Aunque, en la actualidad, a Brian Eno se le suele apreciar por sus producciones musicales y por su cosecha impepinable de citas, no hace falta rascar demasiado para darse cuenta de que la verdadera fuerza motriz de su discurso reside en las distintas etapas de su propia obra. Aprovechando la reedición de los fantásticos “Here Come The Warm Jets” (1974), “Taking Tiger Mountain” (1974) y “Before And After Science” (1977), echamos un repaso a su imprescindible trayectoria.

1.- “Here Come The Warm Jets” (1974)
La partida de Brian Eno de Roxy Music estaba cantada. Un talento como el suyo a la sombra permanente de Brian Ferry era un desperdicio innecesario. No hay más que dejarse abstraer por la decena de canciones que conforman esta obra, donde el chamán del sintetizador aerostático despliega un surtido de características en futuros trabajos suyos, tanto en sus discos como en sus producciones para David Bowie y Talking Heads. Así ocurre en la atmósfera espectral, cinematográfica cuasi grotesca, de “Dead Finks Don’t Talk”, en la que se palpan indicios de las voces animalescas, desarrolladas poco después por David Byrne, heredadas previamente de David Bowie. Por la parte de este último, la conexión con The Velvet Underground queda de manifiesto en “Needles In The Camel’s Eye”. Aunque más representativas son “The Paw Paw Negro Blowtorch” y “Baby’s On Fire”, cortes en los que las cuerdas de la guitarra suenan como si estuvieran siendo rasgadas con una cuchilla de afeitar. Precisamente, en esta última, la sensación de tensión creciente anticipa el gusto del Bowie berlinés por el crescendo progresivo, casi inapreciable.

2.- “Taking Tiger Mountain (By Strategy)” (1974)
Brian Eno estaba sembrado. El mismo año que se sacaba de la manga la primera de las piedras rosetas de su discografía, le daba soberana continuación con otro disco trufado de un nuevo catálogo de acompañantes, sencillamente, despampanante. El más relevante de todos, un Robert Wyatt en el pico de sus poderes vocales. Por la parte de Phil Manzanera, su guitarra sigue dibujando escorzos imposibles y soñando filigranas eléctricas fantásticas. Según Eno, el título de este trabajo “provenía de la dicotomía entre lo arcaico y lo progresivo”. Pero su verdadera esencia proviene de su panorámica eminentemente arty y de la metodología utilizada en el estudio, basada en “Las Estrategias Oblicuas”, un juego de cartas repleto de aforismos, que utilizaron como guía para cada uno de los pasos tomados en las sesiones. Mensajes como “enfatice las repeticiones”, “haga primero lo último” o “honre al error como a una intención oculta” dieron forma a un disco tan divertido y experimental en la manera de armarlo como monumental fue el brainstorming que acabó derivando en esta nueva demostración capital de art-rock.

3.- “Another Green World” (1975)
Nueva muestra de su plenitud artística, para esta ocasión Brian Eno integra la patente glam rock/proto-post-punk con su vertiente ambient, enfatizada ese mismo año con el sobresaliente “Discreet Music”, en un híbrido que podría colar de cómo habría sonado un disco de Klaus Schulze de haberse dado un garbeo a principios de los setenta por el Londres de Ziggy Stardust y Marc Bolan. Sin embargo, “Another Green World” tiende sus tentáculos hacía geografías sonoras como la gran torre de babel de expresión oceánica que Miles Davis estaba proponiendo en aquellos tiempos. Bajos densos como anacondas famélicas, efectos acústicos ahogados, electrónica como una caricia en papel de lija, la enorme cantidad de variables propuestas redundan en un cuerpo que funciona a base de contrastes pronunciados. De hits de libro como “Golden Hours” y “I’ll Come Running” a piezas nacidas para adivinar el futuro de la simbiosis entre pop y electrónica naturalista, tales como “Everything Merges In The Night” y “Sombre Reptiles”. De este último ejemplo, se atisba el ADN de bandas que, como “Ultramarine” o “Seefel”, ampliaron la ortodoxia electroacústica hacia una renovada comprensión rock de la materia ambient.

