Si una panda de extraterrestres despistados cayera por casualidad por ‘la plana’ la segunda semana de septiembre, pensaría: “¿Será verdad eso del “How musical is man?”, que decía Blacking?”. Y es que durante tres días Vic deriva en la capital catalana de la música, albergando la programación oficial del Mercat de Música Viva, la Off, la callejera, el festival InVICtro, l’Hoteler, etcétera. Vamos, que los amigos galácticos pensarían que nacemos con un instrumento bajo el brazo. Y si encima nada más bajar se toparan con Jaume Sisa, Quimi Portet y Joan Miquel Oliver, entenderían que nuestras especies no andan tan lejos. Fueron semejantes mosqueteros los encargados de dar pistoletazo a esta edición especial del festival catalán, la vigésimo quinta, que abría el jueves con conciertos programados por anteriores directores.

Así fue como el Teatre Atlàntida acogió la fusión del “pop intercomarcal”, e intergeneracional, de los tres astros. Intercambiándose el protagonismo, pero con Portet como maestro de ceremonias, los mejores momentos musicales los puso Oliver: maravillosa “Petit homenet”, esencial su guitarra completando “Boletaires”. El experimento no cuajó siempre, por un Sisa un poco diezmado a la voz, pero sirvió como retrospectiva de nuestro pop más ecléctico, mezcla de Ona Laietana y ‘cançó d’autor’. Como ya advertía el crítico Jordi Turtós en la presentación de la edición: “El Mercat, caracterizado por el riesgo, debe siempre hacerse suyo el paradigma de la curiosidad”, y en eso Cabosanroque hace años que andan doctorando. En su nuevo espectáculo, a caballo entre lo andrógino, la robótica y la naturaleza, basado en el ritmo y lo tribal, construyeron bolas de sonido que pidieron, por su crudeza, cierta complicidad del público. Algo más convencional, si eso puede decirse de la extraordinaria capacidad de Andrea Motis, resultó el show a caballo entre el jazz y la copla de la joven de Sant Andreu con la New Catalan Ensemble. Buenas armonías. Lástima de los agudos, algo chillados. En cualquier caso, un binomio con mucho recorrido. Y como se acostumbra a decir, lo mejor, para el final: ya entradas las horas golfas, La Troba Kung-Fú demostró en La Carpa Negra que a veces la faena de los periodistas carece de sentido: ¿Quién podría haber acuñado con más criterio un término para definirlos? “Rúmbia”: pura fusión y fiesta, como demuestra “Santalegria”. Sin fisuras ni contenciones, su música se entiende aquí y allá. Podrían poner a bailar incluso a un esquimal.
El Música Viva es, como su nombre indica, música y mercado: con más de setecientos profesionales acreditados resulta epicentro de la industria nacional –y expandiéndose-. Pues bien, me juego una oreja a que el viernes la mayoría de los inscritos merodeaba el Auditori para ver qué había dado de si el Premi Puig Porret del año anterior. Maria Coma ‘abría’ el sábado -tras la renuncia de Els Pets por indisposición de Lluís Gavaldà- con el nuevo “Celesta” y su parto más difícil, el clavinimbus (familia Baschet). Instrumentalmente, nada varió mucho; el largo se apoya en el piano (más contemporáneo, preciosista), pero ha cambiado el concepto: adiós a la canción, hola a la banda sonora –la de la propia Coma-. Con aire a “Tabarly” (Yann Tiersen) por lo frondoso y emocional, los arreglos vocales dieron sensación de ahogo, demasiadas vueltas sobre si mismos, pero la furia se desataba cada vez que la pianista dialogaba con Pau Vallvé (batería). A la salida del bolo, costaba moverse por el centro de Vic. Macaco tenía colapsada la plaza, aunque mi objetivo estaba en El Sucre. Xoel López venía a relatarnos su experiencia por México y Argentina, cristalizada en el controvertido “Atlántico”. Y sí, Deluxe está muerto. Enterrado. Pero por la fuerza de su mensaje y su manejo –tocó sólo todo el bolo excepto un par de temas, con batería electrónica al pie-, no se aprecia ápice de impostura en su nueva cara. Y se le ve cómodo. Normal, tiene argumentos para emocionar. Ya pasadas las dos, y con retraso notable, salieron a escena Standstill. Con formato adaptado para las circunstancias y con algún que otro problema técnico, cosa que no gustó a Montefusco, se ‘obligaron’ a tirar de hits para contentar al respetable. No fue el día más brillante, con algún acople, masas indescifrables de sonido y algo de frialdad en la ejecución. Pero bueno, son humanos. No todo iba a tratar de marcianos, oigan.

