El jueves, la danesa fue de las primeras en caldear el ambiente de un SónarVillage más que concurrido para las horas que eran. Pizpireta y con unas sorprendentes tablas sobre el escenario, la joven artista defendió junto a su banda y con mucha soltura un debut que la posiciona como uno de los nombres imprescindibles del actual pop electrónico escandinavo. Acabó lanzándose al público de forma triunfante poco después de invocar el “Say You’ll Be There” de Spice Girls. La expectación ante Nils Frahm estaba más que justificada atendiendo a los piropos que recibió hace escasos meses tras su actuación en el Mutek. El alemán derrochó virtuosismo ante un público que se desvivía por cada uno de sus arpegios. Entregadísimo a la causa bañado literalmente en sudor, el compositor ofreció un recital mágico y sobrehumano que dejó el abarrotado Hall con la boca abierta. Un Mozart de los tiempos modernos.

Aprovechando un breve respiro acudimos a la llamada de 2manydjs y James Murphy en Despacio. Sin duda, uno de los mayores triunfos del Sónar de Día. Durante seis horas (cada día de forma ininterrumpida) el tridente puso patas arriba la espacial discoteca construida para la ocasión. Como si de una cápsula del tiempo se tratara, aquello por momentos parecía una versión renovada del célebre Studio 54 con un equipo de sonido que literalmente cortaba la respiración. Himnos perdidos de la música disco, ramalazos funk y vinilos italo ya descatalogados. Shazam echaba humo, y con razón. A partir de ahora cualquier club del mundo nos sabrá a poco porque la atmósfera ahí creada es imposible de reproducir. Ojalá vuelvan cada año.

El kraut electrónico de las japonesas Nisennenmondai provocó una riada de disidentes que no sabían que iban a enfrentarse a una de las propuestas más endemoniadas de la primera jornada. Y lo mismo ocurrió exactamente durante el show de los míticos Chris & Cosey, quienes provocaron una huída del público del todo incomprensible si se tiene en cuenta que cumplieron con creces a la hora de repasar buena parte de sus grandes éxitos (no se olvidaron de “October (Love Song)” o “Coolicon”). Los padres de la música industrial fueron uno de los grandes incomprendidos.
Ya en la recta final, Trentemøller, ante un Hall donde no cabía ni un alfiler, presentó en vivo su último “Lost”. El danés, acompañado de un guitarrista, un batería y una voz solista, protagonizó un directo excelente que abogaba tanto por la electrónica como por los paisajes rockeros.

Ya el viernes, Henry Saiz no dejó pasar la oportunidad de presentar su aclamado “Reality Is For Those Who Are Not Strong Enough To Confront Their Dreams” por todo lo alto. Sobre el escenario se dejó querer por dos vocalistas, una banda y unos visuales que cautivaron al público más madrugador. Se le habría podido programar por la noche sin ningún problema. No se nos ocurre mejor manera de empezar la mañana del viernes. Acariciados por un sol abrasador, Jessy Lanza tenía el difícil cometido de trasladar la sensualidad de su R&B sobre el escenario. Y bien que lo hizo. La sombra de Junior Boys estuvo más que presente durante todo su directo (Jeremy Greenspan fue el encargado de producir su debut, y se nota), que fue ganando en contundencia a medida que pasaban los minutos.
Ya con FM Belfast empezó la gran fiesta en el Village. Los islandeses, con su vocación de verbena electro-pop, desde el primer minuto pusieron a todo el mundo a bailar como locos. No faltó la ya lejana “Underwear” y nos sorprendieron con dos versiones, “Wonderwall” de Oasis y “Pump Up The Jam” de Technotronic, que pusieron el césped artificial patas arriba de cantos hooliganescos. Divertidos hasta decir basta.

Algunos salieron algo decepcionados de Simian Mobile Disco al comprobar que los británicos hicieron caso omiso de sus grandes éxitos. “Whorl”, el que será nuevo lanzamiento del dúo, apuesta por las atmósferas embriagadoras y los sintetizadores espaciales. Tras ellos, también en el SónarHall, Matmos volvieron a demostrar ser unos auténticos nerds de los sonidos de laboratorio. El dúo no se lo puso nada fácil al público, pero al final se dejaron llevar por unos ritmos salseros que nos pillaron a todos por sorpresa.
Bonobo, lejos de presentarse únicamente con sus platos, acudió a la cita con una banda que derrochó clase por todos sus poros. Simon Green, uno de los más apreciados del sello Ninja Tune, arriesgó como pocos moldeando a su antojo un directo a caballo entre lo electrónico y lo orgánico de marcado carácter soulero.