4.- “Cluster & Eno” (1977)
El mismo año que el azote punk ponía todo patas arriba, Brian Eno volvía a la esencia de sus dos primeros álbumes por medio del majestuoso “Before And After Science”. Con esta obra, subrayaba la relevancia de su propio legado a la hora de adivinar la insurgencia post-punk, así como ya había dejado claro tres años antes del comienzo de la trilogía berlinesa de Bowie por medio de sus dos primeros largos en solitario. Fue precisamente en la capital germana donde Eno se convirtió en la mano derecha del gran transformista del pop. Berlín también era la ciudad de Cluster, dúo con el que Eno estaba predestinado a trabajar, pero sobre todo junto a Conny Plank, el productor que, entre otras cosas, había inventado el motorik, junto a Michael Rother, que ponía ruedas al krautrock. Así fue como entre Hans-Joachim Roedelius, Dieter Moebius, Brian Eno y Conny Plank se dio el entorno idóneo para cimentar una pieza pionera del etnoambient. Apoyada con invitados del calibres del nigromante avant-garde Asmus Tietchens y de nada menos que Holger Czukay, esta pieza de arte refrenda la constitución de un frente que, en contra de los postulados revivalistas punk, basados en tomar la sencillez del rock & roll de los años cincuenta y desproveerla de técnica, buscaba grietas a través de las que adivinar posibles directrices para el futuro. O lo que acabó siendo conocido como post-punk.

5.- “Fourth World, Vol. 1: Possible Musics” (1980)
Al igual que la alianza entre Brian Eno y Cluster fue un hecho que respondía a una lógica mayor, lo mismo se puede decir de su trabajo en comandita con el pionero del fourth world, Jon Hassell. De nuevo, se hace patente en la obra de Eno la conexión con el Miles Davis oceánico, aunque en esta ocasión es cimentada a partir de su concepción raga del jazz rock que dirime las constantes de “Big Fun”. De hecho, esta media docena de piezas crecen dando respuesta ambient a dicho trabajo del Proteo del jazz. Tal paralelismo queda condensado en Charm (Over ‘Burundi Cloud’), donde la misión del loop naturalista creado para la ocasión cobra sensación mántrica en sus más de veinte minutos de duración; literalmente, una representación espiritual del subtítulo de la canción. La mirada occidental se pierde en la abstracción del velocidad taciturna, anclada, de la cultura india. De esta hipnosis brota una anomalía entre dos formas antagónicas de contemplar el proceso creativo, floreciendo como un mundo nuevo recién descubierto. El mismo que tan perfectamente había ideado Eno tres años antes en la segunda cara de Low, cuando forjó junto a Bowie un sentimiento geográfico con denominación de origen afro-germana.

6.- “My Life In The Bush Of Ghosts” (1981)
La obsesión de Eno por el gamelán, el ritmo africano y la cultura oriental influyó sobremanera en David Byrne, junto al que dio forma a las tres obras capitales de Talking Heads: “More Songs About Buildings And Food”, “Fear Of Music” y “Remain In Light”. Eno y Byrne habían cuajado sus intereses comunes por el bien del grupo, pero antes de ponerse manos a la obra con “Remain In Light”, encontraron un espacio de tiempo para poder manifestar sus inquietudes sin los corsés de la canción pop. De nuevo, el choque cultural entre occidente y oriente es el motor que propulsa un profundo enfoque ambivalente. Eno hace acopio del mismo estado de desorientación autoinducido por Bowie: el vagar continuo del nómada que ya no sabe distinguir el entorno ni el tiempo que lo rodea. Góspel, avant-garde, cantos ancestrales, avant-funk, etnoambient, cada uno de las once canciones que se expanden entre los surcos de este álbum es una oda a la espeleología en busca de nuevas texturas, timbres, ecos y, en definitiva, de un universo sin localización posible ni específica.

7.- “Ambient 4: On Land” (1982)
Cada una de las cuatro piezas que conforman las “ambient series” de Brian Eno es una muestra de las posibilidades del estatismo y la aplicación de las formas del haiku y el loop dentro de las grabaciones electrónicas. No obstante, en la cuarta parte fue cuando Eno alcanzó la máxima emotividad de su discurso. De ello tuvo, de nuevo, la culpa la aparición de Miles Davis en su vida; y más en concreto del corte “He Loved Him Madly”, que ensanchó la vías subjetivas de este género hasta el punto de ser básica para la constitución de esta obra pivotal. Así como llegó a reconocer el propio Eno: “Poco después de regresar de Ghana, Robert Quine me regaló una copia de “Miles Davis, He Loved Him Madly”. La producción revolucionaria de Teo Macero en esa pieza me pareció que tenía la calidad ‘espaciosa’ que yo buscaba. Y, al igual que “Amarcord”, también se convirtió en una piedra de toque a la que regresé con mayor frecuencia”.

