El pasado 1 de diciembre se cumplía una década de la muerte de Mikel, uno de los artistas más queridos y apreciados en Euskal Herria en los últimos 60 años. Intentar abarcar en un artículo una trayectoria tan inmensa resulta complicado, pero incidiremos en algunos puntos clave de la obra de quien nos enseñó que la revolución la teníamos aquí mismo, en nuestras propias narices.

Nacido en 1934 en Donostia, Mikel nos dejó demasiado pronto, concretamente en el año 2008 cuando aún tenía “solo” 74 años. Su muerte no lo convirtió en leyenda: ya lo era en vida, incluso antes de publicar su segundo y revolucionario LP, “Lau-Bost” (Xoxoa, 1980). Convivir con ese sambenito tuvo que ser complicado, al igual que les pasó a Benito Lertxundi o a Xabier Lete, entre otros. El propio Benito bromeaba con ello en la canción “Formak” incluido en el LP “Mauleko bidean” (Elkar, 1987): “Estuve durante 20 años en un escaparate, enfrentándome a miradas desafiantes (…) Me tienen por un cantante histórico. Quizás tenga alguna vitrina esperándome; Espero librarme de eso”.

Mitificado pero profundamente apreciado y reivindicado, Mikel Laboa posee la particularidad de aglutinar un gran consenso en torno a la importancia de su figura y su posición en lo alto de la moderna canción vasca. Su importancia fue capital a la hora de renovar e impulsar la castigada e incluso prohibida cultura popular vasca. Quizás tan importante como eso fue la recuperación del cancionero olvidado, enterrado o en vías de extinción a causa de la persecución política y otro tipo de estrategias comerciales e ideológicas (la ridiculización del propio idioma y por extensión de cualquier manifestación cultural no exclusivamente folclórica). El y unos cuantos más fueron los responsables de oxigenar y actualizar la música vasca y, tan importante como eso, devolver la autoestima a la identidad y cultura autóctonas. Identidad, una palabra que da miedo a aquellos que nos la quieren suprimir.

La creación hacia 1967 de Ez Dok Amairu supuso el empoderamiento de lo prohibido y casi desaparecido. El chaval que coge hoy una guitarra para cantar en euskara quizás no sea consciente de ello, pero tal vez no hubiera sido posible sin aquella heróica afrenta. La clave ideológica procede de Jorge Oteiza y su idea de denominar “Ez Dok Amairu” al despertar organizado que se estaba gestando, y la plasmación de todo ello parte del contacto de Mikel Laboa con Els Setze Jutges en Barcelona. Si aquel movimiento fue el salvavidas y el germen de la cançó catalana (la nova cançó), lo mismo supusieron las ideas que se trajo Mikel a Euskal Herria. Desde 1967 a 1973 aquel grupo (Mikel Laboa, Artze Anaiak, Benito Lertxundi, Xabier Lete, Lourdes Iriondo…) sentó las bases de todo, aún a contracorriente y sufriendo el yugo de la ley y la censura, que no fueron moco de pavo.
Los singles de Laboa en los 60 oxigenaron la escena. Los LP’s llegaron más tarde. Así, los discos dobles “Bat-Hiru” (Herri Gogoa/Edigsa, 1974) y “Lau-Bost” (Xoxoa, 1980), revolucionarios, tremendamente creativos e imaginativos, se postulan como los cimientos de su discografía. Toda su obra se vuelca en tres apasionantes vertientes: La recuperación del viejo cancionero vasco, musicar textos y poesías de autores contemporáneos, tanto vascos (Gabriel Aresti, Daniel Landart, Xalbador, Xabier Lete y sobre todo JosAnton Artze) como foráneos (Bertol Brecht) y el aspecto más increíblemente transgresor: Una serie temas experimentales y/o improvisaciones surrealistas, de mezcla e invención de idiomas, de voltear lenguajes y formas. La norma es que no hay norma. Todo ello con una intuición y gracia natural para un resultado final que escandalizó en su momento y probablemente sigue haciéndolo hoy en día.

