El documental sobre Lou Olangua ya disponible en Youtube en euskera y castellano
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El documental sobre Lou Olangua ya disponible en Youtube en euskera y castellano

Holden Fiasco — 23-03-2020

"LOU. Dantzan jo ta ke, oinak lehertu nahian" es el título de un documental que se estrenó en 2019, recibiendo el premio del público en esa edición del Festival de Cine Documental Musical Dock of the Bay.

Vale, igual llegamos un pelín tarde, pero, en realidad, la noticia es otra: el pasado mes de febrero, el documental fue compartido en la plataforma YouTube (ver en la parte inferior), con subtítulos en castellano acompañando a las entrevistas en euskera, que no son todas. Dirigido por Andrea Lopetegi, Izotz Barrio y Usua Garin, este trabajo recoge, en 58 minutos y en dos idiomas, la historia de Lou Olangua, a quien presentan como una de las primeras voces femeninas en el rock de la década de los ochenta. Lou Olangua fue la vocalista en grupos como Humedecidos, punk de la época; O.K. Korral, el llamado euskalbilly, rock de raíces americano en euskera; y Las Lagartas, vuelta al rollo punk, como demuestra la canción que ilustra su presencia en el documental, una versión en directo del “Tía, vete a cagar” de Espasmódicos, que ellos convertían en “Anda tío vete a cagar”.

El documental cuenta con la participación de varias personas cercanas a la cantante o a la época, periodistas, colegas de profesión, amigas: Reyes Torío, Mikel Insausti, Garbiñe Ubeda, Iñigo Muguruza, Marimin Aizpurua, Mikel Kazalis, J.J. Iribar “Max”, Dani Ulacia, Mariví Ibarrola y muchas otras que, me imagino, han colaborado sin salir frente a la cámara. Entre todas ellas, consiguen completar un retrato de la protagonista que insiste en atributos como su vitalidad, atrevimiento, naturalidad y actitud: “pintona” (Ibáñez), “rebelde sin causa” (Ulacia), “fuerza motriz” (Torío), “animal de escenario” (Insausti), “poderío” (Ubeda)… En una palabra, “rock’n’roll” (Kazalis y Torío), con todo lo que eso conlleva, como explica el primero de ellos: fiesta, provocación, rebeldía. Lou Olangua fue “irrepetible”, dice Mikel Insausti; rompieron el molde con el que la hicieron, se explica Arturo Ibáñez. Sin embargo, su historia, contada aquí, expuesta así, de voz de los que la quisieron y ofreciéndosela a los que no la conocieron, se convierte en una historia mucho más amplia, un círculo que abarca terrenos más extensos.

Y es que el documental orbita por esos círculos, tiene la misma rotunda redondez que la vocal que no se pronuncia en el nombre de la protagonista. Quiero decir que no se habla solo de Lou Olangua, aunque ella sea la protagonista. De la historia particular se pasa a otros temas más generales, como el lugar que ocuparon las mujeres en la escena musical de aquellos años, y por extensión, en la sociedad de la época; aspectos lingüísticos; o la dimensión estética y la importancia de la actitud en la escena y propuesta de aquella generación. Círculos de distinto diámetro que van uniéndose, enredándose los unos con los otros, demostrando aquello que dijo en alguna ocasión, no recuerdo cuándo ni cómo, el propio Bernardo Atxaga: que la única forma de llegar al mundo es a través de la diminuta puerta de una ratonera; en otras palabras, que las historias pequeñas engendran las grandes, que los círculos gigantes contienen millones de diminutos círculos en los que se reflejan. Así, se empieza, por ejemplo, hablando de los años 80 y se acaba con el círculo más pequeño: los Humedecidos y el Zarautz de aquella década. La estética se explora en toda su magnitud, desde el estilo más personal de la protagonista, hasta el estallido multicolor en respuesta a los tonos grises del tardofranquismo. Se habla de la muerte, del fallecimiento de Lou Olangua, y se hace con elegancia, compostura y sentimiento, para agrandar, al instante, el radio del círculo y hablar desde la perspectiva de género.

Círculos que se mezclan, esferas que se confunden, radios y diámetros que se dilatan, en un documental que, por otra parte, recurre al lenguaje y el ritmo convencional del género, intercalando distintos materiales (grabaciones, fotografías, documentos, entrevistas) para completar su recorrido. El documental se abre con Lou Olangua dibujada, vistiendo minifalda, medias de rejilla, camperas que retumban al pisar. Coloca un ampli sobre el suelo y monta la batería, mientras, una voz en off, la suya, viva y lozana, explica que empezaron en el 83, 84, con un ampli para todos, una batería y “a chutar”. Sobre ese mismo escenario, con ella impresionada en una pantalla al fondo, se cierra el documental cincuenta minutos después: cuatro músicos adaptan una canción de O.K. Korral hasta hacerla imperecedera, hasta traducir en acordes la esencia de la eternidad. En el resto del documental, el tiempo se difumina, la narración se escabulle entre las costuras formales. No hay narrador, por ejemplo, ni se sobreimpresionan fechas que establezcan el visionado; no hay secciones ordenadas, aunque haya orden; no se dirige al que lo ve por un camino marcado, ni se intenta atrapar el tiempo y desmenuzarlo. Se contiene ahí a Lou Olangua, pero también se transmite cómo desborda, cómo es capaz de salvar, de saltar por encima de las líneas de los círculos.

Porque, y perdona que me ponga intenso, cursi si te lo parece, el amor es la fuerza que impulsa esos saltos. Me acordaba, al escribir esto, de aquella canción en la que Tim Easton anunciaba que ya solo quedan dos cosas que importan en este mundo: el amor y su carencia. En este documental, el amor triunfa y transciende a la muerte. Si ves el documental, sabrás por qué procede ahora que mencione esta canción, el “Don’t Worry about Me” de Joey Ramone, pero incluso si no lo haces, procede porque coincide que en ella se habla, sin saberlo, de Lou Olangua: “standin’ by the corner in a mini skirt / you’re the kinda girl that you just can’t forget”. El amor, y es la última vez que lo escribo, es la única arma contra el olvido. Ya lo decía Miren Midengia en Euskalerria Irratia cuando hablaba del documental: aquellos que lo vean sin haber tenido la oportunidad de conocerla, tendrán pena de no haberlo hecho. Y algo así, esa nostalgia que no te pertenece, que se entrevera de serena ventura, es lo que parece susurrarte la guitarra de Arturo Ibáñez en la preciosa canción instrumental que cierra el documental, y por agotar la metáfora que he utilizado para intentar explicarme, también el círculo.

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