Ay, los versos sueltos. ¿Qué sería de nuestra vida sin ellos? Tendemos a encajonar a los músicos en cuadrículas generacionales, asignándoles estilos y géneros que utilizamos a modo de renglones comunes. Quizá el 90% de quienes encajan en esas categorizaciones responda con fidelidad a unos rasgos colectivos. Pero, ¿qué hacer con ese 10% -a lo sumo- que tan solo comparte con el resto de bandas una adscripción más o menos estética, su procedencia geográfica o su edad? El indie estatal de los años 90, tan dolorosamente vapuleado hoy en dia tras juicios sumarísimos de brocha muy gorda (algún pincel fino queda, aunque el ruido siempre sea cosa de los gruesos), también tuvo -como cualquier otra oleada generacional- sus dosis de heterodoxia. Por supuesto. Bandas que ni compartían al cien por cien el candoroso ruidismo de la época, ni rimaban en un inglés cuyo nivel pericial apenas sobrepasaba el BUP ni tampoco conjugaban el twee pop en esa versión cañí que tanto prosperó en la segunda mitad de la década. Uno de esos grupos, quizá el que con más determinación se salió del molde (porque era complicadísmo rastrear en su música influjos meridianos) fueron El Niño Gusano.

Formados en 1993 en Zaragoza por Sergio Algora, Sergio Vinadé, Mario Quesada y Andrés Perruca, habían debutado en 1994 con el “Palencia epé” (Grabaciones en el Mar), al que sucedió el álbum “Circo Luso” (Grabaciones en el Mar, 95). Su irrupción fue acogida entre la chanza, el escepticismo y ciertos brotes de entusiasmo, que gozarían de uno de esos efectos tan larvados en el tiempo que acaban por manifestarse en plenitud cuando ya es demasiado tarde, en un momento en el que la banda ya ni existe, y acaba convirtiéndose en objeto de veneración tardía y reivindicación a granel. Si algo quedaba claro, desde la edición de sus primeras canciones y sus primeros conciertos, es que no eran una banda como las demás. Y en el panorama indie de mediados de los años 90, estaban lejos de suscitar consenso: la extinta revista Espiral llegó a calificarles, en la crítica de uno de sus primeros discos, como “unos Patrullero Mancuso sin gracia”. En una entrevista para Rockdelux, en noviembre de 1995, ellos ya se definían como “una banda de pop, porque no somos ruidosos: nos metían en lo del noise, pero es mentira”. Y tanto la división de opiniones como la abierta dificultad para encajonarles les siguieron persiguiendo. Hasta el punto de que, en declaraciones a Mondosonoro, en junio de 1998, la banda aún recordaba -con cierto pesar, aunque sin el menor lastre de gravedad- el haber atravesado por “una época, ya olvidada, en la que teníamos la sensación de ser unos incomprendidos, porque a nadie le gustaba lo que hacíamos, hasta que publicamos el primer álbum”. O, como decía Sergio Vinadé muchos años después, en una de sus aportaciones al libro “Pequeño Circo. Historia Oral del Indie en España” (Contra, 15), del periodista Nando Cruz: “Nunca fuimos unos gamberros irreflexivos y alocados. Siempre había un trasfondo cultural inquieto y con ansias de ir más allá de la pura diversión. Nos lo tomábamos muy en serio. Lo que había en los discos no eran arreglos que hacíamos borrachos, todo estaba muy meditado”.

Había mucha razón, con todo, en aquella apreciación sobre “Circo Luso”: su debut largo había generado más críticas positivas que negativas. Pero lo espartano de su producción (no olvidemos que la discografía de la banda surge a rebufo -prácticamente simultáneo- de un sello aún incipiente y sin demasiados medios, como era Grabaciones en el Mar) no le hacía justicia a lo que la banda era capaz de ofrecer en sus magnéticos directos, tocados por esa aureola, apenas tangible -pero cautivadora desde el minuto uno- , que muy de vez en cuando se cierne sobre un colectivo de personas cuando la suma de sus partes depara una conjunción irrepetible. Esos raros momentos en los que todas las piezas del engranaje encajan, y en los que uno tiene la sensación de estar escuchando en directo a cuatro tipos que, pese a su apariencia cercana, parecen llegados de otra galaxia. Y no solo por la camisetas de Constantino Romero o de Burrito Blanco que se gastaba Sergio Algora sobre el escenario. Su segundo álbum debía no solo confirmar que podían ser algo más que flor de un día, sino también aspirar a reproducir -casi una quimera- la magia que prendía cuando ocupaban un escenario.

