Los Retumbes, ¿Aló?: Mitos, Leyendas y algunas verdades a medias
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Los Retumbes, ¿Aló?: Mitos, Leyendas y algunas verdades a medias

Holden Fiasco — 25-05-2022
Fotógrafo — Gorka Mirantes

Los Retumbes, grupo enmascarado con domicilio fiscal y musical en Barakaldo, acaba de publicar su primer larga duración: ”Colección de canciones de mierda” (Family Spree Recordings, 2022). Ya te habías enterado, ¿verdad? Yo mismo hice una crítica reducida, 600 caracteres con espacios, que se publicó aquí y que igual has leído. O igual no.

Bueno, da lo mismo. La cosa es que quedó pendiente escribir la versión larga, con un examen más exhaustivo de la colección de mierda; probablemente, que me conozco, decorándolo todo con un montón de ocurrencias de mierda. Pero me dio por pensar: ¿lo mismo de siempre? ¿Otra vez mi opinión lenguaraz, usando las mismas expresiones, que si aristas, que si matices y bla bla bla? Pues, no. ¡Hagamos algo distinto, qué cojones! Y aquí estamos.

En resumen, lo que hice fue camelarles con cerveza la noche anterior y con promesas de golosos dulces al día siguiente, para reunirme con ellos en su local de ensayo y charlar. De resaca. Sin más. Como lo hemos disfrutado, pues nos ha quedado largo, desmedido y algo surrealista. Yo creo que mola. Primero, hablamos sobre la vida y obra de Los Retumbes, para que conozcáis mejor la historia de estos alienígenas ancestrales de la música. He decidido usar secciones para ordenarlo un poco, y a esta parte la hemos titulado así: La absurda historia de Los Retumbes. Ellos mismos lo sugirieron. Después, nos concentramos en su nuevo trabajo. En la sección final, canción por canción, se destripa el disco, pero lo harán ellos mismos, que para eso son los autores de estas catorce canciones de mierda.

La absurda historia de Los Retumbes

Estamos sentados en el callejón en el que se encuentra su local de ensayo, un rincón escondido en la calle Juan de Garay de Barakaldo. Ana apunta hacia la entrada de su local y me dice: “En esta misma puerta, a las tres de la mañana de un sábado, se disolvieron los Sinclairs”. Digo que sí con la cabeza, pero me despisto. Miro alrededor y me fijo en el callejón. Yo crecí en el portal de enfrente. En la rampa, jugábamos al balón cuando no había portón, pero el interior nos daba miedo. Ahora, parece una mezcla perfecta entre el típico abandono industrial de la margen izquierda y un colorido rincón sureño: lonjas abandonadas, hormigón resquebrajado, maleza entre las grietas, humedad, pero también tiestos con coloridos geranios, paredes bien encaladas, hiedra que trepa y la señora que cuelga la ropa en cuerdas bajo un techo de uralita. Nos hemos puesto cómodos. Andrés saca un banco que usamos como mesa y nos sentamos en banquetas, como jubilados saliendo a la fresca. Yo he traído bollería de la pastelería Zuberoa, y el café para llevar aún humea: “a mí es que me gusta ardiendo”, me advirtió Ana. Saco el ordenador, lo pongo sobre el regazo, y a teclear. Las preguntas salen solas. Ellos contestan a gusto, sin filtros. Cuando algo no se puede copiar, se sabe. A veces, discuten y yo les miro como si fueran una pareja cómica, porque siempre que discuten, uno de los dos se ríe. Ojalá todo el mundo discutiera así. Habría guerras, probablemente, pero serían un cachondeo. Ana incluso le dice a Andrés, apuntándome con la barbilla mientras sonrío y golpeo el teclado: “¿Sabes que está apuntando que nos estamos marcando un Pimpinela, verdad?” Andrés se encoge de hombros y concluye: “Me la suda”. En resumen, la cosa promete.

Los Retumbes, cuando salen al escenario, llevan la cara cubierta con un antifaz, pero esto no es como con aquel guerrero de las historietas, aquí conocemos muy bien sus identidades secretas. Los Retumbes son Andrés Alonso, más conocido como Andi, y Ana Pérez, o Ana, a secas. También suelen responder cuando se les llama por su apellido británico, el que les sirve de nombre artístico: Andi y Ana Sinclair. Ahora veremos por qué, pero conviene aclararlo desde el principio. En realidad, no son de Stratford-upon-Avon o algún sitio así; son de Barakaldo, jolín.

