Severance (T1)
Cine - Series / Dan Erickson, Ben Stiller

Severance (T1)

7 / 10
JC Peña — 10-06-2022
Empresa — Apple TV
Fotógrafo — Cartel de la serie

Hace ya tiempo que la mente detrás de “Zoolander” o “Tropic Thunder” quiere ser tomada en serio más allá de la astracanada con más o menos gracia que le dio fama global. Lo cual le honra, porque no es fácil desprenderse de etiquetas, y más cuando van asociadas a la comedia absurda (género, por otro lado, tan noble como los demás, y más difícil). Que Stiller va en serio como sobrio director todoterreno lo vimos en la historia carcelaria “Fuga en Danemora”. Su nueva apuesta en forma de serie, como productor ejecutivo y director de seis de los nueve capítulos, redobla la apuesta dentro del drama existencial. Sin embargo, sus logros artísticos se quedan por debajo de los de aquélla en una producción tan interesante como irregular.

“Severance” es una distopía (¡otra más!) ambientada en un futuro próximo en el que una siniestra corporación controla a sus empleados al punto de dividir su conciencia en dos mediante la implantación de un chip en el cerebro. El objetivo es que cuando dejen las oficinas por la tarde y se metan en el coche de vuelta a casa no tengan ni idea de lo que han hecho dentro, y viceversa. ¿Trabajan en algo inconfesable? ¿Qué esconden los directivos? La premisa suena tan alambicada como la de “Counterpart”, tiene elementos de ciencia ficción que remiten a “Westworld” o la estupenda “Devs”, pero los creadores apuestan más por el absurdo kafkiano de un mundo deshumanizado en su extrema burocratización y determinismo que remite desde los magníficos títulos de crédito al “Brazil” de Terry Gilliam, o incluso a la parábola de “El show de Truman”.

No es casual que el diseño de producción apueste por artilugios con inconfundible aroma ochentero, como los ordenadores a los que se enfrentan cada día los empleados, capturando con el ratón “números siniestros”, o esos intercomunicadores vintage. Toque humorístico que es uno de los aciertos, como lo es plantear de forma oblicua la insana polarización norteamericana imaginando una oposición casi clandestina en la calle hacia las turbias prácticas de una empresa que domina la vida de lo que parece una pequeña y húmeda ciudad del noroeste. El capitalismo sin frenos.

Del espectador depende entrar o no en una historia que parte de una premisa tan caprichosa (si no se acuerdan de nada, ¿cómo saben que tienen que volver al día siguiente a su puesto de trabajo?) que propone preguntas sobre el libre albedrío, el trabajo alienante como anulador de la vida personal, o los límites de las corporaciones y la cultura empresarial norteamericana más tóxica y mesiánica. No deja de tener gracia que detrás de ella esté una multinacional como Apple, que también rinde culto a un gurú visionario fundador: ironías de esta época.

“Severance” no es ni mucho menos perfecta. Se resiente de algunos capítulos demasiado largos en los que abusa de nuestra atención (como le sucede últimamente a tantas ficciones televisivas) y le falta fuelle a mitad de camino. Pero su atmósfera inquietante funciona razonablemente, y se beneficia del buen trabajo interpretativo, en especial de la estupenda Patricia Arquette, que repite con Stiller en un papel opuesto al de su anterior colaboración, como glacial e implacable directora de melena plateada y secretos por desvelar. Hay, repito, toques irónicos, música con ecos de easy listening de los cincuenta, pianos misteriosos (demasiado reiterativos) y subtramas con cierto empaque, como la historia de amor subterráneo entre los personajes de John Turturro y Christopher Walken o la atracción magnética entre el atormentado jefe de departamento y la misteriosa y amargada empleada que esconde un secreto que se revela muy al final. Las puntuales trampas de guion -otro vicio de estos tiempos- se compensan con un buen final abierto a una segunda temporada necesaria para conocer qué va a ser de los cuatro empleados protagonistas que se rebelan contra sus alter ego y su melifluo supervisor, que les han condenado a ser peones de un juego que huele fatal.

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