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Que las virtudes de esta obra no han dejado de ser enumeradas durante los últimos treinta años es tan cierto como necesario en estos tiempos tan necesitados de taras de fabricación, donde comienza a acuciar la evasión del post como forma institucionalizada del inacabable revival actual. Desde que en 1986 “The Queen Is Dead” cobrase vida, esta bella criatura anómala siempre acaba derivando en el desfile más hiperbólico de epítetos. No es para menos. Y menos antes geisers dramáticos como “I Know It’s Over’ o lamentos tan desesperados como “Had No One Ever”. Pero “The Queen Is Dead” también fue la evidencia de que todo lo que había surgido en la Manchester post-Joy Division nunca tendría que ver con The Smiths. Este álbum verbalizó la existencia de tres Manchester diferentes: el de New Order y Factory, el de la hipérbole realista de The Fall y el Manchester tony richardsiano de The Smiths, el cual había profundizado en sus raíces debido a la mala experiencia londinense sufrida durante su grabación de “The Queen Is Dead”.

“The Queen Is Dead” generó una profunda empatía en (casi) todos los que se dejaron seducir por su hálito dionisíaco: la búsqueda obsesiva de un disco que reprodujera un efecto similar. Cómo no, pese a dignos ecos, dicha sensación era irreproducible. Ni siquiera por todo lo que hicieron posteriormente Morrissey y Johnny Marr. Treinta y un años después de su publicación, la única solución posible era escuchar este disco bajo formas nuevas. Triste pero tremendamente indicativo de la relevancia de una obra que no ha dejado de crecer con los años. Y sí, también porque la devaluación en el pop post-britpop nos fue llevando a un camino de retorno a las puertas de esta decena de canciones inmortales, aquí remasterizadas, pero, sobre todo, recuperadas en versiones hasta ahora no conocidas; al menos, oficialmente. Salvo la ausencia de “Vicar In A Tutu”, en la mayoría de los casos, el resto de cortes son recuperados bajo su forma en demo, sin overdubs. En su reducción al hueso, el corte que más sorprende es “Had No One Ever”, desprovista de la carga dramática de la original en pos de una variación sophisti-pop, pertinentemente mozzerizada. “Frankly Mr. Shankly” es otro de los temas cuya desornamentación provoca un encuentro renovado, redundando en una enfatización de su base mínima reggae. El resto de casos certifican una realidad: antes de que Johnny Marr y Stephen Street le hicieran el tuneado a los cortes, la simiente provista para la ocasión ya atisbaba el profundo deje pasional de unas canciones gestadas para ejercer de faro guía para las hordas indie-pop y de trazo más experimental.

Obviando rescates tan sobados como “Asleep” o “Money Changes Everything”, para ponerle el lazo final al artefacto, la recuperación de un directo en 1986 de su tan accidentada como profética gira norteamericana radiografía el proceso antinatural de verse convertidos en estrellas del gran circo rock. De haberse pasado cuatro años deshilachando uno por uno sus estereotipos, ahora se encontraban en una situación antagónica, pero sin saber cómo sobrellevarlo en ningún momento. Durante aquellos conciertos, Marr se sumerge en un abuso continuado de alcohol y drogas. Según las palabras de Mike Joyce, en aquella gira: “Nos esforzábamos tanto todas las noches. No era como, ‘oh, ¿dónde estamos ahora?’. Era más el rollo de que ‘cada concierto es el más importante que vamos a tocar’. Esa es una gran forma de ver las cosas, pero sin duda es algo que quema después de hacerlo durante treinta noches seguidas”. Y así es como se siente en esta grabación, hasta ahora, inédita. El tour de “The Queen Is Dead” recaló en Estados Unidos de julio a septiembre de 1986. Morrissey y Marr vivían a base de una dieta de chips, chocolate y Coca-cola. En su primer concierto en Nueva York, Morrissey está desnortado. La intensidad de la luz de su hotel le ha cegado. En pleno concierto, se cae al público. Nadie le ayuda a levantarse.

Toda esta sensación de lucha continua entre ellos mismos se palpa en la grabación en directo aquí incluida, donde también queda de manifiesto que la misma grandeza de su repertorio era más que suficiente para remarcar una verdad universal: ser la banda pop más influyente de estos últimos treinta y cinco años, además de los firmantes de “The Queen Is Dead”, un planeta en sí mismo que sigue rotando tan lozano como el primer día. Y cuya reverberación visual captó tan fabulosamente Derek Jarman en su mini-film conformado por “The Queen Is Dead”, “There Is A Light That Never Goes Out” y “Panic”. Dicho hito visual, de paralelismos valderomarianos, se encuentra en una de las tres diferentes ediciones publicadas para tan pertinente resurrección. Esperemos que la primera de una de las cuantas que aún nos deben.

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