El venerable disco con surcos se ha hecho fuerte como abanderado del formato físico en todo el mundo. En 2015 las ventas crecieron un 53 por cien en Reino Unido. No se vendían tantos vinilos en aquel país desde 1991, según la BPI. Se espera que este mismo año se vendan 40 millones en todo el mundo. Cada vez más gente joven se sube al carro. El postureo, además, se va mitigando.


Naturalmente, el vinilo está lejos todavía de salvar a una industria que en los 80 superó los 1.000 millones de unidades vendidas en todo el mundo. En 2016 “Blackstar” vendió 66.000 copias en Estados Unidos, según cifras de la industria norteamericana. El vinilo más vendido fue “Blurryface” de Twenty One Pilots, 2.000 copias por encima del canto del cisne de Bowie. El vinilo supone apenas el 6% del total del negocio discográfico mundial, que parece decantarse por el streaming. Pero hay algo psicológico en su consolidación. En los principales mercados del mundo, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Japón, su crecimiento en los últimos años ha sido vertiginoso, en paralelo al estancamiento o caída del disco compacto (salvo en Japón), despojado hoy de mística y atractivo alguno para el consumidor (¿moda pasajera u ocaso definitivo?). En Estados Unidos, las ventas crecieron por undécimo año consecutivo, hasta superar los 13 millones en 2016. Hay un dato significativo: algunas discográficas comercializan ya la misma cantidad de sus principales lanzamientos en vinilo y en CD, lo cual habría sonado a ciencia ficción hace sólo pocos años. En España las ventas de vinilo crecieron casi un 20% en 2016 respecto a 2015, con 433.000 unidades vendidas, según Promusicae. Las ventas de CD cayeron casi el mismo porcentaje.

Claro que también hay estadísticas inquietantes, como la de que un 10% de los británicos que lo compran habitualmente no tienen tocadiscos. Sí, puede que al principio resucitara porque molaba fardar ante los colegas en alguna tienda de ropa del Soho, Williamsburg o Malasaña, pero como decía Britt Daniel, líder de Spoon en su visita a Madrid, a nadie puede hacerle daño que esté de moda. Y parece que ya es algo más que cuestión de estatus. Nos atrevemos a dar diez razones que justifican su sorprendente vitalidad tras su práctica desaparición del mapa en los primeros 2000, cuando fue relegado a polvorientas tiendas de segunda mano. Desde hace ya unos cuantos años, las pocas duplicadoras que hay en Europa y Norteamérica no dan abasto. Emprendedores, tomad nota.

“Lucen” más

Aquí no hay discusión posible, y eso que en las más de tres décadas de vida del CD hemos visto un notable derroche de inventiva: De los agradables digipacks, a extravagantes y creativos diseños conceptuales tan inspirados como aquella famosa pastilla gigante de Spiritualized. Tenemos hasta tiernas imitaciones de vinilo en miniatura, con su fundita y el disco con los surquitos falsos. Pero seamos claros: por mucha imaginación que se le eche, el CD no puede competir con las dimensiones de la carpeta del vinilo, las texturas de sus fundas y las posibilidades que ofrece con dobles, triples, gatefolds y todos los despliegues imaginables, auténticas fiestas para la vista y el tacto.

No hay más que comparar ambos formatos de los últimos discos de Bob Dylan, los Stones, o el nuevo recopilatorio de Nick Cave: No hay color entre un triste objetillo de 12 centímetros (por no hablar de la maldita jewel box, que se resiste a morir pese al empuje de las fundas de cartón) y su hermano mayor, con mucho más empaque y presencia. No digamos ya si lo comparamos con un archivo digital mp3 o WAV, perdido en cualquier carpeta del escritorio de un ordenador. Además, los irresistibles discos de vinilo translúcido, blanco o de colores variados son hoy frecuentes. Como objeto musical, no hay quien le haga sombra al vinilo. ¿A quién le importa que no se pueda poner en el coche?

Suenan… ¿mejor?

