Me acerqué a la sala Apolo de Barcelona con la certeza de que la noche iba a ser especial e intensa. La Troba Kung-Fú finalizaba la gira constituida con motivo de su primera referencia discográfica, “Clavell Morenet”, y un servidor llevaba a sus espaldas un bagaje de conciertos recientes como M-Clan, dEUS y Built To Spill muy alejados de lo que significa, pero sobre todo de como se vive y respira, un concierto de la banda de Joan Garriga. Citas en las que el jolgorio del público es tal que se erige en un ingrediente básico, casi vital, en el desarrollo de la fiesta. No importa si por momentos el sonido de los instrumentos queda sepultado por la excitación de la platea, ni tampoco si en otros se notan las costuras del descaro y de los escasos encuentros de ensayo entre los invitados. Lo verdaderamente importante es ese frenesí y, aunque sea un calificativo muy manido por el uso, esa frescura propia del mayor de los desparpajos. Eso y no otra cosa es un concierto de La Troba Kung-Fú: Una fiesta; casi una ceremonia en la que el baile se sobetea de forma lasciva con los cánticos de unas tonadas que tocan la fibra colectiva de los presentes. Aquí no hay secretos. Un tipo encantador, con el que te irías de cañas de lo majo que aparenta, sale con un acordeón y canta con un timbre alto, claro y preciso. Y no sólo lo hace bien sino que despliega el carisma que imprime a sus composiciones de una sencillez tan pasmosa como efectiva. Parece fácil pero no lo es en absoluto. Fusiona la rumba, la cumbia, el dub, el rock y todo el folclore que se le ponga a tiro y lo pasa por un turmix tan personal que la palabra “popular” cobra el sentido que merece. Música que emana del pueblo, de sus raices, de su historia y se lanza a ese mismo pueblo para que lo disfrute con el deleite del baile. No como más la olla. Aquello fue una celebración de la vida y lo vivido. Lo demás son simples tristezas que hemos de meter en el puto saco que todos acarreamos sobre nuestras espaldas.