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Para una cantautora folkie que afirma que solo escucha música realizada entre los años 69 y 73, irse a vivir a la ciudad de Los Angeles debe ser algo parecido a buscar el Santo Grial. Si encima te codeas con Jonathan Wilson, el nuevo rey Midas folk de la ciudad sobre el que parece haberse reavivado el añejo espíritu de Laurel Canyon, la cosa ya cobra tintes de cruzada. Parece que la experiencia ha finalizado y Laura Marling está de nuevo en su Inglaterra natal con un nuevo álbum bajo el brazo. Un disco que la mantendrá en ese estatus envidiable de artista de prestigio que aporta un plus de originalidad que la hace distinta, pese a que su cuarto trabajo se muestre por momentos más accesible y roquero que nunca, con lo que esta vez sí parece que las sonoridades californianas se han colado por fin en su música.

Y es que da la impresión que a Laura Marling todo le ha venido siempre de cara, pero nada hubiera sucedido igual si esta pequeña y frágil trovadora moderna, no tuviera el talento necesario para componer pequeñas tonadas capaces de pulsar las teclas invisibles de la emoción. Las mismas que pulsa en una “Warrior” inicial, que tan solo precisa del crepitar de las cuerdas de nailon y un fantasmal efecto de fondo para situarte en un desolado páramo azotado por el viento. Un primer tema que podría haber sido incluido en su anterior álbum, con lo que puede parecer que este cuarto disco no presenta novedades. Falso, y ya la segunda de sus canciones lo demuestra. “False Hope” coge un pulso trotón y roquero inédito gracias a una base rítmica que dota a la canción de un cuerpo clásico en estructura, que actúa como un bálsamo en el siempre complicado mundo de una cantautora que pocas veces ofrece cuartelillo en el estribillo. Una Marling que se desmelena con rotundidad en temas como una “I Feel Your Love” conmovedora, en el que los arreglos del chelo juegan con la misma poderosa capacidad para conmover, como los logrados en éxitos anteriores como “Master Hunter”. Algo parecido sucede con el fraseo inicial de “Strange”. Ves a una artista que empieza a dejar atrás la tímida y frágil propuesta de sus inicios, para ir ganando en rotundidad. Sabe mejor que nunca lo que quiere hacer y lo hace sola. Por eso no precisa de nadie en la producción, ella se basta y sale victoriosa de un envite que ofrece temas como “Don’t Let Me Bring You Down”, lo más cerca que nunca ha estado de sonar como Pretenders. Y eso, hablando de quién hablamos, es en sí mismo una gran novedad. Al igual que resulta inédito el divertido crepitar al 4*4 de un tema de tintes tan clásicos, pero efectivos, como una “Gurdjieff’s Daughter” que pone por primera vez a Patti Smith como referente para explicar a qué suena ahora su propuesta. Pequeños destellos roqueros como el inicio de “Divine” que suena al mismo Neil Young con el que su padre le enseñó a pulsar las seis cuerdas.

Puede que a Laura Marling solo le pierda la duración de sus discos y es posible que, excepto el segundo, todos adolezcan de la redondez para convertirse en clásicos atemporales, pero esta nueva entrega es desde ya el segundo de mis discos preferidos.


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