El largo idilio que los granadinos viven con el público madrileño tuvo anoche un nuevo capítulo de oro, con todo el papel vendido. Lo asombroso y meritorio es que el consciente viraje de Los Planetas hacia sonidos ancestrales no ha enajenado a su gente, que mantiene la devoción. Que el personal se sepa ya al dedillo la letanía de la majestuosa “Islamabad” -una de las mejores canciones que han hecho nunca, ahí es nada- lo dice todo. Como revelador es que se codeen señores de tupida barba entrecana embutidos en camisetas vintage junto a veinteañeras con el logo de “Pop” en la espalda de la chupa. Todos unidos por la misma causa. Ya pueden tocar de cabo a rabo su obra magna “Una semana en el motor de un autobús” que perderse en las brumas del Albaicín: las emociones de la banda siguen intactas. Quizá sea eso por lo que se les quiere tanto. No hay trampa ni cartón en lo que hacen. Y han asumido riesgos sin vender el alma al diablo. Todo lo contrario.

Con una imponente colección de canciones incontestables a sus espaldas, el grupo podría limitarse a encadenar una secuencia de hits de los noventa y algo más allá. Pero es la oscuridad telúrica de armonías ancestrales con la que se reinventaron hace una década la que les propulsa en estos días. ¿Son las dos almas dos caras de la misma moneda? Esta dicotomía se mantiene en su nuevo álbum “Zona temporalmente autónoma”, en el que, a un primer disco más denso y de raíces le sigue un segundo con temazos de pop supersónico como “Ijtihad” o “Espíritu olímpico”. Y por ahí discurrió una velada que abrieron sus jóvenes compadres Apartamentos Acapulco con buenas maneras. Por poner un pero, demasiado deudoras de la sombra de su grupo favorito en su etapa canónica de los noventa. La sombra de Los Planetas es alargada.

Sobreponiéndose a un sonido algo embarullado, Jota, Florent, Eric, Banin y Julián, siguieron hasta cierto punto la estructura de su nuevo trabajo, con un repertorio poco evidente, que arrancó con esencias flamencas (fandangos, como repite Jota), con canciones del poderío de “Ya no me asomo a la reja”. Como hilo conductor, la implacable pegada de Eric, los arabescos eléctricos de Florent y las melodías vocales de un J que canta mejor que nunca. “Corrientes circulares en el tiempo” -cumbre de las grandes canciones de desamor que nos han dejado- o “Santos que yo te pinte” -¿cómo se las arreglan para que siempre cale hasta el tuétano?- funcionaron como correas de transición hacia el pop químicamente puro que les encumbró en los noventa. De hecho, cayeron dos de “Pop”: “José y yo” y “David y Claudia” auparon al personal al éxtasis, como lo hizo la encantadora “Nunca me entero de nada”, y el redoble de Eric y todo lo que siguió después de la incombustible “Rey sombra”. Qué bien envejecen las buenas canciones.

El primer bis de los tres que se marcaron llegó con una sorpresa muy celebrada: Soleá Morente y La Bien Querida se unieron a la fiesta en varios temas. Especialmente emotivo fue el dueto de “No sé cómo te atreves”, otra de esas canciones que podrían justificar toda una carrera. La traca final fue literalmente demoledora, con la banda a toda máquina reivindicando su legado indie, lo que les ha traído hasta aquí: “Segundo premio”, “Pesadilla en el parque de atracciones”, “Reunión en la cumbre”, “De viaje” y “Un buen día”. Con la preciosa “Amanecer”, cargada de esa melancolía sureña tan suya, de por medio. En algunos momentos -con “Pesadilla” parecía que el Price se iba a venir abajo- era difícil oír a Jota entre el griterío que replicaba su voz. Pero el entusiasmo está justificado. Búsquenme un grupo español del último cuarto de siglo que pueda encadenar semejante secuencia. Quizá eso lo explique todo. “La próxima vez, mejor”, se despidió un encantado Jota. No será fácil. Pero ése es el espíritu.