Recogemos los datos arrojados por los algoritmos de Spotify para cuantificar lo que transmiten las últimas canciones de Rosalía. ¿Será “Milionària” el hit del verano?

Es posible, querido lector, que en la actualidad lleve usted más o menos unas tres mil canciones en su móvil. Al alcance de sus dedos, siempre dispuestos a dejar la engorrosa -y sempiterna- marca de las huellas dactilares, hay varios tipos de playlists: una para el verano, otra para la ducha y otra para practicar sexo. Varios álbumes se disponen también en fila: un grandes-éxitos (probablemente producto nostálgico de una banda de los ochenta), el último disco de un artista “urbano” y, quién sabe, quizás el disco que solo es capaz de escuchar, avergonzado, en alguna sesión privada de Apple Music u otra plataforma (¿escuchará así Albert Rivera a Malú?).

Una de las plataformas de música más populares en nuestro país es, sin embargo, Spotify. Ésta se ha convertido, al igual que ya ha ocurrido con Netflix, en un termómetro. Las plataformas de streaming ya no se centran en los productos que, oficialmente, ofrecen: su focalización es el usuario (y lo que pueda exprimir del mismo). El cliente, por tanto, es también, en cierto modo, el producto. En el caso que nos ocupa, el gigante de la música trata de rentabilizar -con éxito, hasta el momento- las emociones de unos consumidores que pueden predecir, según algunos, hasta el “sentimiento económico” de una nación. El objetivo consiste, por tanto, en crear un mapa sentimental de las preferencias y estados de ánimo para saber, posteriormente, su posible comportamiento y qué poder ofrecer. Los datos recogidos por la empresa sueca van mucho más allá: sonidos por regiones, registros de cada búsqueda e incluso la marca de los auriculares que usas al escuchar música.

Han creado, con todo ello, una especie de inteligencia de streaming. Algo similar a un sistema automático de reconocimiento del tipo (o categoría) de usuario, al que rastrearía con facilidad. Mentalidad, gustos, comportamiento: todo es recabado por sus tentáculos, a los que parecen no escapárseles nada; sabe, incluso, el momento en el que nuestras preferencias musicales comienzan a asentarse (como media, alrededor de los 13 y 14 años). Esto, obviamente, funciona en pro de un beneficio económico, y es que la compañía asegura saber cómo son los usuarios en la vida real a través de sus escuchas, selecciones y preferencias. Con ello ofrece los datos, de forma más o menos anónima, a las empresas.

El desarrollo de aplicaciones web de los usuarios particulares a partir de la información recabada por la propia API de Spotify es casi un menú eterno de propuestas, a cada cual, más dispares: Mangomoji (permite seleccionar uno o varios emojis para descubrir la canción perfecta para ese momento en concreto), Six Degrees With Kanye West (con lo que puedes comprobar cuántos grados de separación tiene el artista que hayas escogido con Kanye West), Musicscape (que muestra cómo sería un paisaje creado a partir de tus escuchas más recientes) o Spotify Audio Analysis (capaz de mostrar las secciones y divisiones de la música del propio tema), son solo algunos de los ejemplos que hemos podido comprobar. Nosotros hemos utilizado, sin embargo, Musical Data.

Los datos, empero, parten del análisis que ofrecen en un principio la composición de las propias canciones, las cuales se miden a través de distintos y variados parámetros. Energía, danzabilidad, acústica, instrumentalidad, la presencia de audiencia (liveness), la positividad (valence) y la discursibilidad, son los factores principales que se miden en cada tema mediante los algoritmos de Spotify. Es por ello que hemos aprovechado la abierta posibilidad de utilizar estas mismas características para medir los caracteres de las canciones de Rosalía en “El Mal Querer”, de su tema con J Balvin, “Con Altura”, y de su último single, “Fucking Money Man”. A su vez, hemos de citar como base de este reportaje la investigación de The New York Times titulada “Why Songs Of The Summer Sound The Same”, pionera en el uso de estos datos de forma periodística. Para el diario neoyorquino, la conclusión es que la acústica, la positividad, la danzabilidad y la energía son los ingredientes perfectos para construir un verdadero hit estival: una de esas canciones tan pegajosas como los días centrales del mes de agosto.