En realidad, y por mucho que les mosquee a audiófilos y románticos irreductibles, no hay manera científica de demostrar que un vinilo suena “mejor” que un CD o incluso que un archivo digital comprimido (el oído humano medio es, de hecho, trágicamente incapaz de apreciar que en mp3 literalmente falta información), siempre que la música en versión digital esté correctamente grabada y masterizada. ¿Mejor en cuanto a qué? ¿Dinámica, alta fidelidad, calidez…? En el caso de la música clásica los CDs nos ahorran ese ruidillo de la aguja que tanto molesta a algunos. De hecho, el CD se ganó al público de música clásica rápidamente, con el director Herbert Von Karajan a la cabeza de los partidarios. Para ciertos oídos, no obstante, los discos compactos de música clásica suenan demasiado clínicos. Aunque los primeros compactos, allá en los 80, sonaban robóticos y planos -y eso que el volumen aún no se había salido de madre como empezó a pasar a mediados de los noventa-, hoy se pueden, y se hacen, CDs que suenan con toda la dinámica del mundo. Y muy cálidos. En realidad, nuestra adhesión sonora a un formato u otro depende de gustos, preferencias, rituales y nuestra propia experiencia y educación musical. Y claro, el ritual del vinilo no tiene nada que ver con el del disco compacto.

No admiten masters brutales

Lo que es rigurosamente cierto es que resulta imposible cortar un vinilo con esos masters de volumen atronador y ultra-compresión que, por desgracia, están generalizados hoy en los formatos digitales -aunque la cosa ha mejorado en los últimos tiempos-. Los masters modernos atienden la idea extendida de que el oyente sólo escuchará el disco en su ordenador o smartphone, y también que hay que aturdirle desde el primer segundo para ganar su atención, destacando entre la marea de estímulos que nos rodea. Pero si fabricáramos un vinilo a partir de uno de ellos, distorsionaría. Sería inaudible. Por lo tanto, la versión en vinilo de cualquier disco que se publique hoy contará con un máster razonable, con dinámica -es decir, diferencia de volumen entre las partes más fuertes y más suaves, lo cual es la esencia de la música-. De nosotros, y de nuestro equipo y altavoces dependerá el volumen a que queramos escucharlo. Y eso está bien: el vinilo nos persuadirá para que nos hagamos con unos buenos altavoces, elemento esencial para el melómano que se precie.

Hoy se fabrican mejor

Es difícil de explicar a un coleccionista que se ha gastado 70 euros en una preciada copia de los Beatles de los años sesenta en su tienda favorita, Discogs o ebay, pero las reediciones de hoy, más allá de emociones y afinidades sentimentales, suelen sonar bastante o mucho mejor que las ediciones originales. A una fracción de su precio. No sólo porque los antiguos vinilos vienen degradados por el tiempo, pueden estar rayados o deteriorados: las nuevas masterizaciones (caso de los Beatles, por seguir con el ejemplo) son fantásticas, y las copias actuales se prensan con masters impecables.

En los años sesenta y setenta, sobre todo las ediciones internacionales se fabricaban a partir de masters degradados, que habían sido reutilizados hasta la saciedad. Hoy esto no sucede. Además, las nuevas copias suelen fabricarse en alto gramaje (se tiende a los 180 gramos ó 140 como mínimo), en contraposición con los discos demasiado finos de los setenta. Había que reducir costes en tiradas que entonces eran enormes (comparen los originales de Led Zeppelin con sus cuidadosas, gruesas y lujosas reediciones, supervisadas por el propio Jimmy Page).

Por supuesto, en esos 70 euros del disco antiguo del coleccionista está el valor sentimental de un objeto que tiene cincuenta años. Pero la realidad es que en cuanto al sonido, hoy el grupo underground más oscuro puede tener un vinilo mejor hecho que el que tenían los Rolling Stones en 1969. Lo cual no deja de tener su gracia. No es casual que en el top 10 USA del año pasado se colaran las reediciones de “Abbey Road” de The Beatles y “A Kind of Blue”, de Miles Davis, que sumaron casi 100.000 copias.

Limitan la duración

En los noventa se hicieron cosas tan disparatadas como que un disco durara 75 minutos. O más. Si te clavaban 18 dólares por él, tenías derecho a tener cuantas más canciones, mejor. Por lo tanto, no sólo se llevó al límite el volumen del formato, sino también su capacidad (cerca de 80 minutos). He ahí la extraña, por decir algo, filosofía corporativa que imperó durante un tiempo: se vendía música al peso. Naturalmente, la inmensa mayoría de los mortales jamás llegaba al final. No digamos, ya, en caso de los discos compactos dobles.

En cambio, aunque se hace puntualmente (cada vez menos), no es aconsejable prensar más de 23 minutos de música en cada cara de un vinilo, para no comprometer fatalmente la calidad de lo que vamos a oír. 40-45 minutos, en total. He ahí la duración ideal de un disco de vinilo que, además, precisa del ritual de cambiar de cara. Qué gran invento.