8.- “The Pearl” (1984)
La red de colaboraciones de Eno prosigue su curso con Harold Budd, otro tótem de la música ambient. En el meridiano entre un recogimiento atmosférico total y la expresión new age, “The Pearl” avanza sobre un desfile inmemorial de teclas congeladas en el tiempo. El efecto parece abducir al oyente hacia un infinito donde la nada recuerda a ese “sonido silencioso” tan característico de las películas de ciencia-ficción de corte filosófico tan en boga durante los años sesenta y setenta.
No hay asideros a los que agarrarse en estos cuarenta minutos de caída libre. La máxima expresión del minimalismo es el billete de ida, sin vuelta, en este viaje hacia lo más hondo de una melodía que parece articular rondas concéntricas sobre nuestra cabeza. Lentamente, a paso de tortuga, como si nunca quisiéramos ver el final de tan sembrada eclosión de belleza.

9.- “Wrong Way Up” (1990)
Siempre ensombrecido por “Songs For Drella”, en aquel mismo año John Cale encontró en su homólogo inglés, Brian Eno, la excusa ideal para hacer un nuevo intento de condensar todos sus años de experimentación bajo ropajes de contornos más pop. La división de labores únicamente es distinguible en el aspecto vocal, y no tanto… Entre ambos confluye una realidad imperante: su visión heterodoxa de los patrones pop. Si a su querencia implícita por subvertir consensos le sumamos un estado de gracia compositivo, el fruto recogido recuerda al Eno de “Before And After Science”. Por esta misma razón, ¿no es acaso In The Backroom una de las pruebas más rotundas de la deriva ambient del rock? ¿No es “Cordoba” una muestra embelesadora de pop minimalista? Desde la otra punta, “Spinning Away” es otro ejemplo majestuoso de sintetizar con total naturalidad corazón de filias post-punk, pop de terciopelo y background ambient. Lo mismo ocurre en el resto del trayecto, con la fabulosa “Footsteps” certificando lo paralelismos que siempre ha habido entre los trabajos de Cale y Eno. El porqué de lo totalmente inadvertido que pasó este disco quizás tenga que ver con tan chusca portada, cuyo diseño de Arcade ochentero parece ser el resultado de haber perdido una apuesta. Eso sí, Chris Isaak habría matado por ser la voz espectral que surca ese country catedralicio que responde al título de “The River”.

10.- “The Ship” (2016)
Tantos años de interactuaciones entre dimensión sonora y visual no siempre dieron con el equilibrio esperado. Al igual que Bowie y Cale, Eno también sobrevivió en los noventa y la primera década del siglo XXI tirando de fondo de armario; y, eso sí, también dando de vez en cuando en el clavo, como en el fabuloso Neroli. El autoimpuesto proceso de reciclaje propició un crisol de trabajos que ya no abrían ventanas hacia el futuro, sino al pasado. Una vez asumido su nuevo rol dentro de la cadena alimenticia del pop, Eno ha renacido en esta década gracias a una serie de trabajos, a cada cual más jugoso. Uno de ellos, “The Ship”, prueba que no ha perdido el toque para crear atmósferas de poso atemporal. De su uso antártico del drone a su necesidad de metaforizar la cadencia regresiva de la historia a través del no-movimiento, Eno planea con su voz ingrávida sobre un océano ambient expuesto bajo su percepción del viaje catastrófico del Titanic, suma representación del ser humano destruido por sus creaciones mecánicas. Como último atraque de tan solitario crucero, cierra el círculo velvetiano que abrió cuarenta y cuatro años antes con el primer disco de Roxy Music, y lo hace por medio de una versión sumamente espectral de “I’m Set Free”, toda una declaración de principios de uno de los gurús que más soluciones han aportado en la metamorfosis del pop y la electrónica de este último medio siglo.