Cuando no es la primera vez que asistes a un concierto de Swans, presentarte en la puerta de la sala media hora antes del inicio del mismo es un error de novato que duele cometer. Tras una larga espera en la interminable cola de la Shoko, entramos en una abarrotada sala donde Pharmakon o, mejor dicho, Margaret Chardiet, ponía punto y final a su actuación. A las 21h en punto Thor Harris hace su aparición comenzando a acariciar el gong para crear una oleada de sonido que fue aumentando progresivamente de intensidad a lo largo de los minutos. Uno a uno fueron incorporándose el resto de músicos con sus instrumentos hasta que las botas de Michael Gira aparecieron ante nosotros.

El muro impenetrable de personas que rodeaba el escenario no era un impedimento para experimentar la descarga sonora cercana al dolor que estábamos “sufriendo”, el sonido que se generaba en el escenario era literalmente un asalto físico a los sentidos.
Tras media hora de introducción a base de ruido y repetición, Gira comienza a entonar inexpresivamente “Heroin. Opium. Frankie M”, mientras el resto de músicos desatan su furia a sus espaldas. Sigue “A Little God In My Hands”, dominada por la hipnótica y visceral línea de bajo de Chris Pravdica mientras Thor Harris acompaña al trombón.

Es innegable la calidad individual de cada uno de los músicos sobre el escenario, todos cumplen un papel en la creación de esta experiencia única que es un concierto de Swans. Pero es Gira quien está al mando, dirigiendo a todos ya sea con la mano o a golpe de bota, marcando las transiciones entre pasajes. Antes de “The Apostate” deja su guitarra y comienza a bailar poseído por el ruido mientras escupe las letras al micrófono. “Just a Little Boy”, “Don’t Go”, Bring The Sun” y “Black Hole Man” completan las casi tres horas de un concierto brutal e implacable. Swans tiene uno de los mejores directos en el mundo. La oportunidad de ir a verlos no debería desperdiciarse. Sólo asegúrate de llegar temprano.