El WiZink Center de Madrid se ha convertido en esa Santa Sofía de Constantinopla en la que todos los grandes grupos del mundo tienen una cita ineludible cuando se programa un evento sin precedentes. Depeche Mode es un referente indiscutible que no podía ser ubicado en otro contexto. Música para las masas. Un espectáculo inigualable.

La férrea amplitud térmica que describe a la capital del reino por estas fechas invernales marcaba el contexto idóneo para disfrutar de una banda definida por las melodías frías enjuagadas por la cadencia rítmica del techno pop que ellos mismos idearon en los albores de 1981 con el lanzamiento de Speak And Spell, auspiciado por Daniel Miller, joven pero visionario dirigente de una de las discográficas británicas más importantes de todo el planeta, Mute Records. Treinta y seis años después, y con un espacio repleto hasta agotar entradas, la formación británica más emblemática de la década de los ochenta en lo que a música de baile se refiere nos hacía vibrar de nuevo, haciendo una comedida revisión de sus éxitos más sobresalientes.

Todo empezó con unos teloneros aprobados por la propia banda, Pumarosa, los cuales no dejaron de recordarnos la efervescencia lírica de Siouxsie Sioux gracias a la sincronía vocal de su líder, Isabel Muñoz Newsome, que era pasada por el tamiz instrumental de sesgo industrial y post punk renovado por las circunstancias temporales de una censura subrepticia y complaciente que no se anda con condescendencias.

Tras ello, los míticos Depeche Mode hacían acto de presencia ante un contexto ávido de espectáculo. El cuarteto abrió su repertorio con Going Backwards, el segundo de los singles que presentan su último lanzamiento, Spirit (2017). No tardaron demasiado en plantear una retrospectiva cronológica que se centró fundamentalmente en abordar los grandes éxitos de la última etapa más elogiada por la crítica, y no es otra que la de Ultra (1997). Asestaron tres puñaladas a quemarropa protagonizadas por It’s No Good, Barrel Of A Gun y Useless. A partir de aquel momento, muchos de los presentes colegimos que el espectáculo estaba más sopesado que el Tractatus de Wittgenstein, y que no depararía sorpresa alguna. Y, efectivamente, así fue. Como si de una fórmula magistral se tratase, la banda de Essex comenzó a dejar caer perla tras perla sobre la mesa como si del tesoro del Hobbit se tratase, alternando los grandes clásicos de forma muy estudiada con sus nuevas propuestas editoriales extraídas de Spirit, en particular de los dos temas de cabecera pertenecientes a los sencillos restantes, Cover Me y Where’s The Revolution. Tras un impactante World In My Eyes que nos recordó el porqué nos apasionan Depeche Mode, Martin L. Gore, alma máter del grupo, se marcó un par de profundos cortes ideados a su imagen y semejanza que dejaron sin aliento al respetable. Insight y Home sonaron con más sentimiento que nunca, y los que apreciamos la banda lo sabemos.

Tras la vuelta al ruedo de Dave Gahan, los británicos nos regalaron sus momentos más enérgicos con un repertorio epatante, destacando clásicos como Everything Counts, Stripped, Enjoy The Silence y Never Let Me Down Again. A pesar de la inexorable erosión estética causada por el paso del tiempo y la cada vez más acusada similitud de Dave Gahan con Vincent Price, el atractivo vocalista sabe cómo engullirse de un solo bocado a las quince mil personas que le observaban con gesto de declarada admiración, y eso siempre es algo digno de elogio.

El conjunto decidió retirarse para tomar unos diez minutos de merecido aliento con la intención de despedirse de la mejor de las maneras posibles, y no fue otra que poniendo sobre la mesa su póker favorito: Strangelove, auspiciada por Martin en compañía de un piano desnudo, Walking In My Shoes, A Question Of Time y Personal Jesus, con el que el respetable se rindió una vez más a la voluntad de lo que es por derecho propio el grupo insignia del techno de los años ochenta.

Disfrutar de Depeche Mode siempre resulta un placer inefable. La próxima cita la tendremos el año que viene en el MAD COOL Festival. ¿Quién se apunta?