Imaginen un mundo en que los músicos de rock no aspirasen al estrellato sino a conectar profundamente con sus oyentes y espectadores. Imaginen también un mundo en que el rock estuviese considerado, como la escultura o la poesía, una de las bellas artes. Suena bien, ¿no? Creo firmemente que ese mundo es posible y lo vivido en la jornada de Sound Isidro el pasado sábado 6 de mayo en la madrileña sala Joy secunda mi teoría. Soy plenamente consciente de que comparar la música rock con una de las bellas artes es como comparar manzanas con naranjas (sic). El rock es una forma de arte, sin duda, pero en teoría su finalidad última es el entretenimiento. Supuestamente el rock debe ser divertido.

Ahora bien, imaginen que el rock ya no tiene sentido tal y cómo lo conocemos. Esto quizás es fácil de imaginar porque en muchos sentidos el rock parece haber agotado ya todas sus formulas (incluso la música electrónica o el hip-hop gozan a día de hoy de mayor prestigio cultural). Esto es algo, que de forma más o menos consciente, los tres artistas de la noche parecen haber entendido a la perfección.

Alberto Acinas (Palencia, 1977) es como un aborigen castellano-leonés. Un artista que ha decidido adentrarse en las profundidades del páramo para indagar en el folclore nacional y traerlo de vuelta envuelto en una crudeza casi avant-garde. Con su guitarra de palo y el torso desnudo, desgranó su peculiar cancionero acompañado por un percusionista excelso: Borja Martín-Andino. La unión de ese tradicionalismo sin imposturas y el estruendo industrial que emanaba de aquellas baquetas generaba una tensión primaria. Una salvajada chamánica capaz de penetrar directamente en el subconsciente, como las danzas de la lluvia de los pueblos indigenes o las alucinaciones inducidas por psicofármacos. Puro rock’n’roll.

A continuación Captains se vestían de largo para presentar en directo su reciente debut homónimo: “Captains” (Jabalina, 17). La banda liderada por la alemana Fee Reega y el guitarrista David Baldo contrapone atmósferas inquietantes con explosiones de visceralidad; una suerte de balanceo, siempre al límite, entre la tensión y la liberación que provocan sus composiciones. La irresistible voz, a veces susurrante a veces desgañitada, de Reega junto a los múltiples vaivenes armónicos y rítmicos constituyen uno de los más estimulantes revitalizadores de la escena. Euforia, violencia, agitación y furia conviven con efectos narcóticos y sedantes. Cómo en las mejores familias.

En estas estábamos cuando el plato fuerte de la noche hacía aparición en escena. Los que seguimos de cerca la carrera de Pablo Und Destruktion esperábamos con una mezcla de devoción y curiosidad malsana la presentación del recientísimo “Predación” (Sonido Muchacho, 17), que se publicó el pasado jueves y que le ha llevado, al fin, a protagonizar la portada de nuestra revista. Sobra decir que no defraudó. Pablo nunca haría algo así. La pasión y entrega con la que el asturiano se consagra a su arte hace que todas y cada una de sus apariciones sobre un escenario sean algo digno para el recuerdo.

Con una banda totalmente renovada, que incluye a miembros de The Cynics (Ángel Kaplan, que ya había producido sus dos últimos discos, a la cabeza) y que acentúa precisamente su vertiente más rockera (mucho fuzz), Pablo nos confrontó con las verdades profundas de canciones tan desgarradoras como “Puro y ligero” y “Un salario social” (si esa repetición de “me arrepiento” no te llega al alma es porque no tienes). Con la tragedia familiar como telón de fondo, la lírica de “Predación” constituye un espectacular relato sobre los grandes temas del ser humano: los afectos, los miedos, las creencias, las inquietudes espirituales, el cuerpo, la mente, la creación… un dialogo que comienza en lo más íntimo y consigue alcanzar lo universal o, si se quiere, lo sagrado que habita en cada uno de nosotros.

Incluso los himnos de Sangrín(“Pierde los dientes España”, “Limonov…”) o “Animal con parachoques” (“Extranjera”) resonaron con un nuevo halo de trascendencia. Quizás sea la nueva sección rítmica, quizás sea que el paso del tiempo las está convirtiendo en clásicos o quizás sea que el propio Pablo se ha convertido cada vez más en un auténtico chamán de escena, capaz de domar al público con sus propias fieras internas.

Para muestra su abrumadora interpretación, ya habitual pero nunca repetitiva, de “Busero Español”;  esa maravilla mitad torch song mitad storytelling en la que baja del escenario para cantarle al respetable frente a frente. Impresiona como la multitud le abre paso sin necesidad de que lo pida y cómo el silencio se apodera de la sala frente a la impetuosidad del asturiano. Se respira respeto y hasta cierta congoja.  Aún hubo tiempo para los bises y un emotivo final con su lectura de la canción popular “A la mar fui a por naranjas”, al parecer la primera que escucho en su vida (“ya veremos cuál será la última”): “A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene. Metí la mano en el agua: la esperanza me mantiene”. Si Dios no está aquí, no está en ninguna parte.