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“En busca de aquel sonido” arranca con una partida de ajedrez en la que Morricone -que ha llegado a enfrentarse con algunos de los mejores ajedrecistas del siglo XX- introduce al neófito Alessandro De Rosa en el juego. Es una perfecta metáfora de lo que se va a desarrollar durante las más de quinientas páginas siguientes: un repaso minucioso de la apasionante vida del maestro con De Rosa tirando las preguntas y Morricone ofreciendo todo tipo de detalladas explicaciones sobre la  partida que ha sido su propia vida.

Tiene esta suerte de biografía no novelada un algo que recuerda las famosas conversaciones entre Hitchcock y Truffaut. Puede que la trayectoria de Alessandro De Rosa -compositor milanés de 32 años que ha colaborado en varias ocasiones con Morricone- no sea comparable a la de Truffaut, quien con 30 años ya había entregado “Los 400 golpes”. Pero su posición, siempre subordinada al maestro británico, y también el profundo conocimiento de la obra del entrevistado que Truffaut demostró entonces es similar a aquella de la que hace gala De Rosa.

En este caso las conversaciones se alargan durante años y en ellas De Rosa apuesta por afrontar la charla como una revisión biográfica respetando la línea temporal. De esta forma sus preguntas arrancan con los primeros trabajos de un juvenil y todavía desconocido Morricone para la televisión, repasan sus colaboraciones con algunos de los grandes mitos de la canción italiana (de Mina a Modugno) y entra en profundidad a analizar su legado cinematográfico a partir de sus colaboraciones con Leone.

Tal y como mostró en una entrevista promocional reciente, Morricone dista mucho de ser un hombre fácil de tratar: su nivel de exigencia parece situarse a un nivel muy similar al de su genio. Sin embargo a lo largo de estas páginas el romano se muestra a corazón abierto, no sólo comentando sus datos biográficos o dando rienda suelta a sus conocimientos musicales. Morricone también habla sin pelos en la lengua de sus relaciones con directores con los que ha trabajado como Almodóvar, Tarantino, Malick y un largo etcétera. No se guarda tampoco su opinión sobre colegas como John Williams o diferentes aspectos de la relación del cine y la música, comentando desde blockbusters como “Star Wars” al más respetado cine de autor.

El resultado es un libro esencial tanto para quien se muestre mínimamente interesado en el legado del autor -que entre centenares de bandas sonoras ha firmado obras maestras como las de “El bueno, el feo y el malo”, “La misión” o “Cinema paradiso”– como para el aficionado medio a la música y, desde luego, cualquier compositor (o aspirante a serlo) que se precie.

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