Con elementos de la minimal music, un tío con una guitarra hacía estremecer a los auditorios, frontones o locales clandestinos. Una voz personal, débil y espléndida, con un timbre único que la hacía identificable a la primera. Unas ganas de romper, de volcar las normas, combinadas con una humildad y humanidad fuera de lo común. Posteriormente, y tras volver de su retiro de los primeros años 80, reúnió a unos cuantos músicos que no habían participado en sus obras capitales y se lanza con “6” (Elkar, 1985) a la caza de un sonido más elaborado y completo, principalmente gracias a la aportación de Iñaki Salvador al piano, quien le acompañó hasta el final de su carrera. Esta circunstancia no debe llevarnos a engaño: Mikel conserva todo su espíritu y toda su personalidad, y la música sigue siendo casi desnuda y pura, quizás más musical y redonda en algunos pasajes, pero es 100% Mikel. Ya elevado a mito, la edición en 1988 de “Lekeitiokoak” (Elkar), recopilación de los experimentales temas bajo el mismo nombre que iban apareciendo en sus discos, parece querer recordar que su lado transgresor sigue ahí, como también pudiera interpretarse como una patada en el trasero a los que, quizás sin querer, ya le han puesto en una vitrina, tal y como temía Benito Lertxundi.

Su producción en estudio nos brindaría aún tres álbumes más: “12” (1989), “14” (1994) y “Xoriek 17” (2005), todos ellos con el sello Elkar y más que recomendables. Discos en directo hubo tres: “Zuzenean” (1997), “Gernika zuzenean 2” (1999) y “60ak + 2” (2003). Homenajes, más homenajes, alabanzas y elogios que seguramente se la traían al pairo, retransmisiones en televisión de sus actuaciones… todo ello se queda corto en comparación con su legado. Quizás por ello se puso en marcha la Cátedra Mikel Laboa en 2013, que ya ha dado unos cuantos frutos.

Especialmente recomendable es la exhaustiva, metódica y entrañable biografía que publicó su viuda Marisol Bastida en 2014: “Memoriak: Mikel Laboaren biografia bat”. Y, por descontado, el excelente libro publicado en 1995 por AEK. Asimismo, el CD-DVD “Mikel Laboa 1934-2008” es absolutamente imprescindible para entender la figura del genio de Donostia.

He dejado para el final otro aspecto: Hablaba más arriba del consenso general en torno a su figura, pero lo más asombroso es su influencia en las nuevas generaciones: Ya en su momento, en 1990, el mundo del rock le rendía pleitesía en un sorprendente disco homenaje: “Txerokee, Mikel Laboaren kantak”. Negu Gorriak, Delirium Tremens, Bap!, M-ak y otros grupos de jóvenes versioneaban sus canciones en clave de rock, punk, metal e incluso experimental. La versión que Su Ta Gar hizo de “Haika Mutil”, la mejor que se ha hecho de cualquier canción de Mikel, les catapultó al estrellato. Pero esa es otra historia. En 2010 se repetía la jugada de la mano de la discográfica Bidehuts, demostrando que, 20 años después, los jóvenes se fijan, aprecian y tienen asimilada gran parte de su obra. Willis Drummond, Berri Txarrak, Anari, Lisabö, Gora Japon… grupos de todos los estilos se volvieron a lanzar a la piscina. A eso hay que sumar las colaboraciones que hizo Mikel en vida, algunas de ellas con grupos de rock.

Hoy, día 6 enero de 2019, es el día en que aún no se ha profundizado del todo en la vida y obra de Mikel. Los próximos años arrojarán más luz y más análisis en torno a su figura. La cátedra que ya lleva un lustro en marcha tendrá seguramente mucho que ver en ello. Como epílogo provisional a esta historia que nunca acaba, es obligatorio señalar el alucinante homenaje tanto en disco (“Mikel Laboa”, Elkar 2017) como en directo llevado a cabo por el grupo zarauztarra de pop y electrónica Delorean. Eso sí que es entender un legado y volcarlo en parámetros propios y experimentales. Laboa estaría orgulloso de este disco.