25 años del Post de Björk, el disco que supo entrever el futuro por una rendija
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25 años del Post de Björk, el disco que supo entrever el futuro por una rendija

Carlos Pérez de Ziriza — 02-07-2020
Empresa — One Little Indian Records
Fotógrafo — Archivo

La confirmación mundial de la improbable superestrella islandesa Björk llegó con un trabajo que combinaba de forma visionaria los ritmos electrónicos con el pop en sus múltiples formas

¿Sería posible hoy en día un álbum como “Post”? ¿Se darían las condiciones? Hace justo 25 años, la electrónica y el pop aún no eran ámbitos perfectamente indistinguibles. Más bien al contrario. Sí, la cultura rave había tocado techo, los ecos de Madchester se habían ido apagando como un rumor distante, la lisergia cyberdélica de Primal Scream – en colaboración necesaria con Andrew Weatherall – habían marcado pauta y el trip hop era un ente creativo plenamente establecido, con Portishead y Tricky sumándose a Massive Attack para completar su santísima trinidad. Pero el pop de guitarras y la electrónica aún discurrían por caminos paralelos, no siempre trazando diagonales que les permitieran llegar a un punto de encuentro: recuerden que era el rock filoalternativo – entre los coletazos maduros del noise y el incipiente post hardcore –, los sucedáneos postreros del grunge y el sarpullido brit pop (que vivió su máximo nivel de paroxismo aquel mismo verano, con el absurdo duelo en la cumbre mediática entre Blur y Oasis) los estilos que más minutaje copaban en la parrilla de la MTV o en las escaletas de los programas de radio más avezados.

Disculpen una anécdota personal que puede ser bien ilustrativa: la tarde del 26 de agosto de aquel año, servidor resolvía su frustración ante la imposibilidad de acceder a una abarrotadísima carpa para ver a Foo Fighters en el festival de Reading con un concierto, bastante menos presto a las apreturas, en medio de la enorme campiña que se expandía ante el escenario principal del festival. Lo protagonizaba Björk. Y lo que en la estrecha mente de uno – al menos entonces – se perfilaba como un segundo plato, un premio de consolación, acabó siendo una de las experiencias en vivo más inolvidables de su vida. Tras “Hyperballad” y sus fuegos artificiales (en sentido literal, no solo figurado), nada volvió a ser igual. En términos de franqueo de barreras genéricas, audacia creativa, intertextualidad e interdisciplinariedad y desafío a los cánones preestablecidos, tampoco hay comparación entre ambas carreras, más allá de gustos. Pero eso lo sabemos ahora, 25 años después. Bendita ignorancia, la de los 21 años. Quién la recuperara.

Ambición, diversidad, audacia

“Post” (One Little Indian, 1995) puede no ser el mejor disco Björk. O puede que sí. El listón que manejó en sus cuatro primeros largos quedó tan alto que no es fácil discernir cuál de todos marcó un punto más álgido o sembró una huella más indeleble. Hablamos de una tetralogía no planificada, que acabó por ver palidecer cualquier fruto postrero, cualquier producto de su continuidad, hasta que el tiempo generó un cierto sentido de la distancia, algo menos inclemente. Sí que se puede decir, sin temor a pasarnos de frenada, que fue el más electrónico en un sentido amplio del término. El que más sorprendió por su audacia. El que se alineó de forma más inequívoca con un tiempo y un lugar: Londres a mitad de los años noventa. Aunque parte de su contenido se perfilase en los Compass Point de las Bahamas, estudios fetiche para Grace Jones o Talking Heads. También es, seguramente, el más colectivo, asambleario y diverso de todos sus empeños.

Solo una mente abiertamente carente de prejuicios, presa de un instinto omnívoro como era Björk, podía hacer un disco así y rodearse de un plantel de compañeros como aquel, que aún se nutría de la nómina del sorprendente “Debut” (One Little Indian, 1993) y la ampliaba con algunas incorporaciones de mucho peso: estaba de nuevo presente Nelle Hooper, ex miembro del colectivo Wild Bunch y de Soul II Soul, colaborador primero de Massive Attack y, años después, de Madonna. Estaba Graham Massey, uno de los arquitectos del acid house británico al frente de 808 State, a quien la islandesa ya conocía bien tras haber trabajado con él en Manchester para su disco “ex:el, en 1991: “Army of Me” y “The Modern Things” databan de 1992, pero no fueron incluidas en “Debut” (1993). Quedaron reservadas para este. Estaba Tricky, el caballero oscuro del trip hop, su chamán de las profundidades, la vertiente más turbia y (a la vez) más projamaicana del estilo. Estaba Howie B, quien sería pigmalión electrónico de U2 en solo un par de años. Estaban las programaciones de Marius De Vries y los arreglos de cuerda del brasileño Eumir Deodato. Y estaban, aunque no fuera ni mucho menos de cuerpo presente, las influencias de A Guy Called Gerald, Leftfield, Orbital, Underworld, LFO o Aphex Twin (y toda la escudería Warp), referentes cruciales y asumidos en público, epítomes de la IDM en pleno despegue post rave, metabolizados en su mente con la misma naturalidad que esa vocación para el estribillo pop de altos vuelos y las inflexiones vocales imposibles, fuera de cualquier norma.

