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La carrera de Kan Takahama como mangaka desde su irrupción a principios de este siglo ha basculado entre tres géneros: eso que se dio en llamar nouvelle manga y que en esencia era una suerte de comic japonés de alta intensidad emocional; el melodrama de época; y el género erótico, al que no sólo ha recurrido puntualmente en su obra “oficial” sino que durante mucho tiempo le sirvió de sustento al ejercer de dibujante semi anónima en revistas pornográficas baratas. Su colaboración con Frédéric Boilet, la hermosa novela gráfica “Mariko Parade” que prácticamente fue su puerta de entrada en Francia y España, ya conjugaba de forma magistral dos de esos universos, el erótico y el emocional, aunque buena parte del mérito habría que achacárselo al guión de Boilet. Desde entonces la pequeña pero gran artista de Kumamoto siempre se había mostrado más cómoda en el formato corto que en el relato largo, en parte porque historias como “Two Espresos” (todavía inédita en España) y “El último vuelo de las mariposas” suponian ejercicios de ficción que, por ambiciosos, terminaban resultando excesivamente artificiosos.

A diferencia de aquellos, “Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono” es una obra que nace a modo de homenaje a sus propios ancestros. Más concretamente a la figura de su abuela, una mujer que enviudó en la II Guerra Mundial y cuyo corazón se cerró en ese momento, negándose para siempre a abrirse a otro hombre. El respeto y también la curiosidad por una generación con valores radicalmente diferentes  a los actuales, a los nuestros, se nota en esta historia que recrea los años de pre-guerra a través de las figuras de un editor y un escritor de historias eróticas y las consecuencias que sobre ellos tendrá el estallido de la II Guerra Mundial. Y de esta manera ya tenemos aquí esos tres géneros con los que Takahama había jugado en el pasado y que aquí, por vez primera, consigue encajar con maestría. “Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono” es explícita a la vez que profundamente emotiva, y funciona perfectamente como retrato (civil) de una época decisiva en la Historia de Japón.

Es también la obra más exquisita visualmente hablando de una Takama todavía perezosa a la hora de dibujar fondos, pero que afina en el diseño y ejecución de los personajes. De hecho es una lástima que un volumen que parece haber nacido para el color (para muestra el arranque que puedes ver bajo estas líneas) tenga que conformarse por cuestiones presupuestarias con un austero blanco y negro.

En definitiva, que es una enorme alegría comprobar como la travesía creativa de casi una década, no sin titubeos, ha terminado dando sus frutos en un libro que sitúa a Kan Takahama en la senda de los grandes del seinen.

 

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