El Niño Gusano bebían -tratándose de ellos, es un decir- de la tradición del pop hispano de los 60 (la sombra de Los Brincos era palpable), pero también del folk y del rock progresivo de los primeros 70, de la psicodelia antes alentada por Syd Barrett y de ciertos modismos del indie anglosajón de los primeros 90, quizá prestados a los Mercury Rev de David Baker o a los Flaming Lips más abigarrados. También se hablaba mucho de los Gorky’s Zygotic Mynci, y del mismo viento del Moncayo que podría haber bandeado la sesera de otros maños universales y deliciosamente irreverentes, como Luis Buñuel. Pero la trazabilidad era con ellos algo tan complicado que cundió el sambenito del manido surrealismo, latiguillo inevitablemente reduccionista para encuadrar esa lírica a veces tan indescifrable, que coleccionaba ya en 1996 una buena galería de personajes como salidos de la parada de los monstruos de Tod Browning, pero algo menos siniestros: “El Capitán Mosca”, “La Mujer Portuguesa”, “El Hombre Bombilla”, “Pumuky”… Puede que la comparación más acertada de todas, por trasfondo y por lo que supusieron como cuña en mitad de su década, fuera con lo que habían encarnado Derribos Arias diez años antes.

El Efecto Lupa” (Grabaciones en el Mar/RCA), editado en el otoño de 1996, formó ya parte de esa estrategia de convergencia entre el ámbito indie y el multinacional (la misma que engrosaron Los Planetas, Australian Blonde o Nosoträsh), a imagen y semejanza -con nuestras particularidades- de la fagocitación por parte de las majors norteamericanas de la pujante nación alternativa al otro lado del charco. De sus tres álbumes, fue el que detentaba canciones de efecto más instantáneo. El que alumbró mayor promedio de hits en potencia. Grabado en los Estudios Central durante el verano anterior, y coproducido junto a Juanmi Sánchez, incrementaba exponencialmente la cuota de canciones de impacto. Exhibía un puñado de temas fulgurantes, de los que se adhieren al intelecto a la primera: “Pelicano”, “Mr. Camping”, “Conde-Duque”, “Mme. Dos Rombos”, “Vicente Del Bosque”… algunas ya llevaban un buen rodaje sobre los escenarios, de más de un año en algún caso. Por encima de todas, “Pon Tu Mente Al Sol”, un single inapelable, con estribillo radiante y exultante sección de viento (trombón y trompetas): un paso de gigante respecto a la matriz de melodías tan deshuesadas como “La Mujer Portuguesa”, por pegadiza que hubiera podido ser.

“Pon Tu Mente Al Sol” funcionaba como eficaz ariete para adentrarse en un disco que, junto a los proverbiales cambios de ritmo, las humoradas que extraían belleza del aparente absurdo, los chascarrillos que delineaban metáforas que escondían segundas lecturas con más tuétano del aparente y la consumada pericia para expedir melodías contagiosas sin denominación de origen, también tenía hueco para muchas más cosas: bizarradas indefinibles como “El Chico de la Noria Hecha de Pelos de Colores” o “La Chica Que Salió de la Tarta”, arrebatos de rock psicodélico y delirante pero tan cargados de vitriolo como “Creo Que Te Voy a Dejar (Bueno, No Sé)”, remansos de engañosa placidez como “Caliño” o “Y Lo Que Digo 5 Veces Es Verdad” y un cierre tan maravilloso como “Un Viaje a la Luna”, foco de una melancolía -hasta entonces cara de detectar en sus temas- tan cegadora que prácticamente encogía el corazón, anticipando los derroteros por los que iba a transitar su siguiente -y también magistral- álbum, el que luego sería el último de su carrera. “El Efecto Lupa” fue reeditado por Grabaciones en el Mar en 2009, con un disco extra en el que figuraban sus catorce canciones en su versión maquetera, sin más añadidos. Pasados veinte años desde su edición, sigue resultando tan complicado como entonces encontrar los adjetivos precisos para describir cuáles eran las virtudes por las que El Niño Gusano deslumbraron y fidelizaron a una parroquia que estuvo siempre muy lejos de lo mayoritario (¿acaso era posible lo contrario?), pero conserva nítido el recuerdo de una propuesta extremadamente simpar y sugestiva, en un tiempo en el que el mimetismo reinante aún no acarreaba gran penalización por parte de público y medios.

Su actuación en el FIB de 1997, en el campo de fútbol anexo al Velódromo de Benicàssim (se puede ver entera en youtube) y ante una audiencia estimada -sí, prácticamente a ojímetro- en torno a 10.000 personas (el cómputo diario fue de 18.000), sustanció la más gozosa y multitudinaria exposición de todas las virtudes de “El Efecto Lupa”. Un trabajo que no fue su disco definitivo ni marcó su cima (ese honor le correspondería a “El Escarabajo Más Grande de Europa”, de 1998, con Paco Lahiguera sumándose a la formación), pero confirmó que la libérrima forma de entender la canción pop del cuarteto zaragozano era mucho más que un capricho de temporada. Todo lo que vino después, con Sergio Algora formando Muy Poca Gente y La Costa Brava y con Sergio Vinadé dando pie a Tachenko, ya es -como suele decirse- historia. Las secuelas de un relato de verdad irrepetible, desde que una dolencia cardiaca -que llevaba años arrastrando- se llevara a Sergio Algora para siempre, una noche de julio de 2008.

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