La limitación temporal, además, agudiza el ingenio y eleva el listón de autoexigencia, hace que el artista seleccione lo mejor de su producción. Si se empeña en ser prolífico, siempre le quedará la posibilidad de hacer un doble. O triple, caso del “tío” Dylan. Stephen Merritt se ha empeñado en hacer un quíntuple, vale. Pero en realidad, muy pocos se lo pueden permitir. Lo cual tampoco está mal, ¿no?

Nos hacen prestar más atención

Durante mucho tiempo los profetas del papanatismo tecnológico que tanto ha calado por aquí nos han repetido que el soporte en el que se disfruta una obra audiovisual no importa en absoluto. Que lo relevante es la obra en sí. Lo otro son pijadas de puristas y gente aburrida. Pero resulta que esto no es tan así. Hay razones científicas que lo cuestionan. En el caso de los libros, diversos estudios han revelado que, nos guste o no, la atención se fija mucho más en la letra impresa en papel que en una pantalla. También somos conscientes de que no tiene nada que ver disfrutar de una película en gran pantalla y a oscuras, con buenos altavoces, que en un ordenador o una tablet, en cuanto a concentración y pleno disfrute de la experiencia.

De modo análogo, la música grabada en vinilo implica un concepto de solidez o permanencia, que no podremos tener nunca con un smartphone, reproductor mp3, ordenador o similar. Al menos, con la tecnología de la que disponemos ahora. Podría decirse, por lo tanto, con argumentos sólidos, que en vinilo los discos calan más, porque escuchar música en este formato supone un verdadero acto físico de interacción con una serie de objetos. Al contrario que escuchar una lista en Spotify. Cada vez más gente es consciente de ello.

Han resucitado las pequeñas tiendas independientes

Tras años de cierres y cierres con los que no se parecía tocar fondo, en el último lustro han empezado a emerger y florecer tiendas independientes especializadas en el resucitado formato: Entre otras, Bajo El Volcán, Y Que Viva Joplin, El Almacén de Discos y Café Molar en Madrid, Decibel y Ultra-Local Records en Barcelona, Flexidiscos en Valencia, Bora-Bora en Granada…Cada vez más tiendas de barrio o de localidades más pequeñas con una clientela fiel y renovada que busca fundamentalmente (o exclusivamente) vinilos: Clásicos y también novedades. Las veteranas, como Power Records en Bilbao, Bloody Mary en Irún (Gipuzkoa), Discos Revólver y Disco 100 en Barcelona, Escridiscos en Madrid o Marcapasos en Granada también han aprovechado el tirón del formato. ¿Qué mayor placer para el melómano que visitar una de estas tiendas en busca de novedades o joyas perdidas entre sus rincones?

No acaban en las tiendas de saldo

Desde hace ya muchos años, justa o injustamente, el CD tiene fama y aire de baratija prescindible y engorrosa, de objeto que nadie quiere. Salvo algunos títulos muy buscados, discos míticos o descatalogados hace siglos, es lo habitual. En cambio, el vinilo se revaloriza. No sólo los clásicos, claro, sino las novedades de estos días, tendrán una vida larga. Lo que es mejor, si se les trata bien podrán reproducirse dentro de mucho tiempo, independientemente de los vaivenes tecnológicos que nos depare el futuro. Con el formato digital, más volátil, el asunto no está tan claro.

Se viene diciendo desde hace años que los CDs tienen una vida mucho más limitada, pero esto depende también de cómo se hayan grabado. En el caso de los CD-R, la desaparición de los datos está garantizada. En definitiva: No es que comprar vinilos sea una inversión en Bolsa, pero al menos no se devalúan casi de inmediato como lo hace su primo pequeño. Al menos, hasta que cambie la moda. Así que si las cosas vienen mal dadas, podrás ganar un dinerito vendiendo tu colección de álbumes. Prueba a hacer lo propio con los compactos. No te dará ni para pipas. Eso, si te los compran, que no es fácil.

Son (algo) más asequibles

Es evidente que las novedades, en torno a los 21/22 euros, están lejos de ser una ganga. Para muchos bolsillos se trata prácticamente de un producto de lujo, lo cual llama más la atención si echamos la vista atrás, cuando los discos se vendían como rosquillas a la mitad o un tercio de este precio. Entonces las tiradas eran enormes, y se podían vender mucho más baratos. Lo que sucede es que pese a todo su reciente auge, el vinilo es hoy un producto minoritario: así de crudo.

