Retrovisor: The Pretty Things
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Retrovisor: The Pretty Things

Xavier Llop — 30-07-2020
Fotógrafo — Archivo

Londres (1962-2020)

Cuando David Bowie rellenó su disco de versiones –“Pin Ups” (1973)­– con una docena de canciones emblemáticas salidas del circuito de clubes londinense del periodo 64-67, incluyó dos temas de The Pretty Things y reservó un lugar destacado, al principio del álbum, para “Rosalyn”. Este reivindicativo guiño de Bowie hacia la banda londinense no fue una excepción. Jimmy Page, The Who, Pink Floyd… la mayoría de músicos más o menos coetáneos de The Pretty Things en el efervescente swinging London de la época reconocía en la banda de Phil May y Dick Taylor a una excepcional fuerza de la naturaleza, a un torbellino capaz de articular un R&B ardiente, salvaje y arrollador, a un referente.

En 1962, Taylor había formado parte fugazmente de unos primerizos The Rolling Stones, con quienes acabó tocando el bajo. Aquello no cuajó y, tras conocer al cantante y armonicista Phil May, Taylor se colgó otra vez la guitarra para poner en marcha junto a su nuevo compañero la dilatada, sólida –y a veces caótica– carrera de The Pretty Things. No iban a lograr el mismo éxito masivo que algunos de sus admiradores, especialmente en unos Estados Unidos que siempre se les resistieron, pero sí consiguieron atraer en otros países el culto incondicional de selectos grupos de seguidores.

En sus inicios destilaron un blues de alta graduación, que tan pronto rendía tributo a Jimmy Reed como desvelaba una fijación por Bo Diddley. Por su visceralidad, algunos calificaron la revisión bluesera de The Pretty Things como cruda. Error. Crudo era el blues que salía de los campos de algodón del Delta. Lo suyo, en cambio, ayudaba a moldear una denominación de origen común para la escena londinense; en su caso orientada, eso sí, hacia la vertiente más tumultuosa del aire revisionista de la música negra que se respiraba en la Inglaterra de los sesenta. Genuino sí; británico también.

Con la llegada de la psicodelia, Pretty Things dieron otro significativo paso al frente y, a pesar de empezar a lidiar con cambios de formación, con el álbum “S.F. Sorrow” (1968) innovaron al inventar el concepto ópera-rock. Sin embargo, la recompensa por este logro se les escurrió entre los dedos cuando The Who publicaron “Tommy” (1969), doble álbum al que masivamente se reconoció ­–tanto a nivel de prestigio como de ventas– como pionero en la idea de acercar el rock al mundo de la ópera.

A pesar del revés, afrontaron el cambio de década con otro excelente disco, “Parachute” (1970). En el que sería su primer trabajo sin Dick Taylor –el guitarrista se reincorporaría a la banda en 1979– siguieron focalizados en los ecos psicodélicos, así como despertando entusiastas reacciones que, una vez más, no trascendieron más allá de sectores limitados de público. Led Zeppelin no dudaron en ficharles en 1974 para su recién creado sello discográfico (Swan Songs), pero la suerte estaba echada y el grupo se separó en 1976 como consecuencia de unas turbulencias internas insostenibles, en gran parte alimentadas por el propio Phil May.

Desde que se reagruparon tres años después y hasta hace pocos meses, May y Dick Taylor lideraron de forma permanente las distintas e inagotables reencarnaciones de The Pretty Things. Mucho más prolíficos en escenarios de pequeños y abarrotados clubes que grabando discos de estudio, acabaron obsequiándonos en el nuevo milenio con varias giras españolas, a las que llegaron en furgonetas en las que no cabía mucho presupuesto, pero sí talento a raudales y una actitud inmune a la erosión que provoca el paso del tiempo.

Tuve el privilegio de conocer a Phil May en Londres en 2015, cuando el compañero Sergio Martos me invitó a participar en una entrevista que le hizo para Ruta 66. A sus setenta años, May me pareció un hombre cercano, merecidamente orgulloso de su pasado y su presente, también algo dolido por no haber gozado nunca de un éxito masivo. Dispuesto a compartir mesa y tiempo con nosotros más allá de la entrevista, relató que por fin había adoptado un estilo de vida saludable, tras haberse desmayado durante su última gira española. Transmitiendo algo de tristeza en su mirada, insinuó que Pete Townshend había dejado de citar “S.F. Sorrow” en sus entrevistas por recomendación de sus abogados. Una pena.

El pasado 15 de mayo Phil nos dejó definitivamente, al complicarse una operación de cadera a la que se sometió tras sufrir un accidente de bicicleta. Hasta el último momento, sus conciertos con The Pretty Things fueron una exquisita celebración del R&B clásico y de sus composiciones psicodélicas más logradas. Así podemos atestiguarlo quienes disfrutamos de sus giras hispanas hasta el final. Por otra parte, afortunadamente también llegaron a tiempo para grabar un doble álbum en vivo de despedida –“The Final Bow” (2020)- con la participación de invitados de postín como David Gilmour y Van Morrison. Extraña sensación, la de ver que alguien organiza y completa un concierto y un disco para decir adiós a su carrera y, justo después, fallece en un accidente. Maldita ironía, otra más, de la vida de un personaje singular y admirable. DEP.

Imprescindible: “S.F. Sorrow” (1968)

La polémica que envuelve la historia de este disco conceptual tiende a distraernos de lo realmente importante: las canciones. ¿Comparaciones con “Tommy” de The Who? No, gracias. ¿Se inspiraron The Who en la idea de The Pretty Things al gestar su propia ópera-rock? Qué más da. Limitémonos, por favor, a que canciones como “S.F. Sorrow”, “I See You”, “Old Man Going” y todas las demás, hablen por sí mismas, apreciando así el valor de una banda que estaba en estado de gracia mientras evolucionaba desde el R&B más eléctrico hasta la psicodelia más británica.

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