Con las entradas agotadas desde hacía meses, el enfant terrible de la música clásica aparece sobre las tablas del Arriaga en pitillos negros, Vans y una sudadera de estudiante gringo con el logo CHOPIN en lugar del de UCLA o Harvard. Se muestra  cómodo y cercano, a pesar de que todo el respetable conoce al detalle las más inconfesables de sus intimidades, miserias y fechorías relatadas en “Instrumental”, su autobiografía de éxito internacional. Rhodes es magnético y se come el escenario desde la introducción de su espectáculo, porque esto no es sólo un concierto de piano clásico.

Como buen showman inglés ha venido a vender y lo hace desde el primer tema, la excusa perfecta para anunciar su nuevo libro. En “Cómo Tocar el Piano” presume de ser capaz de enseñar a tocar una pieza de Bach a cualquiera con las narices suficientes para practicar 45 minutos al día durante seis semanas, aunque no tenga nociones previas. Asegura que el Preludio nº1 en Do Mayor del Clave Bien Temperado es fácil, pero mete la zarpa izquierda bien metida en el sexto compás. Porque Rhodes no es un concertista al uso: apasionado y entregado, se abandona a la música. Y no es sólo su actitud campechana y natural la que le asemeja a un artista de pop, no es su historial de usos y abusos lo que le hace parecerse a a una estrella del rock. Se trata de actitud y a James Rhodes le sobra actitud. Está cabreado con el establishment elitista que gobierna el panorama actual de la música clásica, se enorgullece de no ser un virtuoso y contagia admiración por sus ídolos, riéndose abiertamente de la rancia tradición social de los círculos musicales y apuntando a la esencia misma de música y de las personas que la crearon.
Sus hilarantes disertaciones acerca de los autores y sus temas, sus descacharrantes batallas sobre Chopin o Rachmaninoff y las circunstancias en que compusieron las piezas que presenta enganchan a la butaca y la inmersión en la música es inevitable. Porque además y como él mismo asegura, no es un virtuoso, pero sí un concertista experimentado con un dominio de la dinámica y un manejo de las emociones que atrapa y envuelve en el desarrollo de cada frase. Infalible la Sonata Pastoral de Beethoven y vuelta a Bach con la Chacona transcrita por Busoni, que fuera la pieza que le hizo entregarse a la música cuando tenía 7 años. Su técnica es brusca y parece disfrutar especialmente cuando llega la calma tras la tormenta.

“Widmung” de Schumann y sus locuras de amor (o cómo ser un auténtico brasas con la tronca que te gusta), el solo de “Orfeo y Eurídice” de Gluck y comienza la lluvia de bises y ovaciones. Esto si es probablemente lo más molesto de un concierto clásico: diez minutos aplaudiendo cuando sabes que el tipo va a volver a salir a tocar otra pieza, eso sí, mucho más corta esta vez. Y así hasta en cinco ocasiones. Es la única tradición petarda que Rhodes no se ha cargado. “Reverencia, saludo, sonrisa y me vuelvo a ir. Estaré firmando libros a 20 pavos en el hall del teatro”.