Lo de ese pseudónimo sajón viene de que, antes de Los Retumbes, fueron The Sinclairs. Desde 2003 hasta 2007, Ana y Andrés formaron parte de esa banda, que, por cierto, llegó a estar en la final de proyecto Demo en 2006, aunque acabaran derrotados por el indie. Un año más tarde, se disolverían, o, más bien, se reinventarían, iniciando una nueva andadura bajo el nombre de Brand New Sinclairs.

Antes de toda esta historia, hubo una prehistoria en los 90. Andi tocó en varios grupos cuando tenía 18, 19 años. De hecho, Ana y yo nos hicimos amigos accidentales en nuestro primer año de universidad. En el 95, la acompañé a ver a su novio Andrés en un bolo que daba una de sus bandas en La Riojana, bar que aún está, aunque cerrado, justo enfrente de su local. Anda que no ha llovido desde entonces. A Andrés le cuesta concretar qué música hacían aquellas primeras bandas: “Punk-rock, no sé, algunos decían que post-rock, que no parecíamos de Barakaldo. Ese fue nuestro gran problema, en realidad, que nadie conseguía explicarnos.”

De todas formas, lo más destacable de este viaje al pasado es que descubrimos que la inclinación hacia el dúo ya venía de lejos, mucho antes de que aparecieran y se consolidaran Los Retumbes. Y es que, en 2007, cuando se disuelven los Sinclairs, se aburrían y algo tenían que hacer. Con el dinero que recibieron de un premio en el Villa de Bilbao, se compran una batería por ebay. En Correos, se la entregan como venía, metida en un cubo de basura. Ahí nacen los Mojo Kinks, primer intento en formato pareja. Ana toca la batería, sentada, y Andrés la guitarra. Cantaban en inglés y se quedó ahí: “grabamos una maqueta, pero no llegamos a salir del local”. Era, me cuentan, un sonido más pantanoso y garajero, menos punk: “rollo Black Keys, más o menos. El máster aún debe estar por ahí…” Ana nos congela con un grito: “¡Eh, no, espera! En realidad, el primer dúo que hicimos es de muchísimo antes”. Se remueve en su sitio. Sonríen los dos. Andrés se llevan la mano a la cara. Con la cabeza, dice que no. Los dos me cuentan que Ana cantaba y Andrés tocaba la guitarra. Hablamos de 1998, más o menos. El nombre de la banda era Bobsleigh, sí, como ese extraño deporte que solo conoces porque, a veces, te lo encuentras en la tele cuando son las olimpiadas de invierno. Les van saliendo los recuerdos, que no les sonrojan, pero sí que les producen una pequeña risa nerviosa. Se acuerdan de un concierto en fiestas de Frías, en la terraza del bar Pepel’s, con una caja de ritmos como base: “y la gente nos pedía canciones de Manolo Escobar”, se parte Andrés al recordarlo. Está intentando explicarme qué música hacían, cuando a Ana le da un ictus porque cree que se acuerda de una canción de aquellas: “I have a dream, a dream…” Sigue intentándolo, pero Andi la disuade: “Si lo cantas así, parece Mago de Oz”. Me mira y me cuenta: “Era súperindie, rollo más Heavenly”. Supongo que se refiere a Heavenly Recordings. Resulta que también tocaron en Guarnizo. De Frías a Guarnizo, gran recorrido el de los Bobsleigh: “Canté como un tono y medio por debajo”, recuerda Ana. Andrés le pide que pare, pero él también se acuerda de cosas: que tocaron los granadinos P.P.M. y que viajaron con otras bandas de Barakaldo, viendo vídeos de Rocco Siffredi en el autobús. Terminamos así: “Bueno, pero ya vale, Ana, vamos a hablar de Los Retumbes”.

Los Retumbes se fundamentan en todo lo dicho hasta ahora y se fundan en 2017, hace ya un lustro, que se dice rápido. Lo han contado en varias entrevistas y también me lo dicen a mí, que el proyecto nació sin muchas ambiciones: “Para tocar dos veces al año en el Tubo y ya está. Para divertirnos, porque estábamos aburridos”.