Por la noche, el barcelonés Mr.K! consiguió lo imposible nada más abrir las puertas del recinto ferial de Gran Vía: que todo el mundo que esperaba ansiosamente el estreno de Röyksopp & Robyn bailara frenéticamente. Durante su sesión, hedonista y divertidísima a partes iguales, cayeron desde Duke Dumont hasta remixes de AlunaGeorge o Foals. Mención aparte merece ese magnífico mashup que hermanó a Everything But The Girl con Daft Punk. Tras él vino uno de los platos fuertes de la jornada. Todo eran incógnitas alrededor de cómo Röyksopp & Robyn (en la foto) iban a presentarse sobre el escenario. El dúo noruego abrió la mecha en solitario repasando gemas como “Happy Up Here”, “What Else Is There?” o la maravillosa “Running To The Sea” junto a una de sus últimas vocalistas, Susanne Sundfør, en el primer tramo antes de que Robyn empezara a repasar durante algo más de cuarenta minutos parte de su repertorio. A himnos como “Call Your Girlfriend” o “Dancing On My Own” les faltó algo de bombo y sonaron parcialmente desangelados. No obstante, en los minutos finales dedicados a su EP conjunto, el show ganó en consistencia con una apoteósica “Sayit” y una celebradísima “Do It Again” con baño de confeti inclusive. Lejos de la excelencia (probablemente pulirán muchos detalles de cara a sus futuros conciertos) protagonizaron un directo dividido en tres actos que cumplió las expectativas de los toxicómanos del pop mayestático.

 

Teníamos dudas sobre si Caribou (en la foto) aprovecharía la ocasión para presentar oficiosamente ese “Our Love” que no llegará a las calles hasta dentro de unos meses. Y para nada fue así, más bien al contrario. Obviamente cayó la reciente “Can’t Do Without You” y un par más de sus nuevos temas, pero la cita sirvió ante todo para volver a enamorarnos de su irrepetible “Swim” en una master class de baile orgánico de altos vuelos. Justo después del canadiense nadie se movió del SónarPub para recibir como se merece a Todd Terje, que desde que abrió su live set reivindicando a los Bee Gees convirtió la jungla de asfalto del Sónar en una fiesta playera al aire libre con un colofón insuperable: “Inspector Norse”.

El francés Gesaffelstein, por su parte, en tiempo récord está haciendo grandes méritos para convertirse en el relevo del Vitalic más radical. Atronador y salvajemente adictivo, convirtió el SónarLab en una auténtica rave. Aunque tristemente no podemos decir lo mismo de unos 2many dj’s que fuera de Despacio sonaron sin duende ni personalidad alguna. Volvieron a hacer un guiño a Chimo Bayo, sí, pero su set dejó mucho que desear al recurrir a lugares comunes del techno más facilón.

Con el cansancio ya haciendo de las suyas el sábado, toca sobrevivir a la recta final del festival de la mejor manera que se pueda. El sudafricano Spoek Mathambo fue una buena solución para empezar la jornada diurna gracias a su solvente combo. Hip hop marciano con marcados toques electro que nos ayudó a entrar en calor antes de uno de los grandes atractivos de la tarde: la presencia de Neneh Cherry con Rocketnumbernine. Sobrada de clase, la sueca presentó ese nuevo manifiesto de trip hop que responde al nombre de “Blank Project” con aplomo. Cierto es que hubo números algo aburridos, pero nadie puede poner en tela de juicio que la cantante sigue teniendo unas cuerdas vocales que derrochan magia y sabiduría sobre las tablas. WhoMadeWho, como de costumbre, cumplieron con creces. Con un Village abarrotado, los daneses hasta tuvieron la osadía de marcarse una versión de aquel antológico “Satisfaction” de Benny Benassi que nos pilló desprevenidos. Igual de sorpresiva fue la puesta en escena de Matthew Dear bajo su alias Audion (con una estructura de led’s mucho más interesante que la que empleó Plastikman dos días antes), que nos machacó los tímpanos con su vigoréxico technazo. Lógico que tras él muchos salieran algo desencantados de James Holden. El británico se dejó acompañar de un batería y un saxofonista para presentarnos un complejo “The Inheritors” que, en vivo, tiene más de jam jazzística que de catarsis de baile. Un poco más de garra no le hubiera ido nada mal.