Del blanco y negro al color

Björk supo encapsular el incontenible magma sonoro que bullía alrededor de la capital británica en el mismo ecuador de los años noventa, el pálpito de su circuito de clubes, para acercarlo al gran público con la misma certeza con la que Madonna llevaba años haciendo lo propio en su ámbito particular, acercando el latido de cualquier corriente subterránea a las listas de éxitos en un magistral ejercicio de absorción, apropiación, vampirización o como diablos lo quieran llamar. Cuestión de genio, en todo caso. Y de olfatear el signo de los tiempos, obsesionarse con no perder de vista el filo de la modernidad y saber rodearse de los talentos adecuados. Ambas saben muchísimo de eso. La impactante portada de Stephane Sednaoui, marcando territorio en policromía respecto al blanco y negro tradicional de Jean Baptiste Mondino en la cubierta de su predecesor, ya era un signo claro de por dónde iban a ir los tiros: una explosión de color de contornos maximalistas, en oposición al minimalismo de “Debut” (1993). Mientras aquel podía insinuar tímidas tentativas, este mostraba ya zambullidas en plancha. En los sonidos de corte industrial, en los ritmos de gran tonelaje, en el trip hop obsesivo y doliente, en una suerte de Broadway electrónico, en las incursiones tropicales, en estribillos tan descaradamente memorables – sin el menor atisbo de sonrojo por anidar en la sesera del fan por la vía directa – como el de la estratosférica “Hyperballad”, posiblemente su mejor canción.

La tecnología al servicio de las emociones

“El ordenador es humano porque es una herramienta; la música hecha con ordenadores es pura imaginación, como una fantasía”, argumentaba la islandesa en las páginas de The Face. El punk y el indie dislocado y exótico de los Sugarcubes quedaban muy lejos, aunque solo hubieran transcurrido tres años. Había un mundo ya insondable entre “Stick Around For Joy” (Elektra, 1992) y la Björk de 1995. En los segundos finales de” The Modern Things”, una canción que nos dice que todas las cosas modernas ya existían bastantes años antes de ser inventadas, una frase final resuena de forma repetida como si el disco girase sobre un plato de vinilos cuya aguja se hubiera quedado enganchada al final de una de sus caras. Curioso ardid para un álbum ideado para ser consumido y vendido en CD. Es una señal de que la tecnología, para Björk, no significa nada si no está al servicio de la expresión de las emociones genuinas. A veces la vehicula de una forma resueltamente explícita, tan descarnadamente que casi llega a herir: “desde que rompimos, me pinto los labios otra vez, y me chupo la lengua para recordarte”, canta en la preciosa “Possibly Maybe”, una de esas torch songs de cápsula espacial tan marca de la casa, cuya fórmula perfeccionaría magistralmente en el posterior “Homogenic” (1997).

Honestidad brutal

La música de Björk admite múltiples capas de lectura, diferentes grados de construcción y desconstrucción, distintas escalas con las que desgajar y aprehender sus canciones, por algo la mayoría de ellas son carne de tantos remixes, pero lo que no tiene trampa ni cartón es la apabullante sinceridad de unas letras siempre transparentes, honestas consigo misma y con el oyente, al menos en esta primera etapa de su carrera. “Army of Me”, con ese pesado sonido industrial que induce a pensar en choques de fragmentos metálicos en algún punto del espacio, nació de una exhortación a su hermano para que dejara de regodearse en la autoconmiseración. El trip hop heterodoxo y árido de “Enjoy” (por algo la produce Tricky) incide en una marcialidad similar, aunque más sensual, a tono con una letra que juega con los miedos asociados al sexo. Al igual que ese tributo al íntimo poder curativo de la música – “mis auriculares me salvaron la vida” – que es “Headphones”, de nuevo con Tricky. La misma sensación de amor absolutamente desatado emite “I Miss You”, con sus bongos africanos (percusión, ojo, a cargo de Talvin Singh), sus vientos de jazz cortesía de Gary Barnacle y ese final alborozado que remite al trópico. Y cuando no le alcanza con la mirada al interior, se nutre del realismo mágico: ya sea del que anida en su interior, como en la preciosa “Cover Me” (con el harpsichord de Guy Sigsworth, quien luego trabajaría codo con codo con Madonna, ¿les suena?) o del que toma prestado de García Márquez – vía su amigo Sjón, el escritor islandés – en la fantástica “Isobel”, carne de musical de la era electrónica, una de las escasas composiciones que aún sustentan sus directos más recientes, como el que ofreció en el Primavera Sound de hace un par de años. Broadway y el jazz le rondaban por su cabeza desde que era una cría y habían sustentado el repertorio de “Gling Glo” (One Little Indian, 1990), con lo que no es extraño que procurase también uno de los grandes momentos del álbum, aquel “It’s Oh So Quiet”, original alemán popularizado por la norteamericana Betty Hutton.

Nunca volvería Björk a sonar con un ánimo tan expansivo, límpido e ingenuo como en “Post” (1995). Un año después llegaría aquel paquete bomba de manos de un fan trastornado, su propia agresión a una periodista en el aeropuerto de Bangkok, su marcha de Londres a Málaga para huir de los ingratos peajes de la fama y el sendero introspectivo y algo taciturno emprendido en el también sobresaliente “Homogenic” (1997). Y nuestra búsqueda, infructuosa, de talentos en una órbita similar, que empezó con Leila y de momento termina con Arca, una de sus más recientes aliadas.

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