The Nowhere Inn
Cine - Series / Bill Benz

The Nowhere Inn

7 / 10
Daniel Grandes — 22-11-2021
Empresa — Topic Studios
Fotógrafo — Cartel de la película

Pocas cosas son más características de la obra (pos)moderna que su capacidad de ponerse en duda a sí misma. Estaba leyendo la autobiografía de Miles Davis, en la que él habla de cómo lo más difícil para cualquier músico es sonar como uno mismo, contaba St. Vincent en MondoSonoro con motivo del estreno de su álbum homónimo en 2014. Una artista buscándose a sí misma en su arte, como una especie de mito de Pigmalión donde escultura y escultor son interpretados por una misma persona, es justamente lo que la cantante estadounidense parece haber materializado en la caótica (en el mejor de los sentidos) “The Nowhere Inn”, un documental que protagoniza junto a la cineasta Carrie Brownstein. De hecho la ópera prima de Bill Benz tiene de documental lo que la pipa de Magritte tiene de pipa (nada y todo). Entramos a la sala 5 del Aribau, la sede principal del In-Edit, para enfrentarnos a una pieza que se autodestruye frente a la cámara, que utiliza la crisis como motor; todo ello para demostrarnos que una artista no se encuentra, sino que se construye. “Ce n'est pas un chanteur”, parece gritarnos St. Vincent a la cara.

Esta es una de esas críticas peliagudas, no porque no sepa qué decirte, sino porque no sé cuánto quieres escuchar. Escribiendo estas líneas me vuelve a la mente el eterno debate de los spoilers y, sinceramente, en este caso no puedo hacer otra cosa que intentar ir de puntillas por esta pesadilla autobiográfica. “The Nowhere Inn” es un hito del cine como arte de la mentira, de la misma forma que lo fue “I’m Still Here” de Cassey Afleck. Con la única diferencia de que Benz transporta el debate más allá del puro maniqueísmo de la verdad o la mentira. La historia de St. Vincent no puede hacer otra cosa que transportarse al terreno de lo onírico, a un surrealismo cimentado en una esquina entre la calle del sueño y la de la industria, siguiendo la línea de “Mulholland Drive” (01) de David Lynch. Anarquitecturas ontológicas, paranoias y desdoblamientos psicoanalíticos a lo “Persona” (66), mezclas de formato, iconografías caóticas… Puestos a mentir, hagámoslo a lo grande. Es un placer sensorial adentrarse en este laberinto de espejos que encierra en sus pasillos una venganza metalingüística, obligando a aquella tras la cámara a verse reflejada.

Entendería a aquel que saliera algo decepcionado (o confuso) de la sala. Al fin y al cabo yo soy el primero en señalar una mínima falta de orden en el caos, un poco de jerarquía en lo estrictamente dionisiaco (quizás la culpa es mía por establecer demasiadas sinergias con lo lynchiano). Cuando toda esta pesadilla se articula a través del pulso entre cantante y cineasta, utilizando la cámara como un arma arrojadiza a lo Susan Sontag, es ahí cuando todas las piezas parecen encajar y cuando esta broma cinematográfica adquiere también un valor estético y narrativo per se. Aunque tampoco soy capaz de menospreciar esa mala leche con la que St. Vincent (y su más que admirable interpretación) impregna este viaje hacia el interior de sí misma, sobre todo si está coreografiado sobre una banda sonora (compuesta por ella) tan desbordante, casi líquida, fantasmagórica; tan incontenible como paranoica, donde su voz desaparece progresivamente para dejar paso a un oleaje de texturas electrónicas. Todo ello para hacer que un documental haga lo que nunca debería hacer: flotar. No hay nada más placentero que un buen sabotaje blasfémico, que una pequeña revolución donde la casa de la verdad es corrompida por la mentira.

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