La semana antes de comenzar el verano es casi siempre la de arranque de muchos grandes festivales del país, y nuestra capital aguanta el tirón reduciendo notablemente su agenda musical. Este año, además, se dan apuestas novedosas en Madrid como el Mad Cool. Aunque nada de esto importa a la escena de hardcore y metal más underground, atemporal y al margen de todo, y siempre agradecida con las pocas bandas que se dejan caer por nuestra tierra. Es el caso de Converge. Los de Boston venían además con las manos vacías, sin un nuevo trabajo desde su “All We Love We Leave Behind” (2012), y cuya última visita fue en Resurrection Fest de 2014.

Abrían la noche Gold, una exótica banda de dark-rock de Rotterdam que ya lleva un año presentando su segundo disco, “No Image”. La puesta en escena resultaba hipnótica, entre el dinamismo de los músicos y la quietud de su vocalista, Milena Eva, que concentra su interpretación en las manos y mantiene una pose de hieratismo místico. Su manejo del ambiente sonoro y su concepción narrativa de la melodía (antimelodía, casi siempre), les convierten en una apuesta extravagante que difícilmente escapará del culto selecto y minoritario.

Menos convincentes me resultaron Harm’s Way aunque infinitamente más populares allá por USA, y, desde luego, más coherentes para con lo que habíamos venido: la descarga de adrenalina. Los de Chicago cambiaron el chip a la audiencia con su brutal puesta en escena, capitaneada por James Pligge, el hombre más fuerte que he visto jamás en un escenario. La actitud y la expresión siempre de desagrado del guitarrista Bo Lueders o del tremendo batería Chris Mills eran la única forma posible de interpretar con éxito temas de la fuerza de “Blinded”, “Mind Control” o “Amongst The Rust”, este último de su más reciente LP, “Rust” (2015). En este punto, el público ya estaba caliente y se dejó ver un pogo-fight al que por suerte James no se bajó a participar.

Esta gira conjunta venía de descargar toda su rabia el día anterior en Hellfest, por lo que la audiencia madrileña había de estar a la talla. Y así fue en el caso de Converge, donde ya por fin la sinergia entre público y músicos se hizo posible. Por un lado, sorprendía ver las caras de gusto de los espectadores de primera fila, que se tragaban los gritos, saliva y sudor de Jacob Bannon (a eso iban), a una distancia del músico que rompía toda ley proxémica. Por otro, el crowdsurfing caótico y las subidas al escenario, como marca el canon, al tiempo que coreaban himnos como “You Fail Me”, “Wretched World” o “In Her Blood”.

Con una formación sólida por más de quince años, y otros diez a sumar a su experiencia, Converge son uno de los más longevos exponentes del hardcore más extremo. Vimos a un Jacob Bannon y aun Kurt Ballou que, si bien ya no son tan jóvenes, saben dar con maestría un show anárquico y hacerlo al mismo tiempo con elegancia. Es siempre un gusto acercarse a su inaccesible música, a obras maestras como “Jane Doe” (2001), y comprobar la buena salud de la que goza esta escena, aunque en el caso de Converge, nunca se les verá hacer sold outs en Europa, salvo quizá en Alemania. Y ver las caras de los más jóvenes que, como los que nos criamos en los 90, íbamos a los conciertos para rendir culto a lo inesperado.