¡Corten!
Cine - Series / Marc Ferrer

¡Corten!

8 / 10
Daniel Grandes — 25-11-2021
Empresa — Filmin
Fotógrafo — Cartel de la película

Es imposible separar la figura de Marc Ferrer (“Puta y amada”, “El corazón rojo”) de la ciudad de Barcelona. “La ciudad donde todo puede ocurrir”, empieza declarando “¡Corten!”, un intento del cineasta catalán por adentrarse en el género sin abandonar sus distintivas marcas autorales, creando así lo que dentro de la propia película se describe como “un giallo marica”. ¿Y cuáles son las marcas autorales de Marc Ferrer? Bueno, ahí es cuando muy probablemente más de uno se bajará del barco. Porque este cine no entiende de grises, sino que parece diseñado para despertar reacciones radicales, siempre antitéticas. O odias a Marc Ferrer o amas a Marc Ferrer. De hecho es admirable cómo el cineasta no se esconde tras la cámara, sino que se hace presente, gozando de la mínima posibilidad de ser foco de ira y de la mínima posibilidad de ser foco de pasiones. Todo siempre desde una cotidianidad pomposa pero inofensiva, ausente de pretensiones estéticas en cuanto a sincero, donde la construcción del relato siempre precede la amistad al mismo arte. Lo de Marc Ferrer es una rara avis, una muestra de que nunca llueve a gusto de todos pero qué gusto cuando te gusta la lluvia. “¡Corten!” es, sin lugar a dudas (y con perdón), un chaparrón de la hostia.

Si su filmografía ya se sustenta sobre el acto de rizar el rizo, sobre una hiperbolización desde la autoconsciencia de su forma, su última película utiliza la pomposidad y el manierismo del giallo (como anillo al dedo) para impulsarse sobre él y llegar un poco más lejos en lo suyo, rizando el rizo que ya estaba rizado. La naturaleza siempre metacinematográfica de Ferrer (el director dentro de lo dirigido) se eleva al cuadrado, en una obra que, al igual que los cuentos de Borges, disfruta construyendo arquitecturas narrativas, a veces paradójicas, donde la película se sustenta sobre una película que sustenta otra película (al igual que “En el jardín de los senderos que se bifurcan”, la ansiada obra buscada por el protagonista es la que él mismo está pisando). Metacine dentro del metacine, un onanismo del estilo y el gusto personal que no puede evitar entenderse como una broma interna en la que uno se siente cálidamente invitado. Porque no hay cine de Marc Ferrer sin endogamia condal, donde todo queda entre nosotros (lo que pasa en Barcelona se queda en Barcelona).

De los elementos que más me empujan a amar “¡Corten!” es la forma en la que el cineasta se sitúa a sí mismo en un aparentemente imposible punto medio entre la confianza egocentrista y la inseguridad propia de un artista fracasado (el alter ego protagonista de la cinta). Esta es la historia de una producción marcada por la precariedad, la incomprensión del público, las dificultades del cine independiente (“por el cine underground lo que haga falta”) y, sobre todo, la ausencia de éxito. Es difícil de identificar si el cine de Ferrer intenta ser una oda o una elegía a la imposibilidad de alcanzar la fama. Sobre todo porque a ratos podemos leer su filmografía como una crónica de un alternativo anunciado y a ratos se dispara ante nuestros ojos una ráfaga de justificaciones explicitísimas de una forma de hacer cine totalmente voluntaria y reivindicativa (“cuando un actor lo hace mal es un error, cuando todos lo hacen mal es un estilo”). El cine de Marc Ferrer es el máximo defensor de la imperfección del cine de Marc Ferrer. No se puede criticar una película que se está criticando a sí misma. Y tampoco es que tenga ningún interés en hacerlo.

Que la estética del universo del director se construya sobre una esencia despreocupadamente (pop) trash no significa que no se pueda reivindicar y aplaudir el ejercicio visual que se lleva a cabo en “¡Corten!”. Por mucho que la incorporación de la productora Canadá y el uso del analógico pudieran poner en peligro la coherencia con una filmografía estrechamente relacionada, de nuevo, con lo precario y artesano, la esencia de Marc Ferrer sigue impregnando unos fotogramas cromáticamente almodovarianos que abrazan aún más al color cuando aparece en la ecuación el componente de giallo. Esa oda a la rutina barceloní (marcada por el amor, la endogamia y el desencanto) deben convivir ahora, no solo con los bonitos homenajes a Dario Argento, sino también con las fugaces influencias a otros maestros del género como Carpenter o Zulawski. Todo eso en una Barcelona que no cree merecerse este protagonismo tan vinculado a lo sobrenatural, que se empeña en señalar que todo esto es una mentira.

Desde hace un tiempo, por cosas de la vida y sus compañías, se ha añadido a mi vocabulario habitual el término “txeo”. Obviamente estoy lejos de poseer un título en filología vasca, pero, siendo esta palabra una especie de traducción del término “cutre”, siento que es imposible utilizarla sin depositar en ella algo de cariño, de valor positivo a algo que socialmente no lo tiene. El cine de Marc Ferrer, y por lo tanto “¡Corten”, es la viva muestra de que lo “txeo” es algo a reivindicar en el momento en el que implica desmitificar un cine perfeccionista y canónico que solamente existe en nuestro sueños o en los bolsillos de aquellos que pueden permitírselo. Lo ames o lo odies, es innegable que hay algo único en este Eric Rohmer de lo camp, que encuentra en su película más artificial su versión más humana. “Cuando acabo una peli no es que sea muy feliz”, dice Ferrer. Personalmente creo que hay motivos por los que estarlo. Al fin y al cabo está ante nuestros ojos la fantasía de muchos: filmar con amigos. Si eso es lo txeo, ¿dónde hay que firmar?

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