se descubrió que se cubría las manos con esparadrapo de color carne) y que utilizaba muletas para poder pasar las pistolas por el detector de metales. Asimismo, el libro se quiere homenaje a los dos Guardias Civiles asesinados por Giménez Arbe y a Manuel Ferrandis, policía local de Vall d’Uxó que murió a causa del tiroteo que se produjo tras uno de los atracos de El Solitario, en el año 2000.

En este cómic los autores se esfuerzan por desmitificar esa figura, hasta cierto punto romántica, de los atracadores de bancos, un tipo de criminal muy propio de finales del siglo XX, cuando las medidas de seguridad de los bancos eran mucho menores que las de ahora y cuando los atracos a las sucursales bancarias venían revestidas en el imaginario popular de una cierta aureola de salteador de caminos y de “Robin Hoods” que actuaban frente a la tiranía malévola del capitalismo más feroz, ejemplificado en la figura de las entidades bancarias. Mística a la que, ya se ha dicho, contribuyo el propio Giménez Arbe al declarar que “Yo solo soy un insurgente que me he alzado en armas contra el poder injusto de la banca privada”. El mismo Giménez Arbe se ha llegado a comparar con otra figura de leyenda de la historia criminal española, El Lute, pero también incluso con Giordano Bruno. Silva y Marlasca, en este libro, centran el foco más en los investigadores que consiguieron cazarle y en el sufrimiento causado por El Solitario.

La leyenda de El Solitario tiene dos etapas y un punto de giro clarísimo: el momento de oscuridad, de ser una sombra que busca toda la policía y de quien no se tienen más pistas y el posterior en el que se conoce su identidad y su forma de trabajar. El punto de giro se produce el 09 de junio de 2004, cuando Giménez Arbe asesina a dos Guardias Civiles en Castejón (Navarra): Juan Antonio Palmero Benítez, de veintinueve años de edad, y José Antonio Vidal Fernández. A partir de ahí, en un hecho insólito, se distribuye su fotografía por todo el país en un cartel de “Se busca” (hasta ese momento “rara vez se había utilizado para localizar a delincuentes comunes”, precisan los autores) y el caso llegó a los medios de comunicación nacionales. Gracias a un chivatazo, en 2007, la Policía y la Guardia Civil, que acabarían trabajando conjuntamente en el caso, conocen el nombre de Giménez Arbe, lo localizan, establecen un operativo de seguimiento, le pinchan el teléfono y, finalmente lo detienen en Portugal cuando trataba de realizar su último atraco, previo a la fuga a Brasil para vivir con su novia brasileña. Se le acabarán imputando treinta y cinco atracos a sucursales bancarias y el asesinato de dos Guardias Civiles.

En el cómic que nos ocupa se nos presenta a Giménez Arbe menos como un anarquista revolucionario que como un fantoche, alguien que se servía de una teatralidad particular para llevar a cabo sus atracos; una persona soberbia, con una vanidad sin límites. Un personaje que lejos de ser “un buen bandido y un ácrata revolucionario” era alguien que había producido mucho daño y dolor, así aquí se nos cuenta “la triste y oscura verdad que había tras sus fanfarronadas y sus patrañas pseudorrevolucionarias”.

Los viejos amigos

Como dato curioso, podemos decir que el mismo año que fue detenido (2007) Giménez Arbe se había apuntado al INEM. Fue en abril, y declaró que hablaba cinco idiomas y que estaba cualificado como instalador de frío industrial. En toda su vida solo había cotizado trece días a la Seguridad Social.

Ese mismo año, su abogado, José María Trillo-Figueroa, pidió que, de ser extraditado a España, preferiría ser conducido a la cárcel valenciana de Picassent, donde estaba su amigo José Antonio Martín Gardoqui. Aunque nunca se tomó en cuenta dicha petición, de haber sido así, Giménez Arbe podría haber sido, junto a su amigo Gardoqui (quien sí aparece en el filme), uno de los protagonistas del documental “Septiembres” (07), del realizador Carlos Bosch. Una película que habla sobre los reclusos venidos de distintas prisiones que participan en el Festival de la Canción, que se celebra cada año en la cárcel de Soto del Real. Martín Gardoqui salió de la cárcel en 2016, tenía sesenta y un años, de los cuales había pasado veintiocho en prisión. Vive en Torrente (Valencia) y durante algunos veranos intentó buscarse la vida, guitarra en mano, por las terrazas de Valencia.

En la actualidad Giménez Arbe, que fue condenado a ciento siete años de prisión, acaba de recibir el segundo grado por buen comportamiento y está en la prisión de Topas (Salamanca). Tiene sesenta y cuatro años y en 2026 podrá salir de la cárcel en régimen de tercer grado, por razones de edad al cumplir setenta años.

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