Para empezar, graban una maquetilla sin mucho enredo: “en un cuatro pistas y nos sobraron dos”, resume Andrés. Pero en aquella maqueta ya estaban canciones que se quedarían para siempre, como “Surfin Fukushima” y “Smartphombies”. La maqueta nunca se editó: “Eso nunca se sacó. Fue para colgarla en YouTube. No había interés porque sonaba como el culo”. Andrés barruntaba la idea desde hacía tiempo: “Yo tenía el concepto muy claro: que Ana tocara de pie, para hacerlo más visual, porque la parte de batería iba a ser simplemente hacer tutupatutupa. Esta música no consiste en tocar bien”.

Originalmente, la idea no era ir siempre con un antifaz. Pensaban cambiar de look en cada concierto: pasar del dúo enmascarado, a la pareja de cowboys, al combo decimonónico, a vete tú a saber qué más. Hubiera sido divertido, pero también un coñazo: “Colega, imagínate, que al final hemos ido dando como veinte bolos al año”. Así que se quedaron con los antifaces, que funcionaron a la primera: “Por no pensar ya más”. Ana asiente: “Como vimos que a la peña le había gustado tanto…”

El primer bolo fue en el Tubo, porque no podía ser en otro sitio. El segundo, en el Satélite T, en Deusto, una sesión vermú con escaso público. Poco después, viajan, entre semana y bajo la nieve, hasta Vitoria-Gasteiz, para tocar en El Parral. También hasta Santander, “que fue un desastre de concierto”. Pero a la peña le gusta y ellos no se asustan. Al contrario, Ana y Andrés empiezan a animarse: “Así que decidimos grabar algo ya… y decidimos intentarlo con Circo Perrotti”, explica Andrés. Y explica mejor por qué: “Era el estudio que mejor le venía al sonido de la banda y porque Jorge ha hecho muchos discos que no gustan”. Con el master grabado, tienen claro que no querían autoeditarlo: “La idea era sacarlo con un sello”. Dos o tres casas les dan un primer sí, pero, en el intervalo, acaban tocando con los Heatwaves en el Shake! de Bilbao. Allí conocen a Tony DevilDog, capo de Family Spree Recordings, y el resto ya se conoce: comienza una bonita historia de cooperación entre el sello y la banda. En octubre de 2018, ve la luz el primer EP de Los Retumbes, cuyo título es homónimo, aunque en algunos sitios se anunció bajo el título confundido de Irrintzi with Reverb, que fue una coletilla humorística que utilizó Juan Roller para el arte gráfico.

Ese mismo verano, Los Retumbes comienzan a practicar un formato que ya han convertido en marca de la casa: las vacagiras. Aprovechando sus vacaciones laborales, hacen una pequeña gira por Galicia que recuerdan con cariño, porque, a pesar de ser en agosto, un mes poco propicio, y que nadie les conocía, la respuesta fue buena y se convencieron de que aquello funcionaba y que había potencial para más. No son los únicos bolos, por supuesto. También hacen una salida de dos fechas a Francia, en Montpellier y Lyon, acompañando a los Silly Walks. Y viajan hasta Escocia para actuar en el Henry’s Cellar Bar de Edimburgo con The Nettles y Thee Girl Fridays, una banda cuya historia merece ser contada aparte. De este viaje, queda como consecuencia que, aún hoy en día, tengan en Escocia una de sus bases más fieles de seguidores: “Ahí se nota que hay cultura de rock and roll”, sentencia Andrés. Además, de allí salió uno de sus primeros videos, grabado de manera muy doméstica en Haddington. Y concedieron su primera entrevista. Debbie Sheringham, bajista de Thee Girl Fridays, les descubre, se pone en contacto con ellos, y cuando viajan a Escocia se presentan en Haddington con una grabadora. Andrés recuerda una pregunta con especial cariño: “Nunca nadie nos había preguntado, ni nos han preguntado después, si en nuestra ciudad había más bandas de punk 60s. ¿60s punk? Aquí, el punk nace en los 70. El punk es punk: segunda generación punk. Estuvo guay que nos definiera como 60s punk porque es que somos 60s punk. En nuestra música hay mucho sonido de los 50s y 60s…”

