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grises

Tras dejarse llevas por las mieles sintéticas del electro-pop clubby y tropicaloide -en su anterior álbum, el notable ‘Erlo’– la banda zestoarra Grises regresa, a través de este ‘De peces y arboles’ a su esencia tras una valiente inmersión por el experimentalismo y la electrónica hibrida que tan bien les sentó el año pasado. Y es que en este quinto álbum los de Zestoa prescinden de bucles, ritmos, arreglos y samples y los sustituyen por su medula espinal habitual -destellantes sintetizadores analógicos y arreglos oscuros de guitarra- conservando ese optimismo reflexivo y fulgurante que les caracteriza -en lo que respecta a letras y mensajes- y así se enraízan, casi desde un nuevo amanecer, ¿o es deja vu?, con los primeros Grises o, lo que es lo mismo, con aquel sonido más fuzzero, épico, crudo y apabullante que los puso en el mapa del mejor indierio patrio allá por 2011.

En los once temas que sustancia este elepé – Eñaut Gaztañaga (voz, guitarras), Amancay Gaztañaga (voz), Alejandro Orbegozo (sintetizadores), Raúl Olaizola (bajo) y Gaskón Etxeberría (batería)- parecen reencontrarse, no solamente con su propio sonido y referentes musicales de siempre, sino también con eso de “hacer las canciones que te salen de los bemoles y te dan la santa gana”. Lo cierto es que Grises, en este nuevo viaje, se muestran vigorosos, en forma, con ganas de hacer ruido.

‘El impacto’ es una especie de himno motorik (guitarras vs. máquinas), guerrero vs. luminoso que nos recuerda que hay batallas que vencer dentro nuestro. Toda una trepidante declaración de intenciones para abrir el disco. ‘Comida para insectos’ mantiene ese epicismo expansivo, y nueva olero, en el que el riff de guitarra pone el foco en lo verdaderamente importante: su mensaje, al igual que en la estribillera ‘Papel Quemado’ -o la coreable ‘El sueño de A’– que buscan ese acelerón, algo efectista y hasta mainstream, que recuerda a los The Killers de antaño, cuando molaban. En ‘Gato por liebre’ muestran su cara más melódica, amable y pop, beatlemaniaca. También destaca ‘Grieta’, en la que el feliz y sempiterno ramalazo afro -al igual que en ‘Señora Leño’– se le sale por los cuatro costados, más cerca de sus siempre anejos Vampire Weekend que de cualquier otra cosa. El álbum se va despidiendo con la emotiva y grandilocuente ‘Mi extraña paradoja’; sí, no hay broche más coherente.

En resumidas cuentas, estamos ante un buen disco -producción sobresaliente, casi impoluta- tras el que hay una banda –trabajando sin pausa por su buena causa- que abre una nueva etapa en la que parecen sentirse especialmente bien, y de nuevo, siendo fieles a sí mismos, en cuanto a sus entretelas y deseos. Quizá, que todo suene -y se cuente- demasiado uniforme y parecido -cayendo a veces en un peligrosa monotonía rítmica y coral- hará que algunos echen de menos a los Grises de ‘Erlo’ -esos que buscaban otras sensaciones- pero a la vez, este ‘De peces y árboles’ alegrará la vida una barbaridad a los fans “más originalmente Grises” de los vascos.

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