La vida de los grupos no es muy distinta a la de las personas, aunque, al igual que sucede con los perros, su esperanza es mucho menor: un nacimiento vacilante; juventud centelleante, arrebatadora; madurez en la que cristaliza todo lo aprendido antes; y un crepúsculo en que las facultades no son las que eran y parece inevitable apartarse para dejar paso a los que vienen por detrás. Luego te mueres y por un breve instante se recuerda la gran persona que ha perdido el mundo antes de que todos te olviden para siempre.

La noticia del divorcio entre Thurston Moore y Kim Gordon y, en consecuencia, las especulaciones sobre si la ruptura en lo personal traerá consigo la disolución de una de las bandas más influyentes en la Historia del rock, ha vuelto a colocar a Sonic Youth en el primer plano. Curiosamente en un momento en que los neoyorquinos habían publicado “The Eternal”, su mejor trabajo en años y que hoy empieza a ser visto como su definitivo canto de cisne.

Entretanto el espigado guitarrista (aunque los años no pasan en balde y la habitual camisa por fuera ya no puede disimular una rotunda curva de la ¿felicidad?) fiel a su espíritu aventurero, busca nuevas fórmulas para escapar de un modelo de construir canciones infalible, pero al que el paso del tiempo ha convertido en cliché de sí mismo. Y lo ha conseguido con “Demolished Thoughts”, un disco en el que Moore cambia electricidad por guitarras acústicas y el apoyo de un violín que sirve de contrapunto, lírico una veces y encabronado, cercano a la furia de Lee Ranaldo a las seis cuerdas, otras. Por ahí empezó el concierto con “Mina Loy”, “Blood Never Lies” y la canción que de alguna forma anticipó esta apuesta por su peculiar concepción de la psicodelia, “Fri/End”, de su disco “Trees Outside The Academy” de 2007.

Cada uno de los miembros de Sonic Youth siempre ha defendido sus correrías paralelas en solitario como un ejercicio de salud mental que ha permitido la supervivencia de la banda madre. En 2012, la sensación que transmite Moore al frente de una formación que completan Samara Lubelski al violín, Keith Wood (Hush Arbours) a la guitarra y John Moloney (Sunburned Hand Of The Man) a los tambores, es de redescubrir el gusto por las cosas pequeñas, por giras en salas de mediano aforo, aunque las consecuencias de ello sean experiencias desagradables (“Estamos un poco cansados. Ayer actuábamos en A Coruña y ese sitio, pufffff, está bien jodido…”). También que con un set formado sólo por dos guitarras -acústica de doce cuerdas y eléctrica-, la actuación está condenada a parones para cambiar la afinación de las mismas o hasta solventar imprevistos casi inevitables en su caso, como es la rotura de una cuerda. El que el propio Keith Wood ejerciera de roadie habla bien a las claras, para lo bueno y para lo malo, del espíritu con el que afrontan estos conciertos. Que Moore eche mano todo el rato de un atril para recordar las letras de las canciones también.

El único problema con todo esto es que a la larga termina por condenar el concierto a una duración de casi 100 minutos, excesiva si tenemos en cuenta que una vez completaron la cuota de “Demolished Thoughts” llevando “Orchard Street” a una de esas orgías de ruido que Moore lleva practicando desde los lejanos años de la Glenn Branca Ensemble, el concierto se centró casi totalmente en “Psychic Hearts”, un disco que con algunas excepciones -“Ono Soul” o “Cindy (Rotten Tanx)”. Las dos sonaron- no ha envejecido tan bien como debiera, y al que se le nota demasiado los vínculos con la banda madre allá por la etapa “Washing Machine”, cuando se vieron las primeras muestras de  debilidad de los “sónicos”. Así que cuando llegamos al bis con “Tranquilizer”, “Feathers” y “Patti Smith Math Scratch”, la ejecución milimétrica que los cuatro (John Moloney es un Steve Shelley con motor diesel) exhibieron sobre el escenario no fue suficiente para quitarnos la sensación de que un set más breve habría provocado un impacto bastante mayor.