  • Energía: la rapidez y sonoridad de una canción
  • Danzabilidad: la fuerza y regularidad del beat (o pulso), la estabilidad del ritmo y la regularidad; en definitiva, la capacidad de baile de la canción
  • Acústica: la propia capacidad acústica residente en la pieza
  • Liveness (o audiencia): mide la presencia de la audiencia en una canción (lo que permite medir si es o no en directo)
  • Discursibilidad: la presencia de palabra hablada
  • Instrumentalidad: la no-presencia de palabras (sin incluir, aquí, monosílabos como “ah” y “oh”)
  • Valence (o positividad): forma de medir la felicidad o alegría aportada por una canción

Todos los valores mostrados a continuación se miden desde el mínimo de 0 hasta el máximo de 1.

Como se puede comprobar por un estudio publicado en el propio blog de la compañía, Spotify Insights, éste es el gráfico de la media de valence entre 1950 y 2010. Es destacable el constante equilibrio de este valor: siempre, más o menos, en la mitad de la tabla, alrededor del 0,5 (con ciertos picos de subidas, como se puede comprobar). Solo durante la década de los años 1950 el valor llega a estar notablemente por debajo de la mitad.

Nuestro primer objeto de análisis han sido los valores del álbum “El Mal Querer” en su conjunto. Si atendemos a los números, comprobamos que éste no parece especialmente alegre, si observamos exclusivamente la media que nos arroja la positividad. Ésta es de un 16,46% (o, lo que es lo mismo, un 0,372 sobre 1). Se encuentra, por tanto, por debajo de la media. Aún todo, hemos de sumar también la acústica, la energía y la danzabilidad, algo que da muestra del optimismo o júbilo ofrecido por la propia canción, según un estudio realizado por The New York Times. El disco de Rosalía, así, podría llegar a ser clasificado dentro de un ligeramente moderado optimismo (ya que la cantidad de los valores particulares inclinan la balanza, como es natural, hacia uno u otro lado). Hay que tener en cuenta que este análisis proviene, principalmente, de una perspectiva puramente sonora; de lo recogido por el propio sonido. No ofrece ninguna certeza implacable al respecto del estado de ánimo particular u otros factores no medibles.

El Mal Querer
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Por otra parte, en el gráfico dispuesto a continuación es posible observar los datos arrojados por cada una de las canciones que conforman el propio disco. Puede observarse una considerable diferencia de puntuación en los valores entre una y otra. “Nana”, de hecho, sería la pieza musical que consideraríamos como la más triste (es decir, la que posee un menor valence).

Piezas musicales de El Mal Querer
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Se trata, por tanto, de un disco muy variado en el que se juega con los diferentes parámetros emocionales. La gama de matices es, pues, bastante amplia. En particular, sin embargo, si observamos tan solo la positividad, nos encontramos con que el máximo valor del LP lo ostenta la canción “Di mi nombre”, con un 0,547 sobre 1 (esto es, un 17,07 %). Esto nos indica que, sin tener en cuenta la energía y capacidad de baile ofrecida por la artista catalana, bajo sus canciones no subyace -al menos de forma habitual- una especial alegría. Se encuentra, sin duda, más cercana a la mitad inferior que superior, como ya vimos anteriormente en el análisis global del álbum. Aquí se pueden observar los datos relativos a este valor en particular.

Positividad recogida en cada una de las canciones de El Mal Querer
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La popularidad de sus canciones en este álbum (medidas sobre un total numérico de 100) no muestra una correlación directa con esta información (si bien “Nana” parece la canción menos popular). Sin embargo, sí nos muestra una observación que suele ser bastante lógica y habitual: sus canciones más populares son aquellas estrenadas como singles. Es decir: “Malamente”, “Di mi nombre” y “Pienso en tu mirá”. Seguidas de éstas irían “Bagdad”, “Que no salga la luna” y “De aquí no sales”. El resto, sin embargo, posee una popularidad relativamente baja, que sorprende dado el furor que ha despertado el fenómeno de la artista catalana.

Popularidad de cada uno de los temas recogidos en El Mal Querer
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El gráfico que mostramos a continuación sí que es, sin embargo, particularmente revelador, si atendemos al estudio realizado -ya mencionado previamente- por el periódico norteamericano The New York Times. Aquí es posible observar los valores de sus tres últimos lanzamientos: “Con Altura” (con la participación de J. Balvin), “Dio$ No$ Libre del Dinero” y “Milionària”. Al comparar los valores que nos muestra esta última pieza musical junto con el reportaje ya mencionado, es posible pensar en que estemos hablando de la realización del próximo hit (o, cuanto menos, un intento) del verano.

 

Valores de las tres últimas canciones publicadas por Rosalía
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Aquí podemos ver, a través de Spotify Audio Analysis, la descomposición gráfica de la pieza por secciones, pulsos, segmentos, barras y cortes de Milionària.