El grupo estuvo soberbio; el público, entregado; el sonido tan bueno que, a estas alturas, aún resulta increíble creerlo. Los chicos de Robert Smith sudaron de nuevo y lo hicieron durante más de dos horas y media, que incluyeron dos bises, con un repertorio bastante inusual. Se acercaron, en esta ocasión, a su vertiente más tranquila, más ambiental y más etérea, redondeando uno de esos conciertos para verdaderos fans, por mucho que pecase algo de lánguido. Entusiasmo, excitación… y es que el carisma de The Cure siempre va un paso por delante. Tanto como esa solvencia sobre las tablas totalmente envidiable, porque son muchos los grandes discos, las grandes ideas, aunque lo realmente destacable es que los británicos son capaces, en todo momento, de reproducirlas sobre el escenario. Por ello, su retorno a los hits de los ochenta –esos que todo el mundo conoce y espera- resulta todo un placer. Pero hubo pocos. Su set se centró, más bien, en los grandes temas de años pretéritos, y disfrutamos. Se recrearon con especial énfasis en “Disintegration” (“Fascination Street”, “Pictures Of You”, “Preachers For Rain”), acudieron a “Pornography” (“Siamese Twins”, “One Hundred Years”), incluso con “The Head On The Door” (fíjense en que eligieron “Sinking”, el tema que cierra ese monumento pop y, sin duda, la pieza más cadenciosa, oscura y atmosférica del álbum). En los bises, echaron mano de “Faith” (“The Drowning Man”) y “Seventeen Seconds” (impagable “Play For Today”). Al acabar, un “A Forest” convertido casi en himno, con el público acompañando a Robert Smith y Simon Gallup, en el centro, espalda contra espalda, iluminados por un tímido foco. La música cesó y Smith apuntó “¡Perfect!”. Y no se equivocaba.