Desde que The Velvet Underground publicaron su segundo álbum hasta el estrellato de Beach House, la psicodelia encontró su reverso puramente onírico en una manera de entender el pop que no necesitaba de instrumentación lisérgica para sembrar pastos de emoción pura. Fue en los años ochenta cuando Cocteau Twins, Siouxsie & The Banshees y A.R. Kane, principalmente, impusieron los canales de expresión, luego heredados por la rama shoegaze, que My Bloody Valentine llevó a parajes renovados entre miasmas de distorsión inteligente. Pero hoy centrémonos en doce discos que configuran las variables de un género que es mucho más que voces ininteligibles sumergidas en reverberación noise.

The Durutti Column – “The Return Of The Durutti Column” (1980)
Cuando Vini Reilly acabó de grabar su primer álbum, lo primero que pensó es que se trataba de una mierda que no le iba a gustar a nadie. Pero “The Return Of The Durutti Column” no hace más que tirar por la borda dicha afirmación. Desde el primer contacto, el uso que Vini Reilly hace de la escala pentatónica refleja un grado de abstracción eléctrica más propio de música climatológica. No en vano, escuchar este disco es como ver morir el verano tras una ventana humedecida por las primeras lluvias otoñales. Dice la mujer de Ian Curtis que, durante sus momentos más bajos con el cantante de Joy Division, escuchaba compulsivamente este disco. Uno que describe al dedillo la forma de tocar las teclas del subconsciente por Reilly, quien parece hacerlo desde el mismo centro de nuestras quijoteras. Pura hipnosis de la que toda formación dream-pop clásica ha bebido de una u otra forma.

 

Cocteau Twins – “Blue Bell Knoll”  (1988)
Una lista de los manjares más sustanciosos del dream pop sin Cocteau Twins, sería tan estúpida como una de ambient sin Klaus Schulze. Y más con piedras roseta de su evolución como “Blue Bell Knoll”, su cumbre, junto a “Treasure” (1984) y “Heaven or Las Vegas” (1990).
Aunque bien es cierto que los tesoros más fascinantes de su catálogo se encuentran en su impepinable colección de EPs y singles como “Aikea-Guinea” (1985), en el trabajo aquí seleccionado logran ensamblar el corpus de su sonido en canciones que parecen haber tomado forma desde las catacumbas de la ensoñación. Al aturdimiento celestial ayudan los lenguajes inventados por Fraser, canal último de una maquinaria perfectamente engrasada entre reflejos eléctricos acuosos y un colchón sintetizadores por los que mataría Harold Budd si un día se decidiese a trocar ambient por pop. La perfección de un libro de estilo preñado de puntos álgidos como “Carolyn’s Fingers” y la titular del álbum.

 

Hugo Largo  – “Drum” (1988)
Será por los dos bajos a la deriva trenzados por Tim Sommer y Greg Letson, que las canciones de Hugo Largo siempre parecen que se pueden esfumar en cualquier giro o cambio de escena tonal. Pero lo cierto es que estos silencios son los que, de verdad, te mantienen en permanente estado de atención. Así sucede en cualquiera de sus dos LPs, aunque si hubiera que escoger uno, “Drum” se lleva la palma gracias a monumentos al éxtasis sónico como “Fancy”, donde la voz de Mimi Goese transmuta en la de Nico, aletargada en una foto sónica suspendida en el tiempo. De esta misma sensación se nutre el resto de un cancionero, donde no es casualidad que Michael Stipe ejerza de productor. Nueve odas a la belleza donde la sensación de eternidad suma tantos puntos como para auparlas entre los secretos mejor guardados de los 80.