A finales de 2019, publican su segundo trabajo: “El regreso“ de Los Retumbes. Ana me interrumpe: “¡qué no es un homenaje a Siniestro Total!” Andrés: “Bueno…” Ana: “Qué, Andrés, no lo es” Andrés: “Bueno, no, no lo es, pero, oye, no me molesta, mientras nos relacionen con Siniestro…” Incluyen cuatro nuevos temas con los que vuelven a repetir la fórmula del anterior, también el viaje a Gijón para visitar Circo Perrotti. Y repiten vacagiras, pero, esta vez, por Italia: “Menuda paliza”. Dan dieciocho bolos en veinte días. Ellos lo llaman el giro de merda, molto piccola e molto veloce: “Aprendes mucho y te curte, pero de público… Hubo de todo. Desde unas fiestas en un pueblo perdido en algún sitio de Italia, con los paisanos sentados en un banco agarrados al bastón y mirándote como si fueras un extraterrestre... a otros más guapos, como el que dimos en el puerto de Ancona”. El 2019, deja otros buenos recuerdos. Para empezar, consiguen un hito que aún les pone la piel de gallina: “Petar el Tubo, quién nos lo iba a decir”. Con destrucción cómica de vinilos y todo, hay gente que se queda fuera. Actúan en el festival de la Family Spree, en la Boheme con Campamento Rumano y Villapellejos, y en La Nube con La Moto de Fernan. Todos ellos en Bilbao. Pero, poco después, con más de una docena de fechas cerradas, el mundo se detiene y llega el fatídico año de 2020.

El primer día de confinamiento, se cogen los bártulos y se van al local. Por el camino, recorren una ciudad desolada y se encuentran con el coche de los municipales gritando por megafonía que todo el mundo tiene que quedarse en casa. Agarran lo que pueden del local y se vuelven al hogar. En casa, ensayan y, además, escriben: “En casa salieron las instrumentales: “Frenesí fuzz,”, “Explosión juvenil”... Me aburría mucho”, recuerda Andrés. Ana le pincha: “Luego aquí en el local te salieron las que tienen más mala ostia”. Andrés asiente: “Se me iba poniendo más y más mala ostia. Si llega a durar más, acabamos haciendo canciones rollo Exploited. Terminamos exploitando”. Durante ese tiempo, también hicieron otras cosas, como participar en los proyectos que organizan desde su sello, otros que no pueden estar quietos: el single We Are the Worst o el doble LP Bigger Fuckin’ Family Party, para el que versionean una canción de Thee Braindrops con Juanito Wau a las voces. También salen, sin salir de casa, en un festival brasileño y participan en un bolo virtual para recoger fondos a favor del Henry’s Cellar Bar.

Algunas, pocas, canciones de este disco ya las tenían antes: “Algunas, sí, “Tatuaje de mierda”, por ejemplo, ya la tocamos en Valladolid en 2019,” recuerda Ana, pero, de todas formas, lo que tenían claro es que no querían que la pandemia tuviera nada que ver con el disco: “ni mascarillas ni papel higiénico.” Cuando la situación empieza a relajarse un poco y nos dejan sentarnos, hacen algún bolo, como el que dieron en el Baserri Antzokia de Derio con Ian Kay, pero no lo recuerdan con mucho cariño: “Eso no son conciertos.” Sí tienen mejor recuerdo de un viaje a Zaragoza para tocar en el Mapache Day: “Ahí ya estaban en sillas altas, por lo menos. Se veía luz al final del túnel”.

“Colección de canciones de mierda”

Y llegamos ya al día de hoy. En abril de este año, se publica Colección de canciones de mierda, el primer larga duración de Los Retumbes. El proceso de grabación cambia, ya que, en lugar de visitar Gijón de nuevo, deciden trabajar con Andrew Dreg en sus Dirty Analog Studios. Una decisión que agranda los mitos y leyendas de su biografía, como dicen en la nota de prensa. Para el objeto físico, como siempre, confían en Juan Roller y su estudio Perkins, con quien mantienen una larga relación artística que comenzó con Brand New Sinclairs y que les ha llevado también a crear vídeos musicales de animación.

