El songwriter más alucinado y prolífico de su generación está de vuelta, aunque esta vez habla de mosquitos, dispuesto a chupar la sangre de todos los géneros y a darse un auténtico festín en el que no faltan invitados de todo tipo. Psicodelia, samba y rock son sólo algunos de los elementos de “Smokey Rolls Down Thunder Canyon” (XL/Popstock!), el nuevo trabajo de un artista definitivamente global.

Hay un libro de Tom Wolfe, “Ponche de ácido lisérgico”, que retrata a los protagonistas de la generación beat, reunidos en torno a Ken Kesey (“Alguien voló sobre el nido del cuco”) con el sobrenombre de “los bromistas”. Recorren Estados Unidos de punta a punta en un maltrecho autobús. Un viaje al corazón de la vida, entendida como la multiplicación de la percepción. Kerouac, Ginsberg, Cassady, Jerry García… Un grupo en el que Devendra Banhart no hubiese desentonado, incluso podría haberse convertido en su músico de cabecera. “No sé, no sé. No lo veo. Es un mundo diferente, pero sí, claro, estoy en la carretera. Estamos on the road, por qué no”. Esto es al final, después de media hora de una atolondrada conversación que empezó en francés. “Bonjour, enchanté. ¿Comme allez vous?”. “Très bien, merci”. Y después de un pequeño silencio hago un primer intento por reconducir las cosas.

“Soy, no sé, como un mosquito chupando la sangre del culo de todos mis sellos”

“Ah, ¿es de una revista española? Perfecto. Pensaba que hablaba con Francia. ¿Qué tal va todo?¿Cómo está España?¿Cómo está Madrid?”. Bien, vamos a poner que España va bien y que esta llamada no tiene otro motivo que hablar de “Smokey Rolls Down Thunder Canyon”, el quinto álbum de Devendra Banhart; un hippie, el cabecilla del nuevo folk norteamericano, un impostor, un juerguista, el capitán del freak show, un trovador del tercer milenio… “Ahorita estoy en Texas, en Dallas, la tierra de mi padre; estamos con una guitarrita que no sirve, una Lauren, ¿no?”. Ruido de fondo. Habla con sus compañeros. Alterna inglés y castellano de la misma manera que pasa de la cumbia a la samba, del blues al reggae. Esta vez ha sido el cañón de Topanga (California) el marco geográfico para la música de Devendra Banhart; un lugar por el que antes pasaron Neil Young, Joni Mitchell o Taj Mahal y que ahora, a un paso de casa (también estudio para la ocasión), se ha convertido en magnífico telón de fondo.

“Atahualpa Yupanqui, Caetano, Simón Díaz, Silvio Rodríguez… songwriters revolucionarios de América del Sur”

