Hierve
Cine - Series / Phillip Barantini

Hierve

7 / 10
Luis M. Maínez — 08-01-2022
Empresa — Filmin
Fotógrafo — Frame de la película

Aunque sea sobresaliente el ejercicio visual de su director, Phillip Barantini, que se la juega con un plano secuencia de hora y media en mitad del calor y el frenesí de un restaurante de lujo en hora punta un día más que complicado, en lo narrativo “Hierve” desfallece. Como el sexo que te deja tibio al final. Una vez rebajada la tensión, apagados los fuegos, la película no es capaz de mantener el nivel en las transiciones. Un problema que el director azuza, forzando la intensidad. Ahí, el vicio del plano secuencia –espectacular estéticamente pero exigente en lo creativo– puede con él. La trampa no sirve para cazar al ratón; a pesar de contar con un pato a la soja nivel Estrella Michelin como cebo, en lugar de con un pedazo de queso.

Aun así, como se dice en la película: “en la crítica gastronómica se habla de lo que está en el plato, no que de lo que falta en él”. Por eso hablaremos de que, más allá de cierta falta de fuelle en el plano secuencia, “Hierve” tiene la virtud de reflejar los caracteres y el destino de los miembros del equipo del restaurante desde el propio interior del local. En el tótem que el trabajo supone en el sistema productivo en el que vivimos, las personas dejamos, progresivamente, de ser en el afuera. En ese sentido se nota quién se juega el tipo en el restaurante y quien está allí de paso; quién, joven, todavía no ha decidido en qué va a hipotecar su vida y quién ya va metido hasta las trancas. En general.

“Hierve” no solo refleja las relaciones laborales sino también las económicas. Hay más pistas de cómo funcionan y dejan de funcionar los negocios en esta película que en todos los MBAs que prometen hacerte rico en YouTube. También habla de cómo funciona la fama y la presión. Mientras nuestro chef protagonista Andy Jones –un Stephen Graham con el que me alegré sinceramente de volver a coincidir– entra en un túnel sin luces durante su jornada, asistimos a los estragos del mundo de la telerrealidad y de las redes sociales en la gastronomía, que encumbran y estupidizan a partes iguales. Sin discursos evidentes y aleccionadores, lo cual es de agradecer. Inteligentemente. Mostrando, que no aleccionando.

Es por esto por lo que “Hierve”, que en un principio llama la atención por el uso del plano secuencia, acaba diluyendo su potencial precisamente por la elección de una dirección más efectista que eficaz. Sí, refleja el frenesí de la noche de autos, pero no se pone al servicio de la trama ni de la narración. Una lástima, porque la propia película –disponible en Filmin– es capaz de contenerse hasta el final, aportando realismo a una historia real. En este sentido –aunque no es el único– es inconfundiblemente británica: cruda y auténtica, ideal y humana al mismo tiempo.

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