Otra ronda
Cine - Series / Thomas Vinterberg

Otra ronda

6 / 10
J. Picatoste Verdejo — 12-04-2021

En su segunda colaboración con Madds Mikkelsen –espléndido en ambas– el danés Thomas Vinterberg le ha vuelto a asignar el papel de maestro en conflicto con su entorno, pero si en el drama seco “La caza” Mikkelsen era un tutor de niños de parvulario que sufría la hostilidad de la comunidad a raíz de una falsa y grave acusación, en la comedia (dramática) “Otra ronda” es un desnortado profesor de instituto que encuentra su equilibrio tanto en su vida profesional como en la personal a través del alcohol en base a una supuesta teoría del psiquiatra noruego Finn Skårderud por la que el cuerpo humano adolece de la falta de un 0’05 % de alcohol que necesitaría ser suministrado cada día para un óptimo funcionamiento.

Con esta premisa, además, podemos comparar y ver diferencias culturales con otras cinematografías que han abordado argumentos etílicos: si Hollywood quiere hacer una comedia sobre la embriaguez, manufactura “Resacón en Las Vegas” (y las secuelas que haga falta); si lo hacen los nórdicos, la intelectualizan y la abren con una cita del filósofo existencialista danés Søren Kierkegaard (“¿Qué es la juventud? Un sueño ¿Que es el amor? El contenido de ese sueño”).

Y sin embargo el mecanismo que hace avanzar “Otra ronda” no dista demasiado del de tantísimas comedias americanas que disfrazadas de fieras asilvestradas se descubren en un giro final conciliador o redentor como tiernos corderos amaestrados. Y entonces se nos aparece la cruda realidad de la película: su horizonte no tiene muchos metros y lo resume bien la sabiduría popular (que no necesita firma), esa que, en la voz aterciopelada de nuestras abuelas, reza que todo es bueno en su justa medida.

Así “Otra ronda” se inicia como una comedia atrevida: el alcohol como fuente de estabilidad personal y el puente ideal para que el profesor protagonista conecte con sus alumnos adolescentes que han perdido toda confianza en él debido a las alarmantes muestras de incompetencia y falta de concentración. Pero, y aquí viene la gran paradoja de la película, muy probablemente Vinterberg y su coguionista Tobias Lindholm escribieron sobrios el libreto del film y fueron presos de un (comprensible pero limitador) arrebato de responsabilidad social, lo que agrava el tono de la cinta, que cae, además, en la reiteración. Al menos Vinterberg no llega a las insultantes enmiendas a la totalidad de ciertas comedias hollywoodienses que desandan lo andado y nos regala como última parada de la película un sensacional número final de baile en el que Mikkelsen se marca un ‘solo’ vivificador antológico (pese a que el cineasta le podría haber sacado mejor partido, incluso, con otra planificación).

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