La secuencia se repite: corren como la pólvora los primeros rumores en webs de gossip businnes como TMZ, las redes sociales se incendian y al cabo de una hora tenemos la confirmación oficial. Esta siendo un año especialmente aciago para algunos de los grandes tótems que hicieron de la música popular una de las principales fuerzas motrices de la cultura del siglo XX. Hace solo unos meses era Bowie. Ahora es Prince. El pasado día 15 había sido ingresado de urgencia. Posteriormente fue dado de alta, e incluso se permitió dar un concierto. Al parecer, una fuerte gripe que arrastraba en las últimas semanas puede haber tenido la culpa. Pero nada hacía presagiar que su cuerpo iba a ser encontrado sin vida en su residencia de Paisley Park, el jueves por la mañana.

Será un tópico que escucharán cientos de veces en los próximos días, pero con él se va uno de los indiscutibles grandes nombres de la historia del pop. Del pop en su sentido más amplio, sin denominaciones de origen restrictivas. Porque aunque su perfil emergió muy ligado al funk, como una suerte de talentoso reformulador de las enseñanzas de George Clinton, Rick James, Bootsy Collins o Sly & The Family Stone, pronto mostraría no solo sus dotes de músico total (empuñando la mayoría de instrumentos presentes en sus grabaciones y autoproduciéndose), sino también su condición de genio para integrar en un mismo credo varios lenguajes. Conjurando el jubiloso fulgor de las mejores canciones de Marc Bolan al frente de T Rex, la lasciva sensualidad del mejor funk, las flamígeras guitarras de Jimi Hendrix y esa capacidad para pergeñar viñetas de pop radiante que parecía haber heredado de los mismísimos Beatles. El caso es que Prince Rogers Nelson facturó una retahíla de álbumes entre 1980 y 1991 que nadie ha podido superar. Ni por lo prolífico (prácticamente a disco por año) ni por su infalible listón cualitativo, dotado del halo de la infalibilidad. Ni Michael Jackson mantuvo nunca tal promedio entre cantidad y calidad. Así fue al menos hasta finales de la década de los 80, en que empezó a flaquear pese a la incontables gemas que aún se diseminaban en cualquiera de sus trabajos.

Habrá opiniones para todos los gustos -y ahí reside también la gracia de todo este negociado-, pero desde aquí nos aventuramos a citar, sin mayores complicaciones, al menos cuatro obras maestras de la música pop con su firma, editadas en un escaso margen de tiempo: “Dirty Mind” (Warner, 1980), “Purple Rain” (Warner, 1984), “Parade” (Warner, 1986) y el doble “Sign O’ The Times” (Warner, 1987). Álbumes de una belleza caleidoscópica, de una desbordante riqueza de registros, regidos por una inspiración suprema. Con el cambio de década y el inicio de sus pleitos con la Warner, aquella época -entre 1993 y 1996- en la que se definió como un esclavo de la discográfica y cambió su nombre por el famoso símbolo del círculo y la flecha invertida, comenzó también el declive. Desfiló por EMI, Arista, Columbia o NPR (llamado así por la New Power Generation que le acompañaba), una inestabilidad editora que tenía su reflejo en una carrera ya errática, plagada de proyectos conceptuales grandilocuentes y vacuos, aunque con algún ocasional repunte de interés. Como “Musicology” (Columbia/NPG, 2004) o “3121” (Universal, 2006), que fue su primer número uno desde la BSO de “Batman” (Warner, 1989).

En julio de 2007 regaló “Planet Earth” (NPG/Columbia, 2007), su trigésimo segundo álbum, en el Reino Unido, a todo aquel que se hiciera con una copia del periódico The Mail On Sunday, en una de las primera maniobras de esta clase a cargo de un músico célebre. De hecho, lo hizo un poco después que Rubén Blades idease una estrategia similar, pero también antes de que Radiohead despacharan su “In Rainbows” (XL, 2007) en internet a cambio de la voluntad, ante la aclamación popular de medio mundo. Y no está de más subrayarlo. Su último trabajo, las dos entregas de “HITnRUN” (NPG/Universal, 2016), arrojaban un saldo tan infructuoso como cualquiera de sus últimos precedentes. Por mucho que ahora pueda escocer, Prince llevaba años con las constantes vitales bajo mínimos en términos creativos. Una presencia agonizante, sombra de lo que una vez fue.

Su influencia fue decisiva para entender la música que posteriormente facturarían Terence Trent D’Arby, Cameo, Bobby Brown, Lenny Kravitz, Outkast e incluso el Beck más travieso (el de “Midnite Vultures”, en 1999). Y su sombra ha seguido -y seguirá- proyectándose sobre cientos de músicos adscritos a diferentes trincheras creativas.