Blackie Lawless y los tres tíos que le acompañan, es decir W.A.S.P., aterrizaron en Burlata para dar comienzo a una nueva gira estatal que incluía también Murcia, Madrid y Barcelona. Una gira de otoño que consta de nada menos que de 54 fechas europeas entre las cuales, hasta el momento, han colgado el cartel de sold out en 19 ocasiones, y aún les quedan 23 conciertos.

Blackie, Doug, Mike y Aquiles interpretaron de cabo a rabo el poderoso álbum conceptual The Crimson Idol, del que se cumplen 25 años desde su publicación. La expectación era enorme y en el Auditorio, que casi agotó el aforo de 1.164 personas, se respiraba un ambiente estimulante a más no poder: El público, veterano y de una media de 45-50 tacos, venía a disfrutar de una descarga de W.A.S.P. que, a buen seguro, han podido repetir unas cuantas veces a lo largo de los 35 años de historia del combo angelino.

No obstante, las presencia de unos teloneros de lujo iba a poner muy difícil las cosas a los norteamericanos. Los finlandeses Beast In Black (foto inferior) saltaron a las tablas a la hora programada, las 20:00 en punto, para apabullarnos con una actuación poderosa y dinámica que sin embargo constó de 6 único temas. Salieron a matar con “Beast In Black”, tema homónimo de su disco debut “Berserker”, aún inédito y que se publicaría dos días más tarde, el 3 de noviembre, a través de Nuclear Blast. Liderados por el guitarrista y productor Anton Kabanen, procedente de Battle Beast (a los que abandonó en 2015), grupo al que se debe mayormente el sonido de Beast In Black, convencieron y apabullaron al grueso del público quien, teniendo en cuenta que el disco aún estaba sin publicar, a buen seguro no conocía los temas, excepto “Blind and Frozen” y quizás “Beast In Black”, adelantos del nuevo trabajo. Me impresionó el sonido de la caja de Atte Palokangas, sustituto temporal a los parches del lesionado Sami Hänninen, aunque el resto de la batería sonara más bien difusa. Los hachas (el ya citado Anton y Kasperi Heikkinen) sonaron afilados, aunque el bajo de Màté Molnár tuvo que luchar para sonar nítido.

Power Metal de la mejor escuela, su velocidad y técnica poseen la capacidad de arrastrar incluso a los no-amantes del estilo. Guitarras dobladas, la increíble voz de Yannis Papadopoulos alcanzando agudos imposibles y coreografía estudiada al milímetro, arrancaron aplausos y algunos puños en alto, sobre todo en “The Fifth Angel” y la demoledora “End of the world”, que cerró el mini set de 6 canciones. Poses a lo Judas Priest (e incluso alguna puramente Kiss), coros increíblemente altos y una poderosa base de teclados pregrabados hicieron el resto. “Blind and Frozen”, tema que cuenta además con videoclip, es muy representativo de su sonido aunque personalmente prefiero cuando este tipo de grupos viran hacia posiciones más cercanas al Speed Metal, como en “End of the world”. 6 petardazos y a casa; ni siquiera llegaron a la media hora y encima tampoco les obsequiaron con el mejor sonido. Al día siguiente suspendieron el concierto de Murcia y a las pocas horas, el resto de la Gira Europea por “no haber obtenido el tratamiento que les garantizaron”. Creo que a Blackie Lawless y a los suyos incluso les vendrá bien, ya que fueron claramente superados por los finlandeses. En definitiva, un grupo al que no conviene perderse cuando vuelvan por estos lares. Créanme que lo harán.

Tras media hora de espera, se oye la voz en off de Jonathan, el protagonista del disco conceptual The Crimson Idol y principal motivo de la gira de W.A.S.P. Una mole enorme de casi dos metros llamada Blackie Lawless nos da la espalda enfrentándose al batería recién incorporado al grupo, Aquiles Priester. Su enorme mata de pelo, sus grandes botas y su pose impresionan a pesar del paso de los años. Se gira y saltan el guitarrista Doug Blair y el bajista Mike Duda para sumergirnos en un viaje de una hora por la tortuosa personalidad de Jonathan Aaron Steel. “The Titanic Overture”, una intro impresionante, nos prepara para la tremenda “The invisible boy”, con sus tambores prominentes y sus grandilocuentes coros; la caldera está preparada, y nosotros vamos a arder en ella.

Tres pantallas proyectan el film “Re-Idolized”, que, obviamente, ilustra el Mega-Album que nos ocupa. Jonathan nos sumerge en una historia de auge y caída típica de los álbumes conceptuales, entroncando con la vieja idea de infancias y/o adolescencias traumáticas al estilo de “Tommy”, “The Wall”… etc. Habréis notado que efectivamente y con semejantes referencias, más bien deberíamos afinar mejor y hablar de ópera-rock (u ópera Metal) por cuanto se nos cuenta una historia de principio a fin con su planteamiento, su nudo y el correspondiente desenlace: Al cumplir 14 años el hermano del protagonista muere en un accidente, cambiando su vida para siempre. Se lanza a la vida callejera sumergiéndose en un mundo de excesos (chicas, alcohol y drogas), mas al comprarse una guitarra y conocer al productor Charlie llega a la fama gracias a él y al mánager Alex Rodman (obviamente, todos ellos personajes ficticios). Su caída se produce al no conseguir la aceptación de su familia, escenificada en una última llamada telefónica traumática.

