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El lanzamiento de “Alevosía” viene a completar el cuarto álbum de La Bien Querida, cuya primera parte se presentó el pasado mes de octubre; en este medio año hemos tenido tiempo de disfrutar las canciones de “Premeditación” y más tarde también de “Nocturnidad”, entre fenómenos paranormales, carreteras comarcales, ecos de New Order, algunas palmas flamencas, unos cuantos te quiero -y un no te quiero repetido de forma insistente que tenía aún más fuerza-, los niños corriendo de forma inquietante en los vídeos de Juanma Carrillo, una despedida sin contemplaciones y la perturbadora sentencia de “Ojalá estuvieras muerto”, un tema con la influencia confesa de Salem que subrayaba la seguridad en una propuesta que a estas alturas poco tiene que ver con el delicado pop de “Romancero” y que, sin embargo, continúa siendo compatible.

Habían pasado muchas cosas, decíamos, y una vez conocido el tríptico en su conjunto son más aún las que hay que reseñar: la influencia siempre reconocida de Franco Battiato se hace presente en la bailable “Música contemporánea”, marcando un nuevo punto de inflexión en un trabajo que confirma lo bien que se sienten Ana Fernández Villaverde y David Rodríguez con esa vestimenta electrónica que ya exhibieron en “Ceremonia”, cuyo sonido está especialmente presente en “Poderes extraños” o “Alta tensión”, temas de la entrega inicial de esta trilogía en la que repiten con Sergio Pérez (Svper) como encargado de las mezclas e Yves Roussel en la masterización.
A estas alturas, La Bien Querida parece haber encontrado el traje que mejor le sienta, con dos variables principales: por un lado, una mayor sofisticación; y por otro, la certeza de que su estancia en esta hipotética zona de confort no pasa por acomodarse. “Nocturnidad” supuso la mejor demostración de esto último: “Ojalá estuvieras muerto” te dejaba helado, pero es que “Carretera secundaria” ponía un punto más de resentimiento. Es verdad que en la fiesta de años pasados podía haber momentos de mala leche (“A veces sólo me tranquilizaría pegarte muy fuerte”, decía la letra de “Sentido común”), pero es que todo aquello se queda ahora en un juego de niños cuando la copla de “Crepúsculo” no muestra ni el más mínimo amago de piedad (“Que los cuervos te saquen los ojos, las águilas el corazón; las serpientes te arranquen las entrañas por tu mala condición”). Un salto cualitativo que no lo sería tanto si en lo musical no encontrásemos también esa misma visceralidad, porque en este tramo central del disco hay más penumbra y amenaza que en todos los capítulos de las dos últimas temporadas de American Horror Story, por muchas brujas y payasos enloquecidos que salieran en la serie de la HBO.

De vuelta a la tercera parte del álbum, “Alevosía” se presenta más amable, como si fuera una liberación tras salir de la oscuridad anterior. También hay minutos de turbiedad en “Geografía existencial”, con un enmarañado manto de sintetizadores, mientras que “Vueltas” explora el lado más pop desde un registro vocal distinto. Incluso parece que, una vez encontrado el traje, sus protagonistas no tienen el mayor reparo en que se vean las costuras: si en un momento dado tiene que sonar a Battiato, pues que suene, porque a lo largo de estas canciones podemos pensar también en OMD, Visage o Gary Numan, pero lo relevante es que todo encaja en el espacio propio de La Bien Querida. Y si para terminar hay que tirar de épica, que sea a lo grande: “Muero de amor” reúne a Manuel Alejandro y Depeche Mode, con una trabajada producción que no se guarda nada. Una romántica línea de piano, baterías que explotan, sección de cuerdas y un estribillo que se levanta sin miedo para cerrar por todo lo alto este tríptico en el que no hay atenuantes.

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