Pero con el aumento sostenido de las ventas en estos últimos tiempos, los sellos han podido ajustar algo los precios, con excelentes reediciones de discos de catálogo a partir de 17,99 euros o incluso menos, en el caso, sobre todo, de los lanzamientos nacionales. Cabe esperar que en los próximos años sean aún más asequibles. De todas formas, tiene mucho más sentido vender a 20 euros un vinilo que a 16 o 18 el mismo CD, como está sucediendo con no pocos lanzamientos. Quizá la estrategia de las discográficas sea, precisamente, que el personal se olvide definitivamente del formato de Sony y Philips y apueste decididamente por el vinilo. Ironías de la Historia.

La oferta es ya muy amplia… e incluyen la descarga digital

No sólo las novedades se cuidan mucho en cuanto a carpeta, gramaje y máster, sino que los sellos están lanzando constantemente espectacular fondo de catálogo: Discos que no salieron en vinilo en su momento, o de formaciones de culto que no veíamos desde hace mucho, mucho tiempo. Incluso bandas sonoras de películas o series (acaba de reeditarse la de “Twin Peaks”) o recopilaciones de nivel. La oferta es cada vez mayor, la variedad es enorme, bien es cierto que las tiradas suelen ser limitadas, como se comprueba con el Record Store Day y los problemas para hacerse con lo más demandado, en especial de artistas clásicos o de culto.

Un ejemplo: El nuevo single de The The se agotó en cuestión de minutos, con algunos espabilados vendiendo copias en eBay a más de doscientas libras ante la indignación de Matt Johnson. No sólo las multinacionales, sino pequeños sellos se dedican a hacer estupendas reediciones de cada vez más referencias, y de todos los géneros. Además, la gran mayoría de los vinilos incluyen un cupón para descargar la versión digital, como detalle o deferencia hacia el comprador. En algunos casos vienen con su CD gemelo, que ya es el no va más. En definitiva, el vinilo ha dejado de ser moda de hipsters o chiste elaborado (como lo es, ciertamente, la voluntariosa y forzada resurrección del cassette, aunque tampoco hay que dar nada por seguro a estas alturas) y se postula como formato físico bandera para los próximos años. Al menos, hasta que el CD recupere un poquito de mística. ¿Improbable o no? ¡La vueltas que da esto!

¿El ocaso del CD?

El disco compacto se presentó mundialmente en Nueva York hace justo treinta y seis años, en la primavera de 1981. En el otoño de 1982 se publicaron en Japón los primeros títulos: mucha música clásica, Billy Joel, Pink Floyd, Simon & Garfunkel… En marzo del 83 llegaban a Estados Unidos y Europa, aunque su penetración sería lenta por varios motivos: los primeros reproductores disponibles costaban una fortuna (1.000 dólares de la época) y ni la industria ni el consumidor veían la transición clara. A los más audiófilos, además, les sonaba raro, duro y frío. Hoy cuesta creerlo, pero la industria norteamericana se mostró inicialmente muy escéptica respecto al cambio.

No obstante, el plan maestro de Sony, Philips y las discográficas, que se embarcaron en una cruzada para que el consumidor cambiara su colección de vinilos por los CDs y revitalizar así las ventas que empezaban a estancarse, acabó funcionando. La industria se benefició en los años noventa de cifras estratosféricas y vivió su última edad de oro, como se puede ver, por ejemplo, en el documental sobre la malograda cadena norteamericana de tiendas Tower Records “All Things Must Pass”. Una era dorada con un final abrupto: la generalización del archivo digital comprimido mp3 a finales de los 90 y en los primeros años del nuevo siglo, que dio pie a la posibilidad de generar copias idénticas que se podían compartir fácilmente, resultaría letal para el formato digital físico, lo que para muchos puso en evidencia el catastrófico error de dar por amortizado al vinilo, relegado a espacios residuales en las grandes tiendas (¡en la sección de “techno”!) o desaparecido por completo. Algunos ven también en las brutales masterizaciones que se generalizaron en lo peor de la guerra del volumen, una causa indirecta del cansancio del consumidor, cuyos oídos se habrían saturado fatalmente con el CD. Lo cierto es que numerosos títulos que sólo se publicaron en digital en aquellos años están saliendo en vinilo, por primera vez, ahora. ¡Bienvenidos sean!