Beckett
Cine - Series / Ferdinando Cito Filomarino

Beckett

7 / 10
Daniel Grandes — 07-09-2021
Empresa — Netflix
Fotógrafo — Archivo

Quizás no todo el mundo esté hecho para ser un héroe. De hecho podríamos simplificarlo todo un poco más: Quizás no todo el mundo quiera ser un héroe. Hay quienes disfrutan del calor de los focos, como se suele decir, y realmente no se nos ocurrirían demasiadas razones por las que alguien quisiera esquivar esa luz y refugiarse en la oscuridad. “Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”, decía Jorge Luís Borges. Puede que los mediocres prefieran el frío. Puede que haya quien encuentre en el anonimato la paz de saber que nadie se convierte en protagonista sin enfrentarse de cara al conflicto, al trauma o a la posibilidad de un final no feliz. Quizás por eso me haya resultado tan estimulante “Beckett”, la historia de quien quiso esquivar por activa y por pasiva las cámaras y acabó con su nombre incrustado en el título de una película. La historia de aquel mediocre que temía convertirse sin previo aviso en protagonista.

La nueva película de Ferdinando Cito Filomarino, que aterrizó en Netflix con una timidez parecida a la que caracteriza al personaje de John David Washington, avanza únicamente gracias a la inercia del sinsentido, con el motor apagado, como si supiera que sus propias contradicciones, incluso incoherencias, son suficientes para que esta película de acción que en absoluto habla como una película de acción llegue a buen puerto. Nos encontramos ante una odisea contemporánea (¿qué otro mejor lugar para desarrollarla que en Grecia?) que, como tal, no puede evitar cuestionarse a sí misma, redactar un ensayo por encima de la epopeya originaria y convertirse en un palimpsesto cuyo valor reside en el anacronismo situado entre sus capas. Este viaje del (no) héroe cobra un nuevo significado en el momento en el que llegar a Ítaca implica luchar por una vida a la que quizás uno ya no quiere aferrarse. Implica caminar para volver a un hogar donde nadie espera y nada importa. Implica sustituir la arcaica voluntad divina por la desmitificada aleatoriedad, hasta el punto de abrazar con descaro y carácter muchos de los cimientos de “El Proceso” de Franz Kafka.

Si Orson Welles encerraba este relato del escritor checo en un claustrofóbico escenario con tintes expresionistas, Cito Filomarino busca hacer todo lo contrario y expandirlo sutilmente en unos agorafóbicos exteriores que miran de cara al neorrealismo. Todo ello para hablar de lo extraño ya no a partir del espacio sino de la gente, de la lengua y, en definitiva, de lo ajeno. El cineasta italiano parece tomar prestado de Luca Guadagnino, productor de la cinta, esa fascinación por el choque cultural que articula la mayor parte de su excelente filmografía. El conflicto individual se sumerge en un conflicto social mayor que se va haciendo cada vez más visible, tal y como ocurría en “Suspiria” (19) o en “We Are Who We Are” (20). Lo kafkiano lo es cada vez un poco menos en cuanto a inexplicable pero un poco más en cuanto a crítico con su entorno, totalmente corrupto, tirano y despersonificador. La incomunicación se convierte entonces en el vehículo de una atípica poética que “Beckett” parece invocar casi sin darse cuenta. Una poética que se aferra al motivo de la ruina, recuperado una y otra vez a lo largo del metraje, ya sea filmando las ciudades que cayeron o aquellas que están por caer. Esas románticas polis que John David Washington, más que exacto en este cruce de Gregor Samsa posmoderno y John Wick introvertido, cree no merecer recorrer.

Quizás sea yo el único que comprende lo nuevo de Cito Filomarino como una matryoshka (aquello cada vez más concreto pero exacto en esencia) y tengan razón aquellos que la definen como un trayecto más bien monótono y tedioso. Tampoco niego que pueda estar cayendo en la sobreinterpretación, al fin y al cabo su montaje sosegado parece querer ganar siempre unos segundos de más, como convenciéndote de que algo se te ha escapado tras tanta traducción simultánea. Es cierto que puede que esta huida sea demasiado lenta para poder ser considerada como tal. Pero hay algo autoconsciente, casi irónico, en esta actitud estética de la película que, por algún motivo, me apasiona. No puede evitar metamorfosear, caer en la incoherencia (muy subrayada por una banda sonora que no teme deambular desde el terror hasta el jazz). Pero es como si todos estos inconvenientes se convirtieran en virtudes en esta odisea sobre la fragilidad a cuyo destino “los mediocres llegarán un poco antes”.

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