No podía ser de otra manera. El cartel de no hay billetes colgado este año en el Bilbao BBK Live, además de asentar definitivamente, si es que lo necesitaba, el evento, obligar a la organización a imaginar diferentes alternativas de crecimiento, y situarlo como pieza clave en el pódium nacional de festivales, traía consigo una marea humana ya desde la primera jornada. Y si bien, como es habitual, los primeros nombres en abrir cartel no lo hicieron ante audiencias descomunales, sí se observaba mayor gentío que en otras ocasiones.

Los neoyorquinos Parquet Courts presentaban su nuevo disco, el más que atractivo “Sunbathing Animal”, y se presentaban a sí mismos reconociendo que eso de salir al escenario a las seis y pico de la tarde era demasiado pronto para ellos. Evidentemente son más un grupo de garito, de humo y de noche, y ya el inicio con “Ducking and Dodging” indicaba los caminos que llevarían, guitarras urgentes, de reminiscencias punk y garaje, basadas en elementos repetitivos que lo mismo te llevaban a la Velvet que a Television, salvando las distancias, claro. Es mucho aún el camino que les queda por recorrer, pero esos aromas a los primeros Modern Lovers, los serpenteos por el recuerdo de Dr. Feelgood en “What color is blood” o canciones que buenamente pueden convertirse en hits a menor escala, como “Borrowed Time”, bien merece que les tengamos en cuenta. Como también habría que seguir al americano Allen Stone, por más que a su propuesta se le puedan poner varios peros. Metido en el saco del neo-soul, blanquito él y con melenas e imagen muy alejada de lo que uno espera de los nuevos propagandistas de la música del alma, consiguió poner a bailar de manera acompasada a una audiencia que disfrutaba con ese tamiz de pop comercial, de gotas ya sea de funk o de folk, de reggae o de rock sureño, como en la estupenda “Momma gonna punish you”, con la que barniza el soul. No es que tenga una garganta privilegiada en su negritud, pero se defiende más que bien, hace los eternos llamamientos a la confluencia en pos del bien de las energías humanas y se marca una versión soulera del “Is this love” de Bob Marley incidiendo en el fondo jamaicano de su música.

Si el soul de Stone puede tener componentes muy comerciales, lo de John Newman, por mucho que algunos lo pongan en la estela de las grandes voces negras, no deja de ser un simple baño de pop bailongo y discotequero, repleto de comercialidad vacía. Su banda suena profesional, ahí no hay objeciones, pero su música, en el mejor de los casos, puede servir para menear una pierna o una cadera mientras charlas o bebes con otras personas. Poco más. Entre toques ochenteros recordando a ABC y movimientos imitando a Michael Jackson, ni el “Not giving in” de sus compatriotas Rudimental anima la cosa. Distinto, muy distinto es el caso de los madrileños Vetusta Morla, por mucho que se basen en la misma comercialidad, esta vez dirigida al pop-rock. Habituales en la cita de Kobetamendi (han participado en la mitad de las ocasiones), reconocen que han ido creciendo a la par que el propio festival. Y ambos lo han hecho mucho. Cierto que su pop, en ocasiones con ribetes bailables, en otras muy asimilable a la música de estadio, es de estribillos sin complejidades, directo y fácil, pero conecta perfectamente con la sensibilidad de un público muy joven capaz de convertir canciones como “Copenhage” o la épica “La cuadratura del círculo” en un karaoke multitudinario. Tienen el reconocimiento de haber conseguido lo alcanzado en base a sus propios medios y esfuerzo, en “La Deriva” ofrecen el intento de ir un paso más allá en cuanto a significado, y su concierto, su presencia en escena y sus ganas, a pesar de que uno pueda estar muy alejado de su propuesta musical, sólo podría calificarse como de intachable.

Franz Ferdinand
ejercían de inopinados cabezas de cartel de esta primera jornada y congregaban frente al escenario principal la ingente masa de las grandes ocasiones. Comenzar de una tacada con “No you girls”, “The dark of the matinee”, “Right Action”, “Tell her tonight”, “Do you want to” y “Evil Eye” es hacerlo directo al cuello, tomando como base su pop de esencia británica con puro sentido lúdico. Pero también es mostrar su punto más débil, unas canciones cortadas con el mismo patrón, con una estructura tan similar, unas cadencias tan repetidas en cada una de ellas que les hace caer en cierta monotonía. Tal vez conscientes de ello, no esperan a los bises para poner sobre la brasa algunos de sus mayores éxitos, como “Take me out”, “Ulysses” o la nueva “Love Illumination”. Es la esencia de un festival como este, donde la gente busca jarana y baile.

Tal vez por ello era minoritario el público congregado en la carpa cubierta para ver a The Last Internationale desechando el bailoteo de Phoenix. Minoritario y posiblemente el más talludito y cercano al rock de los asistentes al festival. Los de Nueva York mezclan a la perfección el rock de aristas agrestes, guitarras distorsionadas, cierta cercanía a la raíz americana y las urgencias del punk y la high-energy de Detroit con sus arengas políticas. Anarquistas convencidos y militantes, realizan soflamas revolucionarias, interiorizan experiencias personales en “Fire” y suponen un soplo de aire fresco, de rock con enjundia y mensaje, entre tanta propuesta lúdica. Aunque si hablamos de propuestas lúdicas, Crystal Fighters serían sin duda los grandes triunfadores de la noche. Curioso el caso de estos londinenses, hippies reciclados al baile con sentido, sin olvidar sus aspiraciones de amor eterno y corte esotérico, muy arraigados en la magia de las Cuevas de Zugarramurdi y por tanto en la parroquia local. Pertrechados de penachos con plumas, con fajín sanferminero el cantante, lo suyo es un desaforado maremágnum de ritmos tribales, resonancias brasileñas y cadencias tecno, que hacen de canciones como “You & I”, “Champion Sound” o “Love is all I got” pelotazos incuestionables. Y son capaces de introducir guitarras contundentes en temas como “Are we one”. Así que allí quedó la gente, de lo más feliz al ritmo del amor natural