Lo primero que sorprende es la duración. Hasta ahora, se les relacionaba con los EPs. Ana lo confirma: “No, es que esa era la idea: ser un grupo de EPs”. De hecho, me explican que el título de “El regreso” de Los Retumbes escondía un proyecto más amplio. Su intención era agotar la etiqueta con sentido del humor: “La idea era luego sacar otro EP que fuera algo así como Los Retumbes otra vez, y luego Los Retumbes de nuevo, y Los Retumbes, qué pesados… Y así sacar una serie de EPs”. Sin embargo, pasó lo que pasó: “Dos años para hacer canciones… El tiempo y el ritmo de trabajo nos llevó al LP”, se justifica Andrés. Les pregunto si esta experiencia ha cambiado definitivamente esos planes de futuro. No lo tienen muy claro: “Depende, quién sabe, qué más da. Si salen cuatro temas… Como Tony nos saca todo”. Les vacilo preguntando por un doble en directo. Ponen cara de asco. Luego, más en serio: “En cualquier caso, ahora estamos a esto. Tenemos este disco y hay que estirarlo uno o dos años”, dice Andrés. Ana puntualiza: “Bueno, sí, ahora te está diciendo eso y mañana…” Y Andrés le da la razón, porque a veces se la dan el uno al otro: “Sí, eso es. No sé. Mañana igual me meto ahí dentro y vete tú a saber”.

Vete tú a saber, pero lo que sí sabían es que este disco saldría sin estado de excepción ni nada por el estilo. Tenía que salir limpio. Querían pasearlo bien, presentarlo mejor. Antes de que llegaran a casa las copias, ya habían salido de paseo. Estuvieron en el Family Spree Goes to Freakland! en Ponferrada, en el Stereo de Logroño con Garbayo y en el Wáchina Wáchina en Valencia. En breve, estarán en Asturias y Zaragoza, y nos cuentan que tienen más cosas apalabradas que “aún no se pueden anunciar oficialmente.” La presentación del disco ya ha sido, y marcará la línea a seguir hasta ahora. El pasado sábado 21 de mayo, en casa, en el Mendigo Aretoa de Barakaldo, se marcaron un fiestón de presentación que tardará en olvidarse, bien acompañados del Captain Trasho y de toda la afición.

Las canciones de mierda, una por una

Colección de canciones de mierda
Teníamos la música y no encontrábamos letra. Así que se quedó así, instrumental. Probamos a meterle un teclado, pero no nos convenció y, al final, encajó la harmónica. Decidimos, al final, usarla a modo de introducción, cantando el título del disco. Ésta, en directo, no la tocaremos.

Tatuaje de mierda
El disco se ha grabado con tres guitarras. Todas las bases rítmicas están grabadas con una Cadillac Billy Childish. En alguna ocasión, se ha usado la Burns New Sonic de los directos y una Fender Telecaster. Aquí se nota el fuzz por detrás, porque con fuzz todo es mejor. Grabamos las voces al estilo de los Beatles. Grabas por los dos lados del micro y calculas el volumen con la distancia. Hay que probar cosas nuevas. En la letra hablamos, sí, de eso, de los tatuajes, claro. Es como un consejo, tío, ten cuidado a ver lo que te haces.

Me creo tus mentiras
Esta es una de las últimas y de las más punk, rabiosa y sencilla. El riff es garaje punk, sin más. Tiene un puente que queda guay. Y va de eso, de cuando te engañan, pero lo aceptas, porque te viene bien y para adelante. Se puede decir que va de parejas, pero también se puede proyectar más allá. Aunque, no, no habla de la pandemia.

Retumbe rock
Otra instrumental. Aquí mezclamos nuestras influencias. La mitad es puro garaje punk; y la otra mitad, rock 50s. Nuevamente, exploramos nuestras limitaciones: en la batería solo hay timbal, sin caja.

Tú me das dolor
No es una canción de amor, eso nunca. Es una canción de anti-amor, siempre. Y no es la primera de este palo. Los Retumbes nunca haremos una balada. No nos vemos haciendo canciones en tonos menores. Es un rock and roll salvaje y desenfrenado, rollo frat-rock.

Nuevo orden mundial
Esta es de las últimas que compusimos. El ritmo y el riff es de lo más punk del disco. Va de lo que ya hemos escrito otras veces: ufología, misterio, teorías de la conspiración. Pero con el mismo tono de siempre, un poco de coña. No nos tomamos esto muy en serio, por supuesto.

Frenesí fuzz
Instrumental también. Salió tal cual, con la idea de ser instrumental desde el principio y volver a darle el fuzz.

Instromonstrual
Otra instrumental, rollo rock and roll de los 50. La idea era hacer un disco equilibrado, con la mitad de los cortes con voz y la otra mitad instrumental. Aquí se escucha la Fender Telecaster. En realidad, es una adaptación de uno de nuestros primeros temas. La habíamos dejado de tocar y todo, pero hemos ido renovándola hasta que se quedó así.