“Arena of pleasure” y “Chainsaw Charlie (Murders in the New Morgue)” suenan a pura gloria. Inmensas y omnipotentes, son de paso de lo mejor de la historia de W.A.S.P., a la altura de sus mejores clásicos. Estamos viviendo algunos de los mejores momentos de todo el show. En “The Gypsy meets the boy” conoce a una gitana, quien le habla de su juventud y de su lucha por el éxito utilizando las cartas del tarot, hasta que se detiene repentinamente al ver que su futuro no será tan maravilloso. “Doctor Rocket” nos devuelve la caña, sin disimular su apego al clásico “I don’t need no Doctor” que ya versionaran en el directo Live in the Raw. “I Am One”, con sus coros a lo Slade es otro de los puntales del disco y de su larga trayectoria. Sigue siendo grandilocuente y aplastante; sin embargo, veo a Doug desgañitarse a los coros sin que casi se le oiga. Ése sería un gran defecto durante todo el concierto, que por otra parte cumplía con lo esperado aunque sin grandes aspavientos ni excesiva espectacularidad aparte de las imágenes de las pantallas. Los cuatro estuvieron en su sitio, concentrados y muy profesionales, pero faltaba más gasolina. A todo esto, tampoco el público estaba lo que se dice totalmente eufórico, bien que quizás pudiera estar totalmente absorto en la apasionante historia y en el efecto alienante de las pantallas.

“The Idol”, tema que supera los 8 minutos, nos muestra a un Jonathan desatado, en la cima del mundo del espectáculo y de los excesos. Tal y como sucede en los grandes clásicos conceptuales y operísticos, se repite aquí una melodía ya disfrutada en otras partes del disco, aunque ahora se expanda en todo su esplendor: “Where is the love, to shelter me / Only love, love set me free”. Momentos impresionantes refrendados por una melodía maravillosa, tan del gusto del amigo Lawless. Blackie, tan misterioso y distante en ocasiones, dándonos la espalda y mirando el film en la pantalla de la derecha. Y entonces ocurrió: nos miró a los ojos, quizás por primera vez en toda la noche, y lo vi claro. Era él. Era Jonathan Aaron Steel. Y era verdad. Era verdad que en su época (hace 25 años, cuando se hizo el disco) se metió tanto en su historia que se convirtió en ÉL. Si bien, para no alarmar a nadie, diré que después se desenganchó de la historia a tiempo.

“Hold on to my heart” y “”The great misconceptions of me” suponen el final trágico y abrupto de la atormentada vida de Jonathan. Son pasajes lentos hasta que “The great misconceptions of me” coge velocidad para enfatizar el fatal desenlace: Jonathan se suicida en el escenario, ante su público, con una cuerda de guitarra, incapaz de soportar el rechazo de su madre, a quien, por teléfono, había pedido su aceptación y recibió la respuesta “nosotros no tenemos ningún hijo”. El público aplaude en las pantallas como también lo hace el público real de Burlata en el cénit de la historia. Resulta curioso ver al respetable (y verme a mí mismo) aplaudir en un momento como ése: ¡la muerte del protagonista!

Retirada y expectación ante la perspectiva de los bises. Esos bises donde nos iban a ofrecer un ramillete de clásicos de los 80. ¡Ja! Salen los cuatro y, al ver que se saltaban “The real me” (versión de los Who muy habitual en el repertorio de W.A.S.P.) supe que nos despacharían por la vía rápida, como le suele gustar a nuestro admirado Blackie. Tres temas, tres putos temas y todos a casa. Encima, solo dos de ellos eran de los 80. La todopoderosa “L.O.V.E. Machine” fue la elegida para abrir los bises, con un líder –ahora sí- desatado y rabioso, recorriendo todo el escenario y provocando al público como solo él lo sabe hacer.

“Golgotha”, tremendo y homónimo tema de su último álbum de estudio hasta la fecha (del año 2015), con sus 7 minutos y medio, ocupó gran parte del tiempo que pudo haber dedicado a otros clásicos, y nos dijeron adiós con un “I wanna be somebody” desastroso como él solo. Nunca había visto algo parecido en sus conciertos: cada instrumento iba por su lado y era difícil reconocer el tema si no hubiese sido por el estribillo. Un cataclismo que, unido a la poca duración del show (no llegó por poco a la hora y media) nos dejó un mal sabor de boca. Tampoco es que nos hubiera cogido por sorpresa habiendo visto algunas de sus actuaciones en el pasado, pero el show (ni el tour, según parece) no cumplió con lo que se nos había anunciado: Interpretación íntegra del álbum The Crimson Idol (que sí se cumplió, faltaría más) además de tres temas inéditos de la época de las sesiones de grabación (no cumplido) y una segunda parte dedicada a los clásicos. Papel mojado y en total menos de dos horas de concierto ¡Contando con los teloneros!