The Forest Of Love / The Forest Of Love: Deep Cut
Cine - Series / Sion Sono

The Forest Of Love / The Forest Of Love: Deep Cut

7 / 10
José Martínez Ros — 12-05-2020
Empresa — Netflix
Fotógrafo — Archivo

El japonés Sion Sono (1961) es uno de los más inclasificables y radicales terroristas del panorama cinematográfico de las últimas décadas. Resulta por ello sorprendente que Netflix se haya atrevido a distribuir una de sus últimas obras, “The Forest Of Love”, que se nos ofrece en dos versiones: como una película con un generoso metraje de dos horas y media, y o como una miniserie de seis episodios con otros ciento treinta minutos de material extra. Si bien no es la primera vez que Sono asoma en una plataforma de streaming, y hace un par de años, Amazon Prime estrenó su desquiciada épica de terror “Tokyo Vampire Hotel”, en esta ocasión podemos encontrar una especie de condensación de todos los temas y técnicas que lo han convertido en un creador único.

Hacer un resumen de su carrera es algo bastante complicado, puesto que se trata de uno de los directores más prolíficos e incansables del cine actual: sólo en la última década ha sido capaz de estrenar dieciséis películas y series. Tras formar parte de algunos colectivos artísticos de vanguardia, Sono se inició en el cine en la próspera industria del porno nipón, y dirigió a lo largo de los noventa un buen número de títulos, dedicados tanto al público gay como al heterosexual. Su lanzamiento internacional llegó con el nuevo siglo, gracias a la efímera moda del J-Horror. Entre los montones de clones de “The Ring” o “Dark Water” que llegaron a los cines y videoclubs de occidente, Sono coló su “Suicide Club” (01), una película que tenía más que ver con Lynch o Buñuel que con las tradicionales fábulas de fantasmas japonesas, y que incluía varias cargas de profundidad contra una sociedad que prima la disciplina y el colectivismo sobre las libertades individuales.

Desde entonces, y por sólo citar sus obras mayores, los cinéfilos más interesados en las emociones fuertes, han podido acceder a cosas tan dislocadas, bizarras y enloquecidas como los psicothrillers “Strange Circus” (05) o “Guilty Of Romance” (11), a una genial comedia negra de cuatro horas sobre un fotógrafo adolescente de bragas femeninas que se debate entre sus inquietudes religiosas y la búsqueda del amor puro –“Love Exposure” (08)-, un impecable melodrama hiperrealista sobre un par de jóvenes desubicados situado tras el desastre de Fukushima –“Himizu” (11)–, un homenaje metanarrativo al tradicional cine de yakuzas –“Why Don’t You Play In Hell?” (13)– o, incluso, un musical en clave de rap ambientado en un Tokio post-apocalíptico –“Tokio Tribe” (14)–.

No obstante, la obra de Sono con la que es más fácil asociar sus dos versiones de “The Forest Of Love” es una de sus películas más logradas y terroríficas: “Cold Fish” (10). En ambas parte de un hecho real, y se inspira en ese gran monstruo del imaginario contemporáneo que es el asesino en serie; en ambas pasa de una especie de comedia delirante a una explosión de violencia hipergore; de hecho, para mayor similitud, sus dos fascinantes –y, a todas luces, espantosos– protagonistas comparten apellido: Murata. Tanto el Yukio Murata de “Cold Fish” como el Joe Murata de “The Forest Of Love” son depredadores natos que se mueven con desconcertante habilidad en la rígida y disciplinada sociedad japonesa. Son individuos dotados de una especie de carisma luciferino, una energía salvaje que hace que sus víctimas, procedentes de familias adocenadas y, en apariencia, armoniosas (aunque su intimidad esté plagada de traumas y heridas secretas), se conviertan en seres sumisos, atemorizados.

Joe, interpretado con una escalofriante intensidad por Kippei Shîna, es al comienzo de “The Forest Of Love” un charlatán, un estafador de medio pelo que se presenta, según convenga, como un cantante melódico, un multimillonario recién salido de Harvard o, incluso un agente de la CIA, alguien que sólo parece buscar en las chicas que seduce una mezcla de sexo y dinero. Un escurridizo sociópata que sobrevive a base de labia y montañas de mentiras; sin duda, despreciable, pero no particularmente peligroso.

Sin embargo, como suele suceder en el cine de Sono, la trama nos lleva a una escalada de la locura y la degradación; en este caso, ocurre tras conocer a dos muchachas cuya dañada psique las sitúa en el punto de mira de Murata: Mitsuko (Kamataki Eri), una muchacha de una familia de clase alta, obsesionada con el suicidio de la que era su mejor amiga, y amor secreto; y su antigua compañera de clase, Taeko (Hinami Kyoko), quien ha reaccionado ante el mismo trauma con rabia y nihilismo. Y a esto hay que sumar, puesto que el componente metacinéfilo suele estar presente en la obra de Sono, un equipo de jóvenes cineastas que quieren rodar una película sobre un enigmático psicópata que están sembrando de cadáveres los bosques de los alrededores de Tokio… La película/serie de Sono es tremendamente dura e implacable, y no apta para estómagos sensibles. Pero eso mismo convierte su visionado es una experiencia fascinante o de la que, al menos, no se puede salir indemne.

Sabemos que Sono está embarcado en estos momentos en su primera película norteamericana, “Prisoners Of Ghostland”, para la que cuenta en el reparto con ese otro gran excéntrico del cine mundial que es Nicolas Cage. Nos esperamos, de este choque de genios, lo peor; es decir, lo mejor.

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