 

Galaxie 500 “On Fire” (1989)
Tras haber establecido el canon del dream-pop con su anterior LP, la banda de Dean Wareham tuvo arrestos de superarse al año siguiente. No puede ser de otra forma ante himnos de este santo estilo como “Blue Thunder”, “Snowstorm” y “Plastic Bird”; seguramente, el paradigma de la sensación generada por un tipo de música que viene a ser para el pop lo que el ambient para la electrónica.
Después de haber escrito las tablas de Moises con este trabajo, fueron capaces de cerrar su carrera con otro puntal como “This Is Our Music” (1990), broche modélico a la trilogía esencial de este estilo musical. No en vano, no hay más que echar un ojo al sumario de versiones realizadas de este grupo al que Luna y Damon & Naomi intentaron, infructuosamente, igualar tras su escisión.

 

Julee Cruise – “Floating In To The Night” (1989)
Que unas canciones estén asociadas a las cascadas de “Twin Peaks” y a la aparición mágica de Julee Cruise en el Roadhouse es toda una garantía de misterio pop. Que el propio David Lynch y Angelo Badalamenti estuvieran detrás de estas canciones también ayuda sobremanera a atornillar el recuerdo de este disco a “Twin Peaks”, un estado mental en sí mismo que también alcanzó el subconsciente de trabajos como “Automatic for the People” (1992), donde R.E.M. se dejaban impregnar en cortes como “Sweetness Follows”. Retomando el trabajo de Cruise, si hay algo más hipnótico que la bruma de teclados ideada, es su propia voz: una llave abierta a lugares desconocidos. Junto a la de Liz Fraser, la más enigmática que haya dado su generación y las siguientes, y aún en pleno frenesí para lo que vino después: el también hechizante “The Voice of Love” (1993).

 

Kitchens of Distinction – “The Death of Cool” (1992)
Aunque bien es cierto que este trabajo, más bien, debería ser encuadrado dentro de una lista de discos obligatorios del shoegaze, en Kitchens of Distinction la materia noise no se expresaba únicamente bajo tormentas eléctricas de efectos y distorsión, sino como una fuente de armonías repletas de ecos cristalinos. Naturaleza viviente de efectos siempre reptando por los relieves de la voz a lo Michael Stipe de Patrick Fitzgerald, capaz de superar al de Athens en arrojo pasional en cortes como “Gone World Gone”, una de las diez piezas que dan cuerda a esta caldera de pop inflamable. Y, si aún por encima, se sacan de la manga estribillos estratosféricos como “4 Men” y “When in Heaven”, la única opción que queda es dejarnos de preguntar por qué esta gente no se comió el mundo en su momento, y claudicar ante joyas como esta. En caso de virus, seguir propagando la infección con “Love Is Hell” (1989), su maravilloso primer LP.

 

Spiritualized – “Lazer Guided Melodies” (1992)
Antes de que Jason Pierce se empapara de blues, góspel y tradición norteamericana en sus discos mejor considerados, bien pudo haber seguido una trayectoria más estimulante y experimental. La razón, su debut tras el fin de Spacemen 3: la banda más venerada del space-rock en los 80. Tras el fin de sus relaciones con Peter Kember, Pierce tuvo la brillantez de tirarse desde el tobogán space al dream en un truco magia que, 26 años después, sigue sonando igual de fascinante. Será por su manera de recoger la esencia del género y desintegrarlo en un océano de sonidos licuados en la parte oscura de la mente, que cortes como “Run” y “You Know It’s True” siguen vibrando como una sesión de guija con el fin de invocar a Syd Barrett. Más que suficiente, ¿no?

 

Silvania – “En Cielo de Océano” (1993)
En los orígenes del indie patrio, los peruanos Silvania fueron una maravillosa tara, autores de un EP inolvidable como “Miel Nube Hiel” (1992), quizá la exhibición de dream pop puro más brillante que se haya dado en los noventa fuera de terreno british. Solo por esta colección ya se habrían ganado el cielo, pero es que “En Cielo de Océano” es todavía superior en graduación emocional. De un mayor juego con las texturas acústicas, pero también más abierto a las posibilidades aéreas de la electricidad, Coco y Mario se emplearon en armar floridos poemas sónicos, donde las voces perfilan lienzos en un cielo de guitarras danzarinas. Hitos del calibre de “Flor de agua infinita” y “Un bosque en la memoria” ratifican la condición excepcional de tan meditado artilugio de lírica apasionada.

