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El que lo dice lo es, el mundo al revés.
Escucho el disco de Bob Dylan y esa frase se formula en mi cerebro una
y otra vez. El mundo al revés. Justo cuando Dylan saca una obra que
considero menor es cuando más repercusión, popularidad y ventas
consigue.
Una obra que, comparada con trabajos como
“Time Out Of Mine” (1997) o “Modern Times” (2006), palidece. Un disco
en el que Dylan se transmuta en el espíritu de Willie Dixon (“Jolene”,
“My Wife’s Home Town”), Flaco Jiménez (“This Dream Of You”) o, si lo
prefieres, se mete en la piel de Ry Cooder con la diferencia de que el
señor Cooder lleva décadas profundizando más y mejor en el legado
musical de esos Estados Unidos de América que tantas buenas tardes nos
han deparado. Un Dylan que se deja ayudar por Robert Hunter (Grateful
Dead) en la letras (como si él necesitara ayuda para escribir siquiera
una linea de texto), por Mike Campbell (Heartbreakers) en las guitarras
y un fenomenal David Hidalgo (Los Lobos) y que consigue recrear ese
ambiente de humo y bourbon grasiento y etílico que destila tradición
por los cuatros costados. Muy logrado, pero si no lo firma Dylan no le
hace caso ni Dios

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