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Bardo Pond son únicos e inmutables.

Tras quince años en esto, y por mucho que suenen un poco más sofisticados y un poco más folk que entonces, aún no se les ha quitado ese aire a fumetas de ciudad pequeña que, tras salir del curro en la central nuclear, quedan en el sótano del que tiene la casa más grande (Michael Gibbons, por lo que parece) para hacer un poco de ruido y recordar los años de la universidad, esos en los que escuchaban a Grateful Dead y Spacemen 3 y querían ser estrellas del rock. Menos mal que no lo consiguieron, porque entonces carecerían de su actitud desacomplejada, inocente y perversa: la que les permite sonar más grandes que Dios y Black Sabbath juntos en “Destroying Angel” (con Isobel Sollenberger interpretando a una niña pequeña encerrada en un armario muy oscuro, o eso parece) para luego hechizar con los dieciocho minutos subacuáticos de “FC II”. Pero lo mejor de todo es la versión en directo de “Cry Baby Cry” (Beatles), que comienza torpe, como interpretada por una banda de novatos, para acabar transformada en invocación al lado más negro del “White Album” una bonita pesadilla, como siempre.

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