Con la luna brillando entre unas amenazadoras nubes, inauguramos la última noche con Lykke Li. Con un primer tramo dedicado casi en exclusiva a su reciente “I Never Learn”, la sueca protagonizó un concierto bellísimo sobresaliente en el aspecto vocal. Hubo saturación de baladas sentidas y nos puso más tiernos de la cuenta antes de arrancarse con las celebradísimas “I Follow Rivers” y “Youth Knows No Pain”. Demostró a sus detractores que de tablas y carisma anda más que sobrada. James Murphy volvió a demostrar su buen gusto en una sesión de marcado carácter disco. Algo del todo comprensible teniendo en cuenta que era el encargado de caldear el ambiente antes de uno de los conciertos más apabullantes que presenciaríamos en todo el festival. Lo de Chic (en la foto) fue antológico. Nada más empezar, Nile Rodgers ya nos advirtió de que sonarían buena parte de los himnos que a lo largo de su carrera compuso para artistas tan dispares como Diana Ross, Madonna o las Sister Sledge. Y vaya si lo hizo. En un SónarPub hasta los topes sonaron desde “Upside Down” pasando por “Like A Virgin”, “We Are Family” o un maravilloso guiño al “Lady (Hear Me Tonight)” de Modjo. En la mejor fiesta del mundo tampoco faltaron “Le Freak”, “Get Lucky” (no echamos en falta a Daft Punk) o una “Good Times” que nos hizo acabar el concierto con una sonrisa de oreja a oreja. Qué vuelvan cada año.

 

Boys Noize, sin que sepamos muy bien por qué, se volvió completamente loco y protagonizó una sesión muy pasada de rosca con una tralla inhumana que provocó que de golpe y porrazo cayera una tromba de agua de proporciones bíblicas. La lluvia no cesó y deslució el fin de fiesta con un Tiga cero inspirado que ni por asomo pudo hacer frente a la mágica sesión que, un año antes en el mismo escenario, nos brindó Laurent Garnier. Fue de lo más agridulce ver el SónarPub tan desangelado a primera hora de la mañana por culpa de la inesperada inclemencia meteorológica, pero aún estando húmedos de la cabeza a los pies nadie puede echarnos en cara que no lo dimos todo hasta el último momento. Toca recuperarse de tres días de infarto y contar los meses que faltan para volver a vivir una de las mejores semanas del año.   Texto por Sergio del Amo

La edición de este año de Sónar ha supuesto la segunda con más visitantes de su historia con un total de 109.000 espectadores. De ellos casi la mitad ha sido público de día. Eso significa que el formato diurno cada vez está cogiendo más consistencia, y es que no es para menos. A su favor, además de una nueva ubicación, estrenada el año pasado, cuenta con una serie de propuestas de gran calado. Algunas de ellas más allá de lo estrictamente musical. Es el caso del apartado Sónar +D, en el que además de workshops y conferencias, hay presentaciones de producto tecnológico. También se pudo disfrutar con calma de la maravillosa instalación de casi cuarenta metros de longitud y seis metros de altura del artista y explorador de estéticas digitales Carsten Nicolai. O de los conciertos a cargo del proyecto conceptual Machine Variation, de Martin Messier y Nicolas Bernier, los canadienses responsables de “La Chambre des Machines”, o lo que es lo mismo su interpretación de las máquinas de ruido de Luigi Russolo. Pero centrándonos en lo estrictamente musical, no hay duda que uno de los espectáculos más rotundos de la edición de este año ha sido el proyecto Despacio, espectacular recreación de una discoteca clásica de los finales de los setenta y primeros ochenta, en la que sus tres anfitriones, James Murphy y los hermanos Dewaele de 2ManyDjs ofrecían una sesión con lo mejor de sus colecciones privadas de vinilo. Se trataba de un sound system formado por siete torres de altavoces y amplificadores McIntosh de tres metros de altura cada una, dispuestas en círculo y con más de 50.000 vatios de potencia. Comenzaron sosegados, con un tempo marcado a bajas revoluciones, en los que la música disco era la gran protagonista.

Respecto al grueso de la programación de este año, podemos decir que la hemos visto de todos los colores. Durante la jornada inaugural, disfrutamos mucho del concierto de Nils Frahm. Era su segunda visita a Barcelona en apenas cuatro meses, y su directo volvió a ser lúcido y cargado de emoción. Y eso se lo supo hacer ver el público que prácticamente vitoreó todos los temas del set. La sesión de Elijah & Skilliam feat. Flava D. fue demoledora. A base de ritmos urbanos congregaron al público más joven. Nisennenmondai pusieron la nota dark. El trío nipón construyeron un paisaje sonoro industrial a base de bajo, batería, guitarra y pregrabados. No levantaron la vista del suelo ni una sola vez. Lo suyo fue una mezcla de noise, kraut rock y post-disco. Poco después en el escenario SonarDôme, Chris & Cosey se encargaron de dar toda una clase magistral de arqueología de la música hecha con sintetizadores. Y es que hay que tener en cuenta que ellos se encuentran en la matriz de estilos como el EBM, la música industrial y el techno pop. Pero el que se llevó el gato al agua en la primera jornada diurna fue Ben Frost. Su música es auténtico post-clasicismo desestructurado. Se presentó como trío, y a base de sintetizadores, laptops y batería fue despegando su catecismo drill. Ruido blanco con capas sónicas que se iban cruzando y superponiendo hasta conseguir un éxtasis sonoro impresionante.  Por la noche, el primer concierto de Massive Attack fue del todo una decepción. El sonido fue nefasto, y la parte visual, que en principio iba a ser uno de los reclamos del concierto, resultó ser bastante justa.