“Buscamos un sitio así, hasta que lo encontramos. Empezamos con la idea de grabar en Bahía, con músicos brasileños, pero luego pensé que en realidad lo mejor era hacerlo en mi versión de Bahía, y mi Bahía es California. El próximo año creo que quiero grabar en México o Venezuela, pero una cosa más básica, como el primer álbum”. Mientras tanto, aquí despliega toda su imaginería psych-folk, con el apoyo de sus habituales (Noah Georgeson, Andy Cabic, Pete Newsom, Greg Rogove, Luckey Remington, Otto Hauser y un largo etcétera) y también de invitados dispares como Monalisa Young y Maxine y Julia Waters (coros gospel en “Saved”), Chris Robinson (The Black Crowes), Rodrigo Amarante (del grupo brasileño Los Hermanos; llegó para un rato y se quedó todo el disco) o el actor mexicano Gael García Bernal, que pone su voz a “Cristóbal”. “Cada disco es un documento del mundo que estamos viviendo, de nuestras experiencias en ese momento. Por eso ‘Smokey Rolls…’ es diferente a todo. No hay una fórmula, pero es que además teníamos la oportunidad de trabajar más cómodos porque estábamos en casa y el reloj era nuestro reloj y las horas nuestras horas. Fue muy bueno, pero a la vez muy extenuante”. Un proceso del que salieron cuarenta y cinco canciones que se han quedado en dieciséis (“esta vez quería un álbum corto”, dice) que dan para mucho: épica a su manera en “Seahorse”, tropicalismo en “Samba Vexillographica”, soul en “Saved”… Devendra Banhart continúa jugando con los géneros como si de un inmenso chicle se tratara; nada que no hubiera hecho antes, pero siempre distinto. Es libre, proclama. “Soy, no sé, como un mosquito chupando la sangre del culo de todos mis sellos. Soy un mosquito y me dejan hacer lo que quiero; siempre grabo en lugares donde pueda tener esa libertad, nunca en estudios que tienen miles de fotos de otros grupos y cosas así, esto tiene que ver más bien con la arquitectura, con la geografía y el espíritu”. Construye canciones, habla de la muerte y de la reencarnación, aparecen animales, crea fábulas, hay algo ingenuamente infantil y sin embargo asegura que no sueña, que sus letras pertenecen a este mundo. “Nunca sueño. Bueno, o no recuerdo los sueños. Sólo uno cada tres meses; no tengo esa suerte”. Y dice también que nunca ha pensado que su música sea folk, y luego que todo lo es. Que todavía tiene pendiente su álbum tropicalista. “Ahora quiero hacer un disco así en Bahía; la idea es ir allí y trabajar con Rodrigo Amarante, Arto Lindsay, la Orquesta Imperial, Caetano Veloso… Reunirnos en un espacio con unos micrófonos y unas copitas, y grabar y grabar. A ver qué pasa”. Sería el resultado lógico de un creciente y heterodoxo acercamiento a la tradición latina. “Me siento más conectado a esta tierra donde estoy ahora mismo, que también está vinculada a América del Sur. Pero la verdad es que cuando estoy en Canadá todavía me siento cerca de Uruguay. Últimamente he estado escuchando sobre todo a Eduardo Mateo, Violeta Parra, Víctor Jara, Atahualpa Yupanqui, Caetano, Simón Díaz, Silvio Rodríguez… songwriters revolucionarios de América del Sur”. Es el músico global que hace de sus discos un collage cultural que va más allá del mestizaje. “Para mí una cosa muy interesante es que en ‘Cripple Crow’ (el trabajo que precede a “Smokey Rolls…”) las canciones más directas y románticas son las que estaban en español, y las que escribí en inglés eran las más psicodélicas. Y aquí pasa al revés. ‘Cripple Crow’ creo que era un álbum que tenía más que ver con Norteamérica y éste más con Sudamérica”. “Somos elefante y serpiente semejante tomando aguardiente de una flor”, canta en la colorista “Carmensita”; un ponche de ácido lisérgico que pasa de mano en mano, cambiante y único. “Las letras dirigen el estilo, claro que sí, y a veces te dicen que tiene que haber un elemento de sorpresa y de colaboración con el espíritu creativo que existe fuera de nosotros. Entonces la canción viene y surge algo. Hay un enigma que tenemos la oportunidad de resolver. Por ejemplo, en ‘Samba Vexillographica’ faltaba algo, porque remite al carnaval y eso tiene que ver más que nada con música en vivo, y en ese momento vino Chris Robinson (vive a unos metros de Devendra Banhart) y empezó a tocar el charango. Era perfecto. Dijimos: ‘Coño, eso es, es lo que estábamos buscando’. Ése es nuestro elemento sorpresa”. Han pasado cinco años desde que se publicó su primer álbum, y sólo tres desde que con “Niño rojo” y “Rejoicing The Hands” se colocó en vanguardia de un movimiento sin forma definida en el que la etiqueta de nuevo folk pronto se reveló inútil. “Todavía me siento en el underground. Estoy viajando. Me tengo que mudar de esta casa en California. Aún no sé dónde voy a ir, nada ha cambiado”. Un nómada que antes de decantarse por el título de “Smokey Rolls Down Thunder Mountain” pensó en otros como “Koala Man Returns To Pineapple Temple” o “Bachanalian Beat Box”. “Era un chiste, una broma… El nombre del álbum siempre viene de afuera; esta vez pasó una tarde: las palabras llegaron una a una y se manifestaron físicamente delante de mí”. ¿Impulsivo? ¿Espontáneo? ¿Visionario? “Las canciones vienen como vienen, no se pueden empujar. Es todo lo que puedo decir”. Pero no se resiste y añade: “Se trata de compartir. No estoy haciendo música para mí, sino para la parte de mí que es la misma en todo el mundo. Yo soy una persona, claro, aunque hay un mundo fuera y otro dentro. Sólo soy una parte pequeñita, un mosquito. Y los mosquitos tienen alas, pueden