La música moderna
A veces, las canciones parten de una frase chorra que oímos por ahí. Tiras y va saliendo. Otras veces, usamos una fórmula distinta y perseguimos un concepto, una idea. En Los Retumbes, todo es muy abierto. A veces, es primero la letra; otras veces, la música. En este caso, la canción surge de una idea, de un concepto. La peña de nuestra generación andaba ahí, discutiendo sobre esto y nos propusimos hacer una canción. Nos reímos de las discusiones sobre la música urbana, que de urbana tiene lo que yo te diga. La escribimos en una época en la que todo era C. Tangana por aquí, C. Tangana por allá. Se ha convertido, un poco, en el hit. Hemos hecho un vídeo con ella. Tiene una síncopa por ahí que a Ana le costó semanas sacarla.

A partir de enero
Una canción con ironía, porque no se hace como una crítica directa y explícita. Usamos rimas aparentemente muy sencillas y simples para remarcar esa ironía y el tono de la canción, aunque lo de enero está muy pensado, porque es el mes en el que todo el mundo se pone a hacer planes, ¿no? Aquí hay un redoble en la batería, pero Ana no va a tirar por ese camino, por supuesto. No vaya a ser que aprenda a tocar bien y se joda la banda.

El solitario
Otra instrumental. Ya estaba en nuestro repertorio. En principio, no iba a entrar, pero la metimos para equilibrar el disco. Link Wray, que nos mola mucho, vuelve a ser la inspiración, igual que esta canción le sirvió de inspiración a Juan Roller para la portada. Y es que, por cierto, la canción no evoca ni el juego de cartas ni el onanismo.

Las camisetas de los Ramones
Esta es la más antigua. Lleva desde el principio de los días con nosotros. No teníamos pensado meterla, pero Tony DevilDog nos pidió que estuviera. Y el público, también. A veces estabas vendiendo merchan y venía alguien y te preguntaba que en qué disco estaba “la de los Ramones” y, cuando les decíamos que en ninguno, decidían comprar una bolsa o una chapa. En resumen, la metimos por aclamación popular. Así que, al principio, grabamos doce canciones, y luego hicimos otra sesión para meter esta y otra instrumental para compensar. Es una de las más punks: son cuatro notas y veinte palabrotas. Por eso, en un principio, nos daba no sé qué meterla, aunque, hasta ahora, nadie se ha ofendido, que nosotros sepamos. En general, todo lo que hacemos es primitivo: estrofa, estribillo, estrofa. No puedes ponerte a hacer coros, puentes. No tenemos bombo ni bajo y tenemos que sonar conjuntados y monolíticos. Tenemos ritmos con acentos distintos, pero nuestras canciones más punkies van al grano. Aquí, por ejemplo, todo va al mismo ritmo, pero algunas partes van con cortes. Hay que ser consciente de tus limitaciones, como ya hemos dicho, y luego explorarlas.

Cuñado
A la pregunta de si nosotros odiamos a nuestras cuñadas y/o cuñados, nada más lejos de la realidad. Los Retumbes no odiamos a nadie. Odiar es una palabra muy fea. Bueno, odiamos el concepto de cuñadismo. Sobre todo, Ana, que es muy crédula y se lo cree todo hasta que un día hablan de algo de lo que ella sí sabe y se da cuenta de que igual tampoco sabían de lo que ella no entendía. Y eso es muy frustrante. Pero no odiamos en concreto. En realidad, hacemos un servicio a la comunidad, como hicimos con “Eres idiota”. Hacemos una reflexión y la regalamos, para que cada uno la aplique como quiera. Aquí hay otra rima aparentemente sencilla, porque es todo en “ismo”, pero, detrás, hay un arduo ejercicio de equilibrismo para que todo encaje. Algunos nos han dicho que les recuerda al “Oye, nena, yo soy un artista” de Siniestro Total, pero, a nosotros, nos suena a los Thee Headcoats. Para nosotros, es muy rollo Billy Childish.

Explosión juvenil
La última, instrumental también. Y, como las demás, un homenaje al rock and roll de los 50, lo que nosotros solemos llamar raw instro rock and roll. Otra mierda de la buena, como todas las demás, a qué sí.

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