En la segunda jornada, Sanatruja se encontraron con un aforo reducido. El duro sol del mediodía no fue un gran aliado para ellos. Aun y así se esforzaron a base de dubstep por atrapar a las valientes almas que se congregaron. Henry Saiz puso la cota festiva al mediodía con unas buenas dosis de balearic beats e italo disco. Jon Hopkins fue quien se llevó el gato al agua de la tarde del viernes. En el escenario SonarHall no cabía ni un alma para ver su actuación. Los temas fueron presentados con muchos más resortes rítmicos que en los discos, confiriéndole así una mayor contundencia. Otros que sorprendieron mucho más que en disco fueron FM Belfast con un espectáculo francamente divertido que nos recordó a I’m From Barcelona, pero más electrónicos. Dengue Dengue Dengue también fiestearon, pero a su manera, con cumbia electrónica. Ya por la noche, Röyksopp & Robyn presentaron en primicia un espectáculo impresionante en cuanto a efectos visuales con lasers y proyecciones muy cuidadas. La puesta en escena también caló, configurada por un grupo de músicos con instrumentos electrónicos y sintetizadores. Pero fallaron en la concepción del espectáculo en compartimentos. Fue como ofrecer tres conciertos en uno. Por un lado los temas de colaboración entre Robyn y Röyksopp, por otro los de Röyksopp y por otro los de Robyn. Sin duda el mejor momento fue cuando el grupo escandinavo apareció solo y dibujaron a su aire paisajes oscuros de electro-techno de corte europeo. Moderat volvían a actuar en la ciudad quince días después de haberlo hecho en el Primavera Sound. El trío apareció, cada uno detrás de su mesa de operaciones frente al público, detrás una gran pantalla no dejaba de proyectar visuales geométricos sincronizados con los efectos de luz. Lo suyo fue IDM bailable de altos vuelos. Flux Pavilion llegó para quemar las naves. Su set fue del todo quiebra-caderas, muy a la manera de Skrillex. Pretty Lights fue prácticamente una continuación. Eso sí, el norteamericano apostó por ritmos más negroides como el grime o el hip hop.

 

El sábado pudimos descansar plácidamente en el concierto de Sunny Graves gracias a su mezcla de ambient y IDM expansiva. Se acompañó de visuales expresionistas ideales para la ocasión. Fue momento de cambiar de aires para ver el espectáculo que había preparado Kid Koala (en la foto), que presentaba “Vinyl Vaudeville 2.0”, una locura en la que había cabida para bailarinas, marionetas y jukebox. El canadiense, que iba enfundado con un caluroso disfraz de koala incluso salió del escenario y acabó disfrutando de un baño de masas hacia el final del concierto. Luego fue momento de enfrentarse a un planteamiento mucho más sesudo, con el concierto del norteamericano Matthew Dear como Audion. Su techno inteligente atrapó al público desde el minuto uno. Destacó también su puesta en escena, incrustado dentro de una estructura oval ataviada con luces de LED. Luego WhoMadeWho demostraron que su giro estilístico hacia el rock de manual no lleva a ningún lugar. También fallida la última propuesta de James Holden en la que incorporó vientos a una serie de elucubraciones obtusas. Suerte que estaba DJ Harvey para solucionar el desaguisado que había dejado Holden. Su sesión fue finísima y enloqueció al respetable que se amontonaba en el escenario más grande del recinto. La noche sorprendió por la disminución notable de público respecto a la jornada anterior. Fue momento para la reválida de Massive Attack que ofrecieron una mejor cara que en su comparecencia de la noche del jueves. Mejoraron en el sonido y en la puesta en escena. Esta vez sí que consiguieron atrapar con los visuales y por fin oímos bien las voces de Horace Andy y Robert Del Naja. Por su lado la magistral sesión de Matthew Dear se hizo corta. Sumergido bajo un manto de techno oscuro mostró las claves de su impecable discografía. Sin duda, la suya fue la mejor sesión de toda la noche. Por su parte, y al otro extremo del recinto Chic ofrecieron un concierto sin fisuras, con temas propios –tienen una batería de éxitos impecable- y otros ajenos de Donna Summer, Madonna, David Bowie o Daft Punk. A partir de aquel momento no hubo gran cosa que destacar. Durante la sesión de Boys Noize cayó un chaparrón de órdago que provocó la suspensión de la esperada sesión de Ralph Lawson un poco más tarde. Y desgraciadamente, Tiga, que puso el colofón con la lluvia todavía como protagonista, no tuvo su noche. Sorprendió incluso que se arriesgara con ritmos étnicos al principio de la misma. Pero luego divagó sin conseguir atraparnos ni un minuto. Texto por Lluís S. Ceprián