 

The Radio Dept. – “Lesser Matters” (2003)
No cabe duda de que, hoy en día, no hay sello más influyente en terreno dream pop que Captured Tracks. A esta casa discográfica bien podrían pertenecer los suecos The Radio Dept., que, desde el comienzo de siglo, han sido cabecillas de las hordas de clones suecos de pop british. Sin embargo, en su caso, da igual que recuerden a un cruce balsámico entre los My Bloody Valentine pre-“Isn’t Anything” (1988) y los New Order de guitarra, bajo y batería, porque de la comparación no salen trastabillados. Y echando un ojo a los referentes, ya es decir mucho. De esta conjugación básica se nutre cada una de las trece canciones que conforman esta caja de bombones rellenos de estribillos imperecederos y guitarras juguetonas hilvanadas por Martin Larsson y Johan Duncansson, brillante timón del segundo grupo sueco más estimulante de estos últimos años. El primero siempre será The Knife.

Blacanova – “¿Cómo ve el mundo un caballo?” (2012)
Si el dream pop se trata de volar, no hay planeador con más fuelle que “El pulmón artificial”, una de las nueve variables inventadas por esta formación sevillana, de la que tener que escoger uno entre sus cuatro LPs se hace tan complicado como hacerlo con la trilogía oscura de The Cure. Sin embargo, es en este trabajo donde el absurdo surrealista destila mayores cotas de misterio y emoción ante la estampa grotesca. Humor negrísimo y poesía lynchiana asentados sobre voces de autonomía instantánea. Obnubilante juego de palabras nadando en un mar de multicapas sónicas, siempre volcadas hacia un juego de múltiples interpretaciones por parte del oyente. Toda una exhibición de poderes condensados en pócimas secretas como “Cine de verano” o “Invertebrados”, pruebas de peso que los ratifica como una de las formaciones más fascinantes de la década. Aquí y en la China.

 

A.R.Kane – “Complete Singles Collection” (2012)
Volver a mencionar “69” (1988) sería lo más justo, pero que ya fuera seleccionada en la lista de imprescindibles del informe post-rock, ha servido para recordar que donde de verdad A.R. Kane fraguaron los modismos del dream pop es en EPs como “Lolita EP” (1987), recopilado en esta colección de discos pequeños, que viene a funcionar como el testamento del género. De canciones como “When You’Re Sad”, en las que recogían la simiente de Jesus & Mary Chain, a “Baby Milk Snatcher”, donde mostraban la comunión ideal entre dub y pop ensoñador, A.R. Kane dejaron selladas en estas canciones un mapa sonoro de grutas desconocidas que, tres décadas después, aún sigue virgen de nuevos conquistadores.

Moon Wiring Club – “A Fondness For Fancy Hats” (2013)
Dentro de las posibles ramificaciones y paralelismos que el dream pop ha tenido a lo largo de más tres décadas, la más interesante de hoy en día fue la que grupos como Broadcast ya comenzaron a coser a principios de siglo dentro de terreno pop hipnagógico. A través del mítico dúo y sellos como Ghost Box, se fue estableciendo la representación en 3D cubista del término “dream pop”, que Ian Hodgson ha tomado bajo el nombre de Moon Wiring Club con el fin de abrir un maletín de herramientas donde hip-hop, dubstep, ambient son la texturas que sustituyen a los acordes de guitarras oceánicas. Aunque su gran aportación es su terrorífico uso de los samples vocales, representación material de esas voces venidas de otros planos que Liz Fraser y Dean Wareham siempre han querido invocar, y a las que ha sumergido dentro de un mal sueño de electrónica victoriana. Como en tan inigualable hechizo de sugestión, del que títulos como “Dancing through the Graveyard” y “The Last Ghost in England” ya son una invitación a perderse en los pasadizos de la mente.