 

Llegaba el sábado, y con él, la última jornada completa del festival tras más de cincuenta actuaciones, algo menos que el año pasado debido al recorte del 10% de presupuesto. ¿El dinero? Se nota sí. Pero menos apoyo había recibido otro de los eventos simultáneos que anunciábamos al inicio: el InVICtro, cierra la persiana. Una lástima tras más una docena de ediciones y un excelente trabajo. Y mientras lamentábamos la pérdida, El Petit de Cal Eril, en una hora que no le hacía justicia, mostraba en La Plaça sus nuevas dotes eléctricas. Más ‘free’. Progresiones y gusto exquisito, como demuestra su expansiva “Com un plom”. Mucho que aportar el de Solsona. Me quedé sin sus últimos temas, pues La Iaia se iba a marcar un ‘sold out’ en casa para presentar “On es la magia?”. No cabe duda que el trío de Vic arriesga, que no son de los de repetir fórmula. Por eso desconciertan, y mucho: del acústico desnudo, al pop-folk, y de aquí a… bien, a la magia. Luces de discoteca, rayos láser y beso de Crusats a su abuela en la platea -esto es Vic amigos, como una familia-. ¿Lo nuevo? Un poquito de ochentas, algo de Vampire Weekend y indie rock para hacer un hit tras otro. Algo chirrió, ¡pero qué bueno que alguien asuma riesgos en el panorama! Y de ahí al centro de nuevo con otros que no andan acomodados tampoco. Delafé y las Flores Azules rizaron el rizo con su “De ti sin mi/De mi sin ti” y a estas alturas presumen de directo rodado, con un Oscar D’Aniello en plena forma –sobreexcitado casi desmonta a Helena Miquel en una pirueta-. Como –casi- siempre, vellos de punta con “Verde”. Otro que nos iba a dejar boquiabiertos es Refree, por su giro hacia la psicodelia ‘a la maniera’ de Emerson, Lake & Palmer. Solvente con su nueva banda, disfrutando de su nuevo directo. Si bien musicalmente lo veíamos capaz de cualquier cosa, y cualidades le sobran –voz no, la verdad, pero ideas sí-, lo más sorprendente versaba en sus textos: comprometidos, políticos directamente. Una faceta nueva que sólo el tiempo dirá si fue circunstancial. Y directos a otro tipo de psicodelia, más mediterránea –¿”mediterránea”? Perdónenme, que etiqueta más floja-. José Domingo desgranó su disco en un set austero, con más gracejo que ambición y eso que, por temas como “Dime que sí”, muchos matarían. Andaba uno ya saturado de novedad, de ponerse el disfraz de crítico, pero todavía quedaba el show de Anímic. Con ellos fue fácil, por eso. No hay quién se resista a Louise Sansom, a su voz, a su solvencia a la batería. Su directo es de los que arbola esperanza entre la oscuridad, y su “Hannibal” es de los discos del año merecidamente.

¡Ay si los extraterrestres hubieran pasado este fin de semana por Vic! A más de uno se lo hubieran llevado. Bromas aparte, lo que es seguro es que hasta ellos se hubieran percatado del buen momento de la música